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Un número: 17 niños muertos de pura hambre en Guatemala, y miles en más con riesgo de correr la misma suerte nos recuerda que las fronteras de tierra y agua que nos separan son mucho más profundas de lo que parece.

Otro dato: 10.000 centroamericanos secuestrados y desaparecidos a su paso por México en los últimos tiempos. Cuántos de ellos también niños. Y nos suena tan normal esta noticia en los oídos que para que te llegue a tocar un poco por dentro, tenés que levantarte de la silla, mirar a todas partes, al cielo, que ahora está como un desierto.

A Stalin se le atribuye aquella frase fría, rotunda, metálica: “1 muerto puede ser una tragedia; 40.000 muertos, una estadística”. De lejos, la frase puede parecer una crueldad, pero si se la preguntas al corazón humano, resulta bastante certera. Si no tenés el nombre, el rostro, el recuerdo, la sonrisa, el gesto de una de esas personas que perecieron a causa de una injusticia atroz, finalmente, es inevitable, sólo tienes una estadística, una página de periódico del día anterior. Algo viejo que ya no se recuerda.

En otra parte de la región, en Honduras, se celebrarán elecciones. No las reconocerán muchos países, pero se celebrarán. Zelaya puede que regrese in extremis para no presentarse, o puede que no regrese. Pero la posible democracia, la posible libertad de decidir de mucha gente estará condicionada por los militares. Otra vez nos mataron. Otra vez pudieron. Nos pareció que nunca volverían esos tiempos, pero los tiempos vuelven, y nos caiga mejor o peor uno u otro, a nadie le gusta que un hombre imponga el futuro a punta de fusil. Los niños de hoy contarán lo mismo que sus abuelos: que ellos también vivieron un golpe de estado por un ejército de empresarios y finqueros.

Un recuerdo: Centroamérica fue alguna vez una República unida. Efímero, como un sueño, y al cabo, puestos otra vez a darnos la espalda. Yo siempre recordaré las negociaciones del Cafta, miserables movimientos de delegados de unos y otros países que competían por el favor principal de los Estados Unidos de Bush. Se suponía que Centroamérica negociaba unida a un lado de la mesa. Nada más lejos de la realidad.

Y ahí está la prueba: Honduras a la deriva bajo las botas del ejército; Guatemala, abandonada a sus niños que se mueren; Nicaragua, dándose el lujo de perder dinero de la cooperación a cambio de una dignidad a la que le ponen significado dos o tres personas según su propio criterio y conveniencia. El Salvador, herido por una violencia que es una espiral del pasado. Y entre todos dándose la espalda. Pero también ocurre en el interior de cada uno de los países del Istmo.

Hace mucho que en Nicaragua se perdió la idea de hacer una gran alianza nacional que consensuara planes básicos, como el mejoramiento de la salud, la educación y otros servicios sociales. Intransigencias, autoritarismos, viejos rencores, intereses más personales o partidarios que nacionales han dado al traste con cualquier remota esperanza de que se quiera planificar un país con proyección hacia el futuro. En Nicaragua, más niños en la calle, por más que digan lo contrario. Los mirás, están ahí, a todas horas, y muchos también se pierden, no vuelven.

Cuántas veces he escuchado lo que cuentan del Mercado Oriental, lo de los cuartos donde encierran a niñas y adolescentes y se las llevan a los prostíbulos de Guatemala. Cuántas de ellas me he encontrado en Guatemala, esperando volver algún día con sus hijos a Nicaragua. Inevitable acento, inevitable mirada para descubrir de dónde vienen.

Entonces, no queda de otra: hay que volverse a unir, aunque sea para cavar las tumbas de las viejas ideas. No queda de otra, que volverse a mirar de frente, y a reconocerse en el espejo de un pasado común que hermana. Centroamérica toda, sólo siendo toda y una podrá desafiar la muerte de un niño en Guatemala, o la de un joven enfrentando al ejército de Honduras. Centroamérica toda, y unida, podrá corresponder con el olvido a quienes toman decisiones por la gente, sin contar con la gente ni con las víctimas de sus decisiones.

De lo contrario, para que lo que ocurre no te deje tan frío como una estadística, tendrás que levantarte otra vez de la silla, y mirar al cielo de todos los días, y encontrarlo como un desierto, y pensar, como en una oración, que tal vez esos niños nuestros no hayan fallecido, sino que sólo están perdidos, y esperan ser encontrados.


franciscosancho@hotmail.com