Amaru Barahona
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1) Hoy que el significado de nación se reconstruye desde abajo, desde los pueblos, afirmando la solidaridad y unión entre los Estados latinoamericanos como medio insoslayable para hacerle frente a la dominación imperialista y abrirle viabilidad a los proyectos nacionales. Hoy, es bueno recordarle a las oligarquías que “La Independencia” de sus patrias fragmentadas, miméticas y dominadas es imposible de explicar al margen de un conjunto de movimientos coordinados y solidarios que se dieron en todo el espacio de lo que eran las colonias españolas en América a comienzos del siglo XIX (1808-1825); y que incluyen además el antecedente glorioso de la independencia de Haití de la dominación colonial francesa (la primera rebelión de esclavos triunfante de la historia), y las luchas que se dieron en Brasil contra la Corona portuguesa, que desembocaron en la proclamación de un imperio de opereta por los criollos esclavistas brasileños.

Celebrar “La Independencia” como un hecho particular y privativo de cada uno de los actuales Estados latinoamericanos no es más que un absurdo histórico.

2) En el caso de las colonias españolas, los movimientos de independencia fueron encauzados contra la dominación colonial de la Corona española y dirigidos por los representantes de dos grupos sociales: a) los propietarios criollos descendientes de los conquistadores y colonizadores españoles (descendientes legales, aunque casi siempre mezclados racialmente), dueños de latifundios, minas y obrajes, a la vez que comerciantes y prestamistas. Aspiraban a una independencia que les otorgara la dirección del sistema político así como liberarse del monopolio comercial que les imponía la Corona. Sin embargo, no les interesaba modificar el sistema de producción heredado ni construir proyectos nacionales que incluyesen los intereses de las clases trabajadoras (indios, negros y mestizos). b) El otro grupo social lo constituyó un sector que Pierre Villar, refiriéndose al escenario general de las provincias españolas, califica como de “clases medias criollas” y Severo Martínez en su examen de las clases sociales centroamericanas durante la colonia, ha denominado como “capa media alta”. Ambos conceptos aluden a un estrato social integrado por los criollos ilustrados no propietarios vinculados a las universidades o a las profesiones liberales; el clero medio; funcionarios medios; oficiales del ejército; propietarios medios; quienes encontraban en el régimen colonial una barrera para sus aspiraciones de movilidad social ascendente, y -lo más importante- estaban dispuestos a aliarse con las clases trabajadoras para luchar contra el poder colonial, planteando la necesidad de llevar a efecto cambios estructurales en las relaciones de producción de la sociedad (reforma agraria, eliminación del tributo y repartimiento, abolición de la esclavitud, etc.). Tanto los propietarios criollos como las “clases medias criollas”, desde perspectivas diferentes, se inspiraron ideológicamente en el pensamiento europeo y norteamericano de la época: la ilustración francesa; el pensamiento económico inglés (Smith y Ricardo, sobre todo); y la teoría política de los ideólogos de la independencia norteamericana. Ambos grupos despreciaron o ignoraron las tradiciones valóricas, el pensamiento y las prácticas emancipadoras que a lo largo de la colonia desarrollaron las clases explotadas (las múltiples rebeliones de indios y negros).

3) En todos los casos, con mayor o menor intensidad los grupos dirigentes se vieron obligados a buscar el apoyo y movilización de las clases trabajadoras, ubicadas dentro de los estamentos inferiores de la jerarquía social: las llamadas “castas” (mestizos, mulatos y cuarterones), los indios y los negros.

Las variaciones que se observaron en los objetivos y el perfil de cada movimiento -más conservador o más democrático- estuvieron relacionadas, por un lado, con la naturaleza del grupo social hegemónico en la dirección del movimiento (propietarios criollos o “clases medias criollas”, o una composición de equilibrio entre estos dos sectores) y, por el otro, con el grado y calidad de la participación de las clases populares. Ejemplos claros de movimientos democráticos que se planteaban la independencia con revolución social fueron, en México, el movimiento de Hidalgo y Morelos, y, en Uruguay, el movimiento de Artigas; por el contrario, como modelos extremos de ententes independentistas conservadoras podemos señalar, en México, el Plan de Iguala, y en Centroamérica, la reunión que emitió el Acta de Independencia de 1821.

4) En Centroamérica, durante el período que analizamos (1808-1825), el comportamiento que predominó entre los propietarios criollos fue de no involucrarse o de apoyar la represión de los funcionarios reales. Tomaron la iniciativa solamente en los años 1820 y 1821, cuando se da la revolución liberal del General Riego en España y se proclama el Plan de Iguala en México. Su proyecto independentista siempre estuvo signado por el propósito de evitar cualquier reforma socioeconómica que fuera más allá de romper con el monopolio comercial español. De este sector social vacilante, temeroso y antipopular, proceden los próceres de la independencia consagrados por las oligarquías centroamericanas, incluyendo la nicaragüense: Larreynaga, del Valle, Beltranena, Hermanos Larrave, etc.

