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Lucila Gody Alcayaga vino al mundo el 7 de abril de 1889 en Vicuña, Chile, y permanece viva en su potencialidad escritural. Más que sus versos, los cuales ocupan un sitial innegable en el desarrollo de la poesía posmodernista en lengua española, yo prefiero su prosa. No en vano fue la única mujer incluida por John Skirius en su rigurosa antología del ensayo hispanoamericano durante el siglo XX. En su homenaje, con motivo del aniversario patrio de su país, reproduzco uno breve de su pluma y otro del suscrito, datado en Santiago de Chile, enero de 1999, no sin antes recordar que su vocación literaria corrió pareja a la de maestra de escuela.

Ya graduada de normalista, se inició como escritora a los 15 años, firmando artículos en un periódico de provincia con los pseudónimos “Alguien”, “Soledad” y “Alma”. Todavía en 1912, cuando escribió a Rubén Darío una carta como docente del Liceo de Niñas de los Andes, no había optado por su definitivo pseudónimo y luego nombre de Gabriela Mistral. En 1914 ganó los Juegos Florales de Santiago con sus “Sonetos de la muerte”, escritos tras la pérdida de su novio Rogelio Ureta, quien se había suicidado. Invitada por José Vasconcelos, en 1922 se trasladó a México para colaborar en las reformas educativas realizadas por el gobierno de ese país. Tres años más tarde fue nombrada Cónsul en Nápoles. Formó parte de la delegación chilena en la Sociedad de Naciones, y a partir de 1932 desempeñaría funciones consulares en diversos lugares de Europa y América. En 1938 apoyó la campaña electoral del Frente Popular que condujo a su amigo, Pedro Aguirre Cerda, a la presidencia de Chile. En 1945 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura, y en 1951 recibió el Premio Nacional de Literatura. Murió en Nueva York el 10 de enero de 1957.

La soledad y la angustia de sus versos iniciales dejaron paso a una afectividad volcada en cuanto le rodeaba: los desheredados y perseguidos, los niños, la naturaleza. En los textos bíblicos —lectura fundamental para ella— halló muchos de los símbolos que le sirvieron para mostrarse desterrada en un mundo de sufrimiento inevitable y fundar su estricto sentido del deber, de la honradez y de la justicia.

Insatisfecha con el catolicismo oficial, buscó compensaciones y salidas en la teosofía y en la filosofía oriental. Su “posmodernismo” derivaba de la inquietudes espirituales de Darío, Amado Nervo y otros modernistas, y aprovechaba la tendencia a la poetización de lo cotidiano para “hacer sentir el hogar” y manifestar las inquietudes que consideraba propias de las mujeres. Asimismo, fue sensible al americanismo mundonovista, que ella tradujo en una constante exaltación de su tierra y de sus gentes. Tales preocupaciones no disminuyen la originalidad de su voz, personal desde el principio, pues muy pronto acertó en una sombría visión del mundo. Su poesía conjugaba los sentimientos humanitarios con la voluntad de entrar en comunión con el universo y con Dios, en una búsqueda constante de solidaridad universal.

Su impugnación de la infame fama alcohólica de Rubén

Tomado de la reseña que elaboró de la primera biografía de Darío, escrita por su paisano Francisco Contreras, Rubén Darío: su vida y su obra (1931), el siguiente fragmento de Gabriela no puede ser más elocuente y esclarecedor: “Sabemos que un hábito alcohólico pulveriza, al mismo tiempo que el cuerpo, el decoro personal, y nuestro Darío frecuentó gentes e hizo vida social la mayor parte de su tiempo de Europa y América, y no fue rechazado en esos círculo como harapo sucio. La embriaguez de Darío, precisa decirlo, no fue más allá de la ebriedad del hombre de nuestra raza y, con ella, de la inglesa y la rusa, que forman el trío de este frenesí.

Verlaine dejó menos labor, también menos, Poe; es decir, aquellos que para el vulgo comparten el tabladillo de la embriaguez grotesca. En vez de esto tuvimos en Darío un trabajo constante de escribir; otro cotidiano de leer para informarse. Leyó lo clásico sustancial y leyó todo lo moderno; tanto leyó que no hemos tenido cabeza más puesta al día de la que nos prueban Los Raros y los libros numerosos de crítica literaria.

Después del hábito laborioso que es por sí solo una forma de moralidad, hay que anotarle a Rubén Darío la hidalguía perfecta en las relaciones literarias, otra señal de la fuerte moralidad. Hombre lavado de la clásica envidia española estudiada por Unamuno, y de la otra envidia en fiebre palúdica, del mestizaje latinoamericano, fue nuestro Rubén Darío.

Lleno de derechos al desdén, por estar colmado de capacidad verdadera, cabeza confesadas de vasta escuela literaria, aristócrata nato, a lo largo de su obra sin caída, a nadie desdeñó en la masa de sus seguidores; a ninguno quiso aplastar con su nombre de vida madre literaria; a ninguno le rasó la alabanza cuando la merecía. Más alabó de lo que debía hacerlo un escritor de su tamaño, en esas crónicas suyas disminuidas y despreciadas precisamente a causa de una prodigalidad de niño curioso.

Él pudo decir de sí lo que Whitman, que no fue generoso, se aplicaba a su gusto: ‘Yo riego las raíces de todo lo que crece’. La naturaleza del Maestro, en el sentido paternal, la llevaba visible Darío: confortó a cuanto escritor tuvo cerca; dio, desde el apretón de manos hasta el abrazo efusivo, a cuanta larva de letras se le cruzó en el camino; excitó a los jóvenes y les dio paridad a los maduros, lo mereciesen o no, lo mereciesen unos y otros.

Sentía un gozo de veras de jardinero multiplicador de especies, y una efusión de patriarca que cuida y mira carne salida de su carne. Posiblemente resida en esa cordialidad del gremio, la moral verdadera del artesano de letras, y la única que debamos pedirle. Las otras morales las pide la religión y no nos toca cobrarlas a nosotros.”

La trilla a yegua suelta de Calle Larga
En cuanto a mi ensayo-estampa, que lleva su marcha, dice: “Antes que fuese sustituida por la máquina, la trilla a yegua suelta era el ritual culminante del campesino chileno: ese huaso de ese rostro y corazón transparentes que conocí un domingo de enero en Calle Larga, comuna de la provincia de Valparaíso. Allí, dentro de una cancha de fútbol, la Municipalidad auspicia desde hace años esa fiesta criolla que no es sino una evocación pintoresca de un pasado que no volverá. Pasado, para don Humberto Araya, de peón en su juventud; pero ahora con un estatus de agricultor mediero, feliz en su tranquila rusticidad.

No me había impresionado tanto un chileno, por su espontánea comunicación sincera, como él. Y aquí debo referirme a un personaje más de su escenario rural: don Froylán León, poeta repentista, pariente del payador argentino o uruguayo. Más urbanizado, pero con indudable autenticidad versera, don Froylán podría firmar este anónimo epígrafe, tomado de una antología de cuentos que me obsequió otro chileno, Carlos Clemente, amigo, en este imperial dominio del caro uniforme y la espada: ¿Por qué no empezar versiando / lo que traigo atragantao / mas vale morir hablando / antes que morir callao.

Y tal ha sido la vida del cantor: no permanecer sometido a la impotencia del silencio, sino exteriorizar su sentimiento, proyectarlo en la alegría rítmica de la colectividad, en medio de los pañuelos de la cueca y la bebida de chicha en cuerno de toro. Y no sólo su sentir, sino sus ideas: el testimonio del proceso de asalarización capitalista desarrollado con salvaje frialdad en las heredades chilenas, donde ya ha desaparecido el labriego /héroe de los versos de don Froylán.

Yo agradezco a esos dos hombres del pueblo —uno con diente salido como clavo para enganchar recibos; el otro huatito y moreno— por la gratísima imagen que me dieron, tan distinta del folklore espectacular y comercializado de “Los Adobes de Argomedo”, centro para complacer a turistas y delegados oficiales y oficioso. Imagen que le trajo a Karla guerra —la chontaleña de ojos vikingos que me acompañó a Calle Larga— el recuerdo de Violeta Parra: “Arréglate Juana Rosa / que llega una invitación / mañana trilla a la yegua / en la casa de Asunción...”

Es admirable toda esta ceremonia que se inicia con una limpieza y raspa de un terreno circular, duro y no fácil de ser molido en polvo y tierra suelta, preferentemente en algunas alturas donde lo azote un buen viento, Y vale la pena retener, mientras vivamos, su momento clave. Es decir: a los huasqueros, montados a caballo, agotando y silbando dