Jorge Eduardo Arellano
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La guerra sigue presentando facetas en muy rápida evolución desde la II Guerra Mundial. Los Balcanes, África y Oriente Medio han sido escenarios de intervenciones militares que se abordaban utilizando los instrumentos mentales y materiales propios de conflictos anteriores, no siempre en consonancia con el problema real planteado.

Desde hace mucho tiempo, un apartado secundario de los manuales tácticos de todos los ejércitos suele tratar del llamado “combate en localidades”, es decir, en zonas urbanas o pobladas, del mismo modo que se dedican secciones especiales a las peculiaridades del combate “en montaña” o “en bosques”. Se sabe que las características de la lucha en esos espacios físicos implican condicionamientos que exigen diferentes armas combatientes en terreno abierto.

El modo de combatir que hoy se practica en Irak y en Afganistán va a determinar en gran manera la evolución de la guerra. En un mundo en el que el campo está cada vez menos poblado y aumenta con rapidez el número de habitantes que se refugian en las ciudades --y, sobre todo, en los enmarañados suburbios de las capitales del mundo menos desarrollado--, los enfrentamientos armados más complejos se producirán en esos nuevos teatros de operaciones.

Más de mil millones de personas habitan ya en los degradados cinturones suburbiales de las grandes capitales del mundo, cifra que crece al ritmo de unos 25 millones al año. Si a esto se une el hecho de que son esos suburbios donde anidan y se multiplican algunos modernos factores de inestabilidad que afectan a toda la humanidad (fanatismo, miseria, opresión, explotación, etc.), las perspectivas que esto presenta son harto preocupantes.

En EU se estudia cómo hacer frente a este nuevo tipo de guerra. El investigador estadounidense Nick Turse escribe: “El Pentágono ha decidido prepararse para cien años más de guerra contra los diversos núcleos de los inquietos y oprimidos pueblos de los suburbios”. Sus expertos se disponen a afrontar “una lucha interminable que la Historia les indica que nunca podrán ganar”, pero que producirá enormes destrucciones, desestabilizará naciones enteras y acarreará más y más muertes de personas inocentes.

La conocida Darpa (Agencia para Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa) estudia los nuevos instrumentos necesarios. Vehículos aéreos de observación, muy pequeños y no tripulados, que puedan cubrir el cielo de las ciudades y transmitir información instantánea a los mandos militares. Instrumentos para observar a través de muros y paredes y permitir penetraciones rápidas en todo tipo de edificios. Armas que en vez de afectar solo a individuos aislados produzcan simultáneos efectos paralizantes en grandes aglomeraciones. La imaginación no tiene límites.

Se puede sospechar que el desarrollo de tácticas e instrumentos para controlar multitudes suburbiales hostiles en países extranjeros puede tener también aplicaciones de índole puramente local, al servicio de la seguridad de los Estados. La dinámica investigadora en este campo procede, por tanto, no sólo de los ejércitos sino también de las fuerzas policiales, en una peligrosa sinergia multiplicadora, sin olvidar los intereses de las grandes corporaciones prestas a fabricar y vender los nuevos instrumentos bélicos de tan universal aplicación.

Que la guerra en los suburbios pueda ser la sucesora de la guerra nuclear en las preocupaciones humanas es un claro síntoma del desquiciamiento que parece aquejar hoy a vastos sectores de la humanidad.


*General de Artillería en la Reserva
ccs@solidarios.org.es