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Ph. D.

Ideuca

Los esfuerzos realizando la educación del país, en estos últimos diez años, han ascendido tres escalones relevantes: El Plan Nacional de Educación (2001-2015), el Foro Nacional de Educación (2006-2015) y la aprobación de la Ley General de Educación. En dichos pasos se fraguaron nuevas luces, propósitos y conciencias que han alumbrado las rutas a caminar a partir del 10 de enero de 2007. Los cambios educativos son lentos, pero progresivos y aunque las dudas, temores y desaciertos siempre acompañan estos procesos, dichos pasos operan como poderosos andamios y referentes de las nuevas políticas e iniciativas, presentando un balance positivo, aunque insuficiente y retardado.

Fruto de este complejo proceso en el que el devenir es producto de la conjunción de lo nuevo con lo viejo, es urgente que la educación dé un paso al frente planificando su futuro, a partir de su presente construido a partir del pasado reciente. La elaboración del Plan Decenal del Subsistema de la Educación Básica y Media, recientemente anunciado por el Ministerio de Educación, se presenta como un proceso constructivo, ampliamente participativo, estrechamente vinculado con la realidad local, municipal, departamental y regional. Su realización puede constituirse en arma poderosa para convertir las políticas educativas en políticas de Estado, superando vaivenes de los Gobiernos que se suceden, y augurando sostenibilidad y efectividad a la educación. Y aunque esto se plantea en los documentos metodológicos distribuidos a distintos sectores, se hace necesario pensar el futuro a diez años, no con criterios y previsiones del presente, sino con visión prospectiva previendo escenarios de ese futuro.

Cinco ejes debieran predominar en este proceso: Por una parte, pensar el futuro educativo pasa necesariamente por realizar un diagnóstico profundo, sincero y transparente, sin engaños, con sentido profundo. No basta mirar al presente, sino comprender sus raíces en el pasado reciente, examinar sus tendencias, nudos críticos y culturas educativas dominantes. La superficialidad en el análisis implicaría repetir la historia de un país que no aprende de los errores, ni sabe recuperar lecciones aprendidas exitosas ni rectificar las experiencias no exitosas. Este análisis no se debe únicamente a la educación en sí misma, sino a los entramados que ésta ha mantenido y mantiene con la realidad social, económica, productiva y cultural. El diagnóstico, visto así, ha de verla como eje transversal que dinamiza la complejidad del país, a la vez que es atravesada por esta complejidad de factores. Otro peligro amenazante es examinar la problemática educativa de manera interesada y manipuladora, negando el pasado o aceptando de él únicamente aquello que ideológicamente conviene a un sector. De estos diagnósticos está llena la historia educativa, por lo que sus nudos críticos aún no han sido desatados.

Otro ángulo que es preciso aclarar es la participación. Si bien los documentos se decantan por una participación amplia, la práctica desde el nivel local, municipal y departamental debe coincidir con este propósito. Ha sido frecuente en nuestra historia educativa que la participación amplia haya sido entendida y limitada a quienes piensan en concordancia, excluyendo a quienes discrepan. Siendo que la participación es más fructífera en sus productos cuando concerta pensamientos convergentes y divergentes, es de esperar que este Plan no caiga en las redes de esas falacias tradicionales. Por ello, la amplia participación, desde lo local, ha de convocar a actores de todos los sectores institucionales, organizacionales, religiosos, sociales, políticos, etc. Es imposible que un solo sector pueda pensar el diagnóstico y el Plan desde los intereses de todos los sectores.

Por otra parte, pensar el futuro no debe trivializarse reduciéndolo a hacer de éste un retrato fijo del presente. Ello nos llevaría a no superar la problemática actual, sino a consagrarla eternamente. Pensar el Plan para diez años no es tarea simple ni fácil. Su complejidad llama a la responsabilidad de todo el país, a que todos nos sintamos parte de este futuro, a poner la esperanza educativa en acción, a prever y proyectar escenarios de futuro en lo político, lo económico, lo poblacional, lo social, lo productivo. Pensar en una educación a diez años, sin tomar en cuenta estos escenarios posibles, es volver a condenar la educación a repetir el pasado-presente, considerando estático el futuro, visualizándolo como si se tratara del mismo presente. Esta responsabilidad exige prever los recursos necesarios, de lo contrario, sería construir un castillo sobre el agua. Nada más equívoco, irresponsable y sin sentido.

En otro orden, este Plan representa una excelente oportunidad para convertir la educación en eje del desarrollo, implicándola con los planes económicos, productivos y de desarrollo. El peor signo que acompaña, aún, a nuestra educación es su encapsulamiento en sus ritos, tradiciones y funciones, desligada de los procesos sociales, económicos y culturales..

Finalmente, es la gran oportunidad para lograr que las políticas educativas se articulen explícitamente con las políticas públicas, de forma tal que, desde su transectorialidad, logre realizarse a sí misma en tanto se articula con las demás políticas de forma intersectorial. Esto no se logrará mientras el Estado no se convierta en un Estado en estado de educación. Siendo así, el Plan Decenal de Educación debiera ser, también, el Plan Decenal del país entero.