Jorge Eduardo Arellano
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El viejo paradigma de la izquierda en Nicaragua ha quedado sepultado bajo sus propias ruinas ideológicas. Ahora más bien se puede afirmar que aquí existió una verdadera izquierda durante la Guerra de Guerrillas y la etapa insurreccional; o cuando se defendió la Revolución Popular Sandinista dentro de un contexto bipolar; o como partido de oposición frente a los últimos tres gobiernos neoliberales… puesto que ya desde el poder, antes de consolidarse los más elementales principios del socialismo y urgentes reivindicaciones sociales, nos encontramos con una tendencia demagógica y populista, de retroceso histórico y ultraconservadurismo inesperado.

Empezando con la simbiosis espantosa de Iglesia-Estado, el partido ha renunciado a su estatuto fundamental de “tratar la religión como un asunto privado”. No sólo se han contaminado los cuadros más importantes a lo interno del Frente por un oportunismo casual y prescrito, sino que también se ha elevado tal calamidad a las altas estructuras del Estado que aspiraba a una honda transformación a través de los CPC. Y más aún, cuando las bases se creían salvadas desde los ochenta del embrutecimiento que genera la influencia del obispado, las nuevas generaciones ahora detectan que en realidad nunca hubo una verdadera revolución de pensamiento en las mentes y conciencia de los altos dirigentes del poder.

La emancipación de la mujer o liberación femenina que abanderó el FSLN en “tiempos de revolución” se ha perdido también en la memoria del actual gobierno. Se ha arrastrado la dignidad humana de tantas madres y adolescentes por el suelo al despojarlas de la voluntad sagrada de decidir sobre sí mismas, reprimiendo su derecho a la vida bajo una ley cavernaria que alimenta las ambiciones del “sacerdocio parasitario”. Esto demuestra que toda transformación revolucionaria que no dure más que un corto periodo de tiempo, anula totalmente cualquier vestigio de ulterior existencia.

La masa no hace más que perturbarse ante la contraposición histórica de lo que fue en un tiempo el FSLN como baluarte de lucha libertadora en todos los aspectos posibles, y lo que es hoy, en colusión con aquellos que siempre han representado a la clase explotadora. Por un momento creíamos haber extirpado las raíces podridas que mantienen oprimidos a los pueblos, aquí, en un país que alcanzó grandes conquistas y reivindicaciones que sirvieron de ejemplo vivo a la humanidad.

Pero el aumento implacable de la pobreza que acentúa cada vez más las desigualdades entre los ricos y pobres; el déficit nutricional, alimentario y de viviendas que ha desmejorado los niveles de vida de la población rural y urbana; la falta de atención inmediata y efectiva a los desplazados por desastres naturales y proliferaciones endémicas; el desempleo, la escasez, la hambruna, las alzas en los precios y carestía de la vida en general… y otros males heredados del pasado reciente, están asfixiando a un país que no encuentra mayores vías de escape que no sea la histeria y neurosis colectiva con sus réplicas de “grisi siknis” o muertes trágicas y dramáticas, la violencia doméstica y delincuencial, mayor fuga de capital humano o diáspora intolerable a países xenófobos prestos en conculcar las ansias de supervivencia, etc…; era pues lo que esperaba o merecía el país luego de unos sufragios alucinantes. ¿Será tan inconsciente cualquier gobierno que se cierna sobre el futuro político y nada más que político de esta fantástica democracia?
La respuesta la encontramos en que la izquierda se ha confundido con la derecha, sacándole su mejor partido con melosas componendas y reparticiones del poder. La clase burguesa defiende sus intereses desde sus trincheras reaccionarias y tribunas de cualquier color político, aplastando como siempre al proletariado, con guiños perversos, promesas de ensueños, anzuelos ideológicos, futuros platónicos y espejismos ultrasocialistas. Es el fin de las ideologías y de la aspiración de nuevas revoluciones; el “imperio de la mentira” que aludió Ortega y Gasset en Verdad y Perspectiva, o el “eterno retorno” sin escapatoria ni final feliz.

Los coqueteos con el “capitalismo salvaje” que tanto condena en apariencia la izquierda contemporánea o las vacilaciones del gobierno en resolver las más apremiantes necesidades sociales, son signos evidentes de decadencia ideológica sin la menor evolución o intenciones de renovarse. En nada sirve al país la condonación de la deuda externa de la comunidad internacional, si por otro lado se fugan dichos fondos en el pago de una deuda interna sin precedentes, producto de reformas inconclusas y buenas intenciones de los ochenta, o de la corrupción neoliberal, o de quiebras bancarias y formas novedosas de enriquecimiento ilícito de los que detentan el poder. Si los bonos de pagos de indemnización no pueden evitarse, la continuación en el pago de los Cenis revelaría que los principales actores del partido de gobierno tienen algún interés en mantener la cancelación de esos certificados.

Sería inútil también, impulsar reformas constitucionales para cambiar de sistema político, si no se eliminan los focos generadores de la pobreza y el subdesarrollo. No hay problema con el semipresidencialismo parlamentarista o el Primer Ministro, un instituto electoral, la reducción de escaños en la Asamblea Nacional, cargos vitalicios, el continuismo, etc… con tal de que se acaben los resabios de la clase política dominante, sus ambiciones de poder desmedidos y corrupción institucional e ideológica. Pero como la cultura y tradición política nos enseñan que en la práctica eso sería imposible, no queda otra cosa que esperar ingenuamente que concluya esta vieja generación de despotismo por el simple transcurso del tiempo y el desarrollo fatal de los acontecimientos, o adelantar ciertos episodios históricos que se repetirían irremediablemente para precipitarnos de una vez por todas al ¿colapso o progreso?
¿Qué sería del país sin los caudillos y líderes políticos predominantes? ¿Acaso se enrumbaría a las vías de desarrollo o se hundiría en una depresión más profunda? Capitalismo o neosocialismo es igual sin industrialización e incentivos a los medios de producción, que es lo que falta en un “Estado facilitador” acostumbrado a delegar sus responsabilidades al sector privado o a esperar por los siglos de los siglos las dádivas del maná extranjero. Todo mandatario debe cumplir con su rol de administrador de la cosa pública en beneficio de los sectores sociales más desprotegidos y ser coherente con los principios que han forjado las bases de su estructura; y no perderse en divagaciones estériles que en nada abonan a la consolidación de su mismo poder ni a la buenandanza del país.


mowhe1ni@yahoo.es