Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Siempre creí, hasta que lo comprobé y lo creí aún más y para siempre, que soñar bien puede representar el primer ladrillo para construir una realidad, cercana o distante, según lo defina su arquitectura y su arquitecto. ¡Pero cuidado, eh! No me refiero al soñar adormilado de quienes agazapados en excusas inventadas por ellos, nacen, crecen y mueren sin dejar más huellas que las de sus excrementos y sus huesos, además de la frustración de las víctimas de sus pusilanimerías. No. Me refiero a un soñar activo y adictivo. A ese que en cada despertar lumínico de la consciencia nos convierte en generadores de ideas y cazadores de imposibles.

Pero, es necesario dejar claro que un sueño, “per-sé”, no se constituye en realidad, como un ladrillo no se convierte en un edificio por arte de magia, o con el simple transcurrir del tiempo. Hay que entender que el sueño activo es como el primer esbozo de un cuadro; un dibujo a mano alzada, diría un artista. Un esbozo que al afinarse más detalladamente puede llegar a convertirse en un objetivo claramente delineado. Algo así como un paisaje visionario.

Y en este mundo y sociedad, que todo lo clasifica y califica, los objetivos no son la excepción, de ahí que existan objetivos generales, específicos e intermedios, entre otros, según sea su función o según sea el criterio de quien los determina. Pero lo que importa señalar es que las personas que logran convertir un sueño activo en un objetivo de vida, son algo así como una casta de pintores futuristas, tal vez galácticos, o bien, son una especie de audaces amantes, que gustan comer de las manzanas prohibidas por la comodidad y la costumbre. En dos palabras, son pocos, son raros; como pocos son los buenos pintores y raros los amantes audaces.

Pero tampoco un objetivo suelto al aire, volando de planeta en planeta, o de electrón en electrón, al vaivén de la dinámica cuántica, construye realidades. Para convertir los objetivos en algo concreto, hay que ponerles numeritos. Por ejemplo, fijarles una fecha, una cifra… Si no lo hacemos, el calendario nos confiscará las oportunidades y la vida se nos enfermará, de sentirse eternamente frustrada por la carga de objetivos que nunca puede soltar, porque nunca se cumplen.

Bueno es soñar activamente y mejor es tener objetivos; pero más importante aún es tener metas. Tener fechas y medidas. Los objetivos ven su concreción, cuando se les pone numeritos, cuando se convierten en metas Lo que no se puede medir no se puede administrar. ¿Cómo saber qué tan cerca estoy de cumplir con un objetivo, si no puedo cuantificar mis avances? Tener metas es un gran reto, cumplirlas es de triunfadores, de constructores de futuro; de arquitectos de su propio destino. Sueñe, pero lleve sus sueños a la realidad. Plantéese objetivos, pero póngales numeritos. Conviértalos en metas. La diferencia entre objetivos y metas no es un asunto meramente semántico, como no es lo mismo vivir que subsistir.

Y ahora que nuevamente habrá elecciones, pasemos al plano de las promesas y discursos almibarados de los políticos. Ojo, mucho ojo. Cuando un político le prometa construir paraísos; cultivar rosas en el mar y entregar pedacitos de cielo a cada votante, pidámosles que le pongan numeritos a sus promesas. Que nos digan: cuando y con cuanto; qué cantidad o volumen; etc.

El ser humano vive tan necesitado de esperanzas, que con mucha facilidad, especialmente si nunca ha sido constructor de sueños, compra las promesas e ilusiones de Aladinos que sin lámparas maravillosas y tal vez hasta sin manos para frotarlas, prometen verdaderos actos de magia. Pídales numeritos. Y usted, no lo olvide: póngale numeritos a sus sueños y objetivos; conviértalos en metas, solamente así podrá administrar su vida exitosamente.


Chiquilistagua