Jorge Eduardo Arellano
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Hoy en día una tendencia global fundamental es la creciente escasez de recursos naturales. Los precios del petróleo y el gas natural se han ido a las nubes. Los precios de los alimentos también han aumentado de manera importante, causando penurias en los pobres y grandes cambios en los ingresos entre países y entre áreas rurales y urbanas.

La razón más básica del aumento de los precios de los recursos naturales es el fuerte crecimiento, particularmente en India y China, países que se han vuelto expertos en producir bienes y servicios globalmente competitivos, y sus ya grandes economías están duplicando su tamaño, cada siete o diez años. Sin embargo, este crecimiento está tensando los límites físicos de las reservas de tierras, madera, reservas de petróleo y gas, además de otras limitaciones naturales. Así, donde sea que los bienes y servicios relacionados con recursos naturales se comercian en mercados (como ocurre con la energía y los alimentos), los precios están aumentando. Cuando no se comercian en mercados (como es el caso del aire puro) el resultado es la contaminación y el agotamiento, en lugar de aumentos en los precios.

El alza de los precios mundiales de los alimentos es notable: uno de sus índices (en dólares estadounidenses) aumentó en cerca de 40% en los últimos 12 meses. Hay muchas razones para esto, pero el punto de partida es el mayor consumo de alimentos, otra vez impulsado fuertemente por el crecimiento económico de China. La población china está comiendo más, particularmente más carne, lo que a su vez exige la importación de mayores volúmenes de alimentos para animales producidos con soya y maíz. La escasez de agua y tierras en China hace poco plausible el que pueda satisfacer la creciente demanda con su producción interna.

Más aún, el aumento de los precios mundiales de la energía ha hecho más costosa la producción de alimentos, puesto que requiere grandes insumos de energía para el transporte, la agricultura y fertilizantes. Al mismo tiempo, los crecientes precios de la energía crean un fuerte incentivo para que los agricultores pasen de la producción de alimentos a la de combustibles, tanto de etanol (a través de la fermentación de cultivos como el maíz y la caña de azúcar) como de biodiesel (mediante la conversión de aceites vegetales como el de soya a aceite combustible).

De hecho, en los Estados Unidos dos mil millones de hectolitros de producción de maíz, de una cosecha total de 12 mil millones en el año comercial 2006-2007, se están convirtiendo en etanol para uso en automóviles. Se espera que esta cifra aumente a 3,5 mil millones de hectolitros en el próximo año comercial 2007-2008, y hay en construcción más de 70 nuevas plantas de etanol, lo que duplicará la cantidad de maíz consumido para producción de este combustible. La presión sobre las existencias de maíz que queden para alimentación no hará más que aumentar.

La situación ha empeorado por otra limitante básica: el cambio climático. En los últimos dos años, las existencias globales de trigo se han visto seriamente afectadas por una seguidilla de desastres de origen climático. La producción total de trigo cayó de 622 millones de toneladas métricas en la temporada 2005-2006 a unas 593 millones de toneladas métricas estimadas en 2006-2007.

La cosecha en Australia se redujo de 25 millones de toneladas a 10 millones de toneladas debido a una sequía extrema, que bien puede ser resultante del cambio climático global. La producción de Europa también disminuyó, en este caso debido a inundaciones excesivas que también podrían ser una señal del cambio climático. En ambos casos, el resultado fue un descenso de las cosechas y un estrechamiento de los mercados globales.

Cada mercado afecta a los demás. Con el estrechamiento de los mercados del trigo, más tierras se destinan a cultivarlo, reduciendo la producción de maíz o soya. Con una mayor utilización de maíz y soya para producir combustibles en lugar de comida, la oferta de alimentos se reduce aún más. Las tres amenazas de una demanda mundial en ascenso, la conversión de alimentos en combustibles y los golpes climáticos han incidido en hacer que los precios de los alimentos aumenten incluso más de lo que se preveía hace un par de años.

Hasta ahora no ha existido un liderazgo global para comenzar a enfrentar las implicancias de estos cambios. Una, por ejemplo, es que los fuertes subsidios de Estados Unidos para la producción de combustibles a partir del maíz y la soya están descaminados, ya que distorsionan el mercado y hacen que se eleven los precios mundiales de los alimentos. Otra es que el mundo necesita un esfuerzo de cooperación mucho más serio para desarrollar tecnologías efectivas en términos de protección del medio ambiente, para reemplazar el gas y el petróleo escasos por combustibles producidos a partir de cultivos.

Hay gran potencial para la energía solar, que necesita mayores niveles de financiamiento público para su investigación. También puede haberlo para biocombustibles que se produzcan en suelos inadecuados para la producción de alimentos. Incluso hay potencial para tecnologías de “carbón limpio” para producir alternativas al petróleo, pero éstas también requieren financiamiento para lograr avances tecnológicos, en especial aprender cómo capturar y secuestrar el dióxido de carbono que se produce con la combustión del carbón.

Otra implicancia es el urgente imperativo de elevar la productividad alimentaria en los países pobres, especialmente en África, que necesita su propia “Revolución verde” para duplicar o triplicar su producción de alimentos en los próximos años. De lo contrario, los más pobres del mundo serán los más castigados por la combinación del aumento de los precios de los alimentos y el cambio climático de largo plazo.

Hasta ahora, la mayoría de los líderes mundiales han prestado poca atención a la interacción de las crisis energética, ambiental y alimentaria. Si bien los precios básicos de los alimentos y la energía subirán y bajarán, es probable que se intensifiquen las crisis subyacentes. El desarrollo sostenible pasará a ser una prioridad mundial. Necesitamos líderes que conozcan estos retos y estén preparados para trabajar de manera conjunta para lograr soluciones globales.


Jeffrey Sachs es profesor de Economía y Director del Earth Institute en la Universidad de Columbia.


Copyright: Project Syndicate, 2007.

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