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NUEVA YORK
Una bombilla eléctrica puede no ser lo primero que se nos ocurra al pensar en tecnología revolucionaria. Sin embargo, en el mundo actual la ciencia y una política inteligente tienen posibilidades de transformar un objeto doméstico corriente en una innovación revolucionaria.

Recientemente, visité un proyecto ambicioso para fomentar el ahorro de energía para iluminación en China. Mediante el abandono progresivo de las bombillas eléctricas incandescentes y la introducción de una nueva generación de medios de iluminación, China espera reducir en un ocho por ciento el consumo nacional de energía, lo que puede tener una profunda repercusión mundial. Piénsese en lo siguiente: la iluminación representa el 19 por ciento del consumo mundial de energía. Los científicos dicen que podemos reducirla en un tercio o más simplemente cambiando las bombillas.

Un avance semejante pone de relieve una de las muchas formas en que las personas y las empresas corrientes pueden reducir el uso de la energía y reducir los gases que producen el efecto de invernadero. Subraya el papel esencial que los Estados pueden –y deben– desempeñar en el fomento de la economía verde y pone de manifiesto el deber especial del Gobierno de China de encabezar la lucha mundial contra el cambio climático.

La de China es una de las economías del mundo que más crecen. El año pasado, pasó a ser también la principal emisora de los gases que producen el efecto de invernadero. Resulta clara la importancia para el mundo de que China aplique políticas económicas y energéticas sostenibles: las que reducen a un tiempo las emisiones y la pobreza. La clave consiste en conceder prioridad a la energía limpia, que puede crear nuevos puestos de trabajo, incentivar la innovación y dar paso a una nueva era de prosperidad mundial.

Quienes se apresuren a internarse por esa senda obtendrán recompensas. Serán los vencedores en el mercado mundial y, dando por sentado que se comparte la prosperidad equitativamente, también fortalecerán la estabilidad en su país.

No cabe la menor duda de que China es hoy una potencia mundial, lo que entraña responsabilidades mundiales. Sin China, no puede haber éxito este año con vistas a la consecución de un nuevo marco climático mundial, pero con China hay inmensas posibilidades de que el mundo alcance un acuerdo en Copenhague.

El 22 de septiembre se celebrará una cumbre de dirigentes mundiales para examinar las amenazas –y las oportunidades– que afrontamos en el período anterior a la reunión de Copenhague.

En la cumbre del G8 celebrada en Italia este verano, se acordó reducir las emisiones de carbono en un 80 por ciento en 2050, a más tardar. Yo lo aplaudí, pero también dije que no era suficiente. Para ser creíbles, debemos armonizar los objetivos ambiciosos a largo plazo con las metas ambiciosas a medio plazo, con referencias claras. En septiembre repetiré este llamamiento.

También insistiré en que corresponde un papel decisivo en las negociaciones a las más importantes economías en desarrollo: el Brasil, la India, México, Sudáfrica y –tal vez la más importante de todas– China.

China ha dedicado ya una porción importante de gasto nacional para estimular la economía a la energía renovable y el crecimiento de la economía verde. Ha pasado a ocupar una posición de vanguardia mundial en materia
de tecnología solar y eólica. El dinámico sector de la energía renovable de China representa un valor de 17.000 millones de dólares y da trabajo a casi un millón de trabajadores.

Es impresionante, pero tan sólo es un comienzo. China tiene, por ejemplo, recursos eólicos suficientes para generar más electricidad que la que utiliza actualmente.

Imagínese el potencial que representa. Imaginemos que, gracias a las energías eólica y solar, China pudiera abandonar el uso del carbón, que representa el 85 por ciento de sus emisiones de carbono. Y, si China lo hiciera, también podría hacerlo gran parte del resto del mundo. De ese modo, China puede hacer de modelo no sólo para las naciones en desarrollo, sino también para el mundo entero.

También debemos adaptarnos a las repercusiones climáticas que ya están haciendo estragos en ciertas comunidades, en particular en los países menos adelantados. Los programas de adaptación contribuyen a fortalecer la resistencia al cambio climático. En adelante, deben formar parte de una concepción diferente del desarrollo. La mitigación y la adaptación están en el mismo plano: carecen de sentido una sin la otra. Deben ser prioridades para todos los gobiernos.

Si algo hemos aprendido de la crisis del año pasado, es que nuestros destinos están entrelazados. Como dijo en un momento anterior de este año el Primer Ministro chino, Wen Jiabao, “cuestiones como la del cambio climático tienen que ver con la propia supervivencia de la Humanidad. Ningún país puede estar preservado de esas amenazas ni afrontarlas por sí solo. La comunidad internacional debe intensificar la cooperación y reaccionar unida”.

A medida que se aproxima la reunión de Copenhague, insto a China a que ejerza aún más las responsabilidades mundiales que acompañan a una potencia mundial. Pido a China que actúe en pro del interés público mundial, además de su interés nacional, pues, al fin y al cabo, como ha dicho acertadamente el Primer Ministro Wen, son uno y el mismo.

Cambiando una bombilla eléctrica y nuestra mentalidad, podemos cambiar el mundo.


Ban Ki-moon es Secretario General de las Naciones Unidas.


Copyright: Project Syndicate, 2009.

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