Por el contrario, el proyecto político de las clases medias criollas centroamericanas (o “capa media alta”, según la conceptualización de Severo Martínez) planteaba la independencia indisolublemente ligada a transformaciones estructurales profundas en el interior del régimen colonial.

Todos sus integrantes luchaban por la desaparición del sistema de estamentos que jerarquizaba las sociedades centroamericanas, y, los más radicales, pugnaban por la eliminación del tributo, de los repartimientos y la realización de una reforma agraria.

Siempre buscaron la alianza con las clases populares y dirigieron, si no todos, la mayoría de los movimientos populares acaecidos en la Capitanía de Guatemala durante el período.

Una redefinición de la memoria colectiva de nuestros pueblos demanda reivindicar a los dirigentes de este grupo social como verdaderos próceres del proyecto independentista democrático. Entre sus nombres, a la luz de los avances de la investigación histórica, podemos destacar los siguientes: Simón Bergaño, Mariano Bedoya, Pedro Molina (centroamericanos no nacidos en Nicaragua) y Tomás Ruiz y Francisco de Osejo (centroamericanos nacidos en Nicaragua).

5) En el período, se dieron en Centroamérica una serie de movimientos insurreccionales de carácter urbano, con activa participación de la plebe de las ciudades, y cuya dirección estuvo, en la mayoría de los casos, en manos de las “clases medias criollas”, aunque es posible que en algunos de ellos hayan influido también los propietarios criollos. Registramos los movimientos de los que tenemos información; 1808 en Guatemala; 1811 en Guanacaste y Nicoya; 1811 en San Salvador; 1811 en León, Rivas, Granada y Masaya; 1812 en Tegucigalpa; 1813 en Guatemala; 1814 en San Salvador.

Sin embargo, las masas rurales no participaron en los movimientos a favor de la independencia. Lo que no quiere decir que durante la etapa no se diesen levantamientos campesinos violentos. La historiografía guatemalteca ha estudiado, con algún detalle, la rebelión de Totonicapán y algunos otros motines indígenas que se dieron entre 1820 y 1821 en Guatemala. Sin embargo no hay evidencias de la relación entre estos motines de 1820-1821 y las fuerzas sociales que luchaban por el proyecto independentista.

En cuanto las masas rurales se mantuvieron al margen y los propietarios criollos adoptaron, en la mayor parte del periodo, una actitud de cálculo temeroso, el movimiento de independencia en Centroamérica no adquirió la magnitud de una guerra de liberación que movilizara, de un lado u otro de los bandos, la gran mayoría de la población, como aconteció en otras provincias de la América española (casos de México, Venezuela o Sudamérica).

6) El Acta de Independencia del 15 de septiembre de 1821 no fue más que el resultado de un entendimiento entre los propietarios criollos guatemaltecos y las autoridades españolas, en un momento en que:

a. El imperio español había perdido ya sus batallas fundamentales en América y se encontraba prácticamente derrotado.

b. Se da en España la efímera revolución liberal encabezada por el General Riego (1820-1821), que llega a plantear con respecto a las colonias la eliminación del tributo y los repartimientos para los pueblos indios. Un movimiento con tales características en la metrópoli resultaba demasiado progresista para los criollos propietarios del Reino de Guatemala.

c. Una vez derrotado el movimiento independentista popular en México, los criollos propietarios mexicanos proclaman la independencia aceptando el Plan de Iguala, ideado por Iturbide. El Plan de Iguala significaba:

1. Una independencia de España sin reformas económicas y sociales.
2.
La instauración de una monarquía en México.
3. La garantía de represión para cualquier intento de revivir el movimiento popular de Hidalgo y Morelos.

d. En Centroamérica y especialmente en Guatemala resurge el clima de agitación popular que había decaído después de 1814. La plebe urbana nuevamente se moviliza agitada por las “clases medias criollas”. En el campo, aunque desligadas del movimiento independentista, las masas rurales se levantaban en Totonicapán y en otros lugares.

Frente a un cuadro de acontecimientos como el que hemos expuesto no les queda mejor salida a los propietarios de Guatemala que proclamar, ellos, con el consenso de las autoridades españolas, la independencia, haciendo explícito en el punto 1 del acta que lo hacen “para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”.

7) A la postre, todos los proyectos de transformación democrática surgidos de las luchas por la independencia fueron derrotados: el movimiento de Hidalgo y Morelos, el de José Artigas, la empresa unionista de Bolívar, las batallas de Morazán por la Federación, la experiencia paraguaya. El poder político quedó en manos de las oligarquías, herederas materiales y culturales de los propietarios criollos de la colonia. Éstas impusieron su concepción de sociedades excluyentes, fragmentadas, miméticas y subordinadas. Establecieron un nuevo pacto de dominación externa, el pacto estructural oligarquías – imperialismo que ha castrado nuestra historia.

Rescatando los valores de coordinación y solidaridad de las luchas de hace 200 años, los pueblos latinoamericanos tienen como tarea histórica central, de hoy, romperle el alma a ese pacto estructural.