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BANGKOK

La semana pasada, un tribunal taiwanés sentenció a Chen Shui-bien, Presidente de Taiwán de 2000 al 2008, a cadena perpetua por corrupción.

Se demostró que Chen había robado millones de dólares de fondos públicos. No lo hizo solo. Su esposa (que también recibió cadena perpetua), sus hijos y otros parientes le ayudaron a esconder el botín oculto en cuentas en el exterior. La ex primera familia de Taiwán resultó ser una cueva de ladrones comunes.

Chen y su Partido Democrático Progresista en el poder camuflaron sus intereses financieros personales y organizacionales tras la máscara patriótica de asegurar la supervivencia de una sociedad China democrática en un Taiwán independiente. Durante años, Chen fue percibido como un valiente David que luchaba contra el comunista Goliat, lo que atrajo a muchos admiradores de todo el mundo (entre los que me contaba yo en un momento dado.)
Presentándose a sí mismo y a su partido como campeones de la democracia, Chen buscó crear la impresión entre los votantes taiwaneses de que su libertad perecería en manos del Kuomintang (KMT) o cualquier partido que no fuera el suyo. Sin embargo, de hecho fue el Presidente Chiang Ching-kuo, hijo del Generalísimo Chiang Kai-shek, quien instituyó las reformas democráticas sin precedentes que allanaron el camino para la victoria electoral del DPP de Chen, que hasta entonces estaba en la clandestinidad.

La fortuna personal de Chen comenzó a crecer notoriamente después de que asumiera el poder, pero entonces nadie pudo poner sobre la mesa pruebas concretas de su corrupción. Al principio, sus aliados políticos descartaron los crecientes rumores de su enriquecimiento como un intento de propaganda de la oposición del KMT.

Sin embargo, uno a uno, la mayoría de los padres fundadores del DPP han dejado el partido, acusando a Chen de corrupción y comportamiento autocrático incluso dentro de su propia tienda. Chen los calificó de “manzanas podridas” y gente que quería beneficiarse de su fortuna política.

De hecho, a Chen siempre le preocupó más consolidar su propio poder que defender Taiwán. Sus acciones políticas más controvertidas apuntaron a sus oponentes locales, no al gobierno chino en el continente. Encabezó una sucia campaña que señalaba que todos los taiwaneses con raíces en la China continental, incluso si habían nacido y sido criados en Taiwán, eran unos nómadas en los que no se puede confiar -wai shen ren, o “gente no nativa”-, como si fueran extranjeros de una cultura diferente.

Este intento oficial de mostrar a los taiwaneses nativos como un grupo étnico distinto, con poca relación con la cultura china, se extendió al idioma, ya que Chen favoreció el uso del dialecto fujian en lugar del mandarín hablado por 1,300 millones de chinos y que se enseña en todo el mundo. Mientras tanto, el Ministerio de Educación trató de purgar todas las referencias a China en los textos escolares.

Tan insistente fue la campaña de Chen, que algunos recordaron la Revolución Cultural de Mao, época en que los chinos fueron divididos entre “nosotros” y “ellos”. De hecho, bajo la política de Chen, Taiwán casi llegó a convertirse en una sociedad de divisiones rígidas, en donde los chinos “locales” y “no nativos” vivían como enemigos potenciales.

El único parlamentario nativo de Taiwán hizo una demostración lógica en rechazo a Chen y el DPP, dando un discurso en un atestado Congreso completamente en su idioma nativo, sin que nadie en la Cámara pudiera comprenderlo. El mensaje era obvio: el suyo era el único grupo que podía reclamar legítimamente está compuesto por taiwaneses nativos.

Al final, las iniciativas de Chen fueron tan fútiles como insensatas. La cultura china que está presente en las vidas cotidianas de 23 millones de taiwaneses de diferentes creencias políticas no se pudo eliminar por decreto. Más aún, el intento de hacerlo enojó a la abrumadora mayoría de los taiwaneses, quienes finalmente comprendieron la estupidez de la política de Chen, especialmente porque llevó a un estancamiento económico en tiempos de auge en la China continental.

De hecho, gran parte de las industrias de alta tecnología china se crearon con capitales y conocimientos taiwaneses, y más de medio millón de taiwaneses viven y trabajan cerca de Shangai, en una réplica virtual de Hsin Chu, el Silicon Valley de Taiwán. No obstante, en el Taiwán de Chen las disputas internas se volvieron más importantes que el desarrollo económico. Invariablemente, Chen culpaba al KMT de bloquear planes económicos importantes, pero algunos de sus partidarios a sueldo sabían mejor cuál era la verdad.

Cuando finalmente se demostró que el poder había convertido a Chen en un delincuente común, el KMT volvió al poder gracias al dictamen de las urnas. Sin embargo, si bien la herencia de mentiras y corrupción de Chen ha terminado, el renovado KMT bajo su presidente Ma Ying-jeou tiene mucho por hacer para convencer a un público desencantado que los métodos de Chen, que recuerdan el propio oscuro pasado del KMT, no se han convertido en parte integrante del sistema.

La sentencia de cárcel de Chen también debería servir para recordar al DPP que debe convertirse en un partido para todos los taiwaneses, “locales” o no, para tener alguna oportunidad de supervivencia. El pueblo de Taiwán sabe que no puede prosperar como una democracia si se permite la consolidación de las divisiones étnicas.


Sin-ming Shaw ha sido profesor visitante de Historia en las universidades de Oxford y Harvard.


Copyright: Project Syndicate, 2009.

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