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Todo indica que uno nunca acaba de asimilar sus buenas o malas experiencias. Tal vez el único aprendizaje al que permanecí fiel fue mi retiro para siempre del movimiento estudiantil. En segundo de bachillerato mis compañeros me eligieron como su representante ante el Gobierno Estudiantil del Instituto Nacional de Chontales Josefa Toledo de Aguerri. Jamás me cansaré de decir que ese año fue clave en mi vida: incidió para siempre en mi futuro comportamiento como estudiante, ciudadano, amigo, amante y discípulo de mis maestros de toda la vida: libros y autores a quienes debo tanto, pero nunca más que a mi padre. Sin él jamás los hubiera llegado a conocer ya que se encargó de inyectarme la pasión por la lectura y el goce de la escritura.

En tercero tuve la osadía de rebelarme a los estudiantes comandados por Luis Enrique Figueroa Aguilar. La tarde que llegaron a organizarnos intervine para decir que nosotros no participaríamos en la elección del Gobierno Estudiantil. Me salí del aula; mi angustia se disparó cuando ninguno de mis compañeros salía. Éste es el principio del fin, sentencié. De repente uno a uno fue saliendo, dejando plantados a nuestros organizadores. Los de quinto se encargaban de organizarnos sabedores que ellos resultarían electos en los cargos más apetecidos: la Secretaría General y la Tesorería. En cuarto dispusimos ser los grandes electores. Forjamos una alianza con los estudiantes de los primeros y segundos años, distribuyendo los cargos de manera más equilibrada.

Barrimos en las elecciones. Sentamos el precedente de que por primera vez un estudiante de cuarto resultaba ganador de la Secretaría General. Néstor Abaunza quedó en Tesorería. La Secretaría de Actas y Acuerdos la ganó William Montiel, alumno de quinto año. En un movimiento paralelo creamos el quincenario Amerrisque. Con poderes otorgados por el voto estudiantil pregunté a Leopoldina Castrillo Ugarte si quería ser la novia del colegio. Me respondió que consultaría con sus padres. Como era mi vecina en Palo Solo una hora después de salir de clases me dijo que no había ningún inconveniente. Me curé con lo ocurrido en quinto, cuando reelecto en la Secretaría General, pedí un voto de censura contra el director del colegio y nadie secundó la propuesta. En lo único que reincidí fue en elegir de dedo nuevamente a la novia del colegio.

El día que mis compañeros se quedaron impasibles renuncié para siempre al movimiento estudiantil. Me dolió que fueran incapaces de dar una lección al director del colegio. Por defender sus derechos, en distintas ocasiones fui castigado con severidad: me suspendían de clases. Sabía que esas eran consecuencias ineludibles si queríamos ganar el respeto de nuestros profesores. En voz alta les dije, yo no represento a pendejos. El 23 de julio de 1967 organizamos una marcha para conmemorar a los estudiantes universitarios masacrados por la guardia en León. Ese año me fichó la Oficina de Seguridad. Un compañero fue el soplón. En primero de Derecho en la UCA, Manolo Morales hizo hasta lo imposible para que aceptara mi postulación para representante de primer año, mi decisión de no meterme en esas lides era irreversible.

En marzo de 2003 acepté la invitación de Emperatriz Urroz para participar como jurado en la elección de la Reina del Carnaval Alegría por la Vida. La noche de su escogencia en el Hotel Intercontinental de Metrocentro, al conocer a las candidatas, incliné la balanza a favor de Berta Valle. Mi escogencia estuvo motivada por el origen chontaleño de su familia materna. La noche previa a la escogencia, me impactó la respuesta final de una jovencita a quien pregunté qué le gustaba, y me respondió la lectura. ¿Qué autor prefieres? A García Márquez. ¿Qué has leído del colombiano? Del amor y otros demonios. ¿Cuál personaje te sedujo, Sierva María de todos los Ángeles o el cura Cayetano Delaura? Es que no recuerdo nada de lo que leí. Más franca no pudo ser.

Después de haber participado como jurado en la elección de la primera Chica Ya, auspiciada por Evert Cárcamo, me había dicho que nunca volvería a formar parte en otra elección, puesto que al final uno no queda bien con nadie. ¿Acaso se puede en la escogencia de una beldad donde la subjetividad es dueña caprichosa? Esa noche en los predios de La Piñata elegimos a Marjorie Argüello. Me resultó difícil convencer a Nicho Marenco que era la más bella, puesto que para él era la joven que el público aplaudió hasta enloquecer, luego que en traje de baño hizo un giro para mostrarles su fuerte trasero. Junto con Otto de la Rocha y Angelita Saballos votamos por Marjorie. A Nicho se le ocurrió dar un premio de consolación a la jovencita de nalgas frondosas y andar de gata en celo. Un premio que salió de su invención y que todos secundamos. Al saber el nombre de la ganadora, los asistentes mostraron descontento.

Igual apuros pasé un año después en la elección de la Señorita UCA 1994, en los predios donde quedaba su antiguo campo de fútbol. Nos llevó tiempo ponernos de acuerdo. Un sacerdote jesuita participó como jurado. Al final siempre se queda mal. Al certamen todas acuden con la intención de ganar. Están preparadas para la victoria, nunca para los reveses. Creo que a eso obedece que los expertos en certámenes de belleza hayan inventado todo tipo de distinciones: la más fotogénica, la más cordial, la más bonita, la que sonríe mejor, la más amigable, etc. García Márquez en Los funerales de la Mama Grande ríe de estos escarceos. La reina de la iguana, la reina del mango, etc.

El pasado fin de semana viajé a Matagalpa como miembro del jurado que eligió a la Reina de Oro 2009, un certamen de belleza concebido por Elvio Cardoza, un joven publicista al que se le ocurrió la idea de realizar una elección similar a la Reina del Huipil. La diferencia entre ambos eventos radica en que la competencia es entre las bellas pudientes y las muchachas matagalpinas de origen humilde, jóvenes a quienes Cardoza rinde homenaje desde hace 15 años. Cometió la audacia de hacer una fiesta popular para testimoniar su belleza. ¿Un desafío o complemento a la fiesta que hacen los grandes en el Club Social de Matagalpa? ¡Todos saben la respuesta!
Elvio me envió un CD con las 18 finalistas para que tuviese tiempo de elegir a la más bella. Los criterios fijados son sencillos: belleza, pasarela, inteligencia y el tipo de traje que vestirían. Luego de haber visto las fotografías seleccioné a 7 beldades. A la hora del juicio final me vi impelido a rectificar. No es lo mismo verlas fotografiadas que desfilar frente a nosotros con una altivez y dominio escénico convertidas en otras. Antes pregunté a Elvio cuál era su favorita y me respondió que todas. La selección corresponde a ustedes no a mí. Al conocer la ubicación del local que serviría de escenario, auguré una pobre asistencia. El mecatazo de agua que cayó a las 7 de la noche del 12 de septiembre presagiaba un evento deslucido.

Al comenzar la elección a las 8:43 minutos de mi reloj, la Discoteca Tequilas estaba repleta. Cada vez que salía una candidata crecía la presión sobre el jurado. Esa noche comprobé que en verdad hay personas a quienes las cámaras sonríen, como llaman los españoles a las fotogénicas. Con mi favorita me llevé un revés. Desde donde estábamos pude divisar sus patitas de alcaraván y su traje rococó. Solo era carita. Sergio Simpson hizo campaña a favor de Fernanda Nicell. Me envió un correo electrónico con su fotografía adjunta. Como creo en las propuestas de género, una de mis valoraciones definitivas estaría soportada en la forma que responderían a las preguntas de ocasión.

Judith Raquel se desplazó segura y airosa, lástima el acartonamiento de sus respuestas. Contrario a lo que me ocurrió con la candidata a Reina del Carnaval, sus intervenciones eran como si pusieran play a una grabadora. Miurel, demasiado niña, apenas tiene 16 y un cuerpo de mujer completa, trastabilló a la hora de responder. No me equivoqué con la escogencia de Keyling Julissa. Tampoco con la de Karien. Ayda Sujey desfiló con paso firme y altanero sobre las pasarelas, mostrando una personalidad desbordante. Tuvo la desgracia de titubear en la respuesta. La escogencia de Fernanda Nicell se debió a la manera armoniosa que supo conjugar belleza e inteligencia. En eso coincidimos Tamara, Marvin y Martín. ¡Aunque la reacción de la barra me permitió comprobar una vez más que Miurel era para ellos la ganadora y ninguna otra!
Al día siguiente en mi recorrido matutino por la ciudad, ratifiqué que las matagalpinas tienen un fenotipo que sólo las mujeres norteñas poseen. Blancas lechosas, ojos claros, azul verdosos como eran antes sus montañas. Cruce de sangre alemana, inglesa, francesa, indígena y española. Si elegir a la reina de un carnaval, una radio, universidad o un barrio, parte en dos los afectos, ¿imagínense cómo se caldean los ánimos en la elección de autoridades nacionales? Todavía no alcanzo a saber si hice bien o mal en participar en esta elección. ¡De jurados y electores, líbranos Señor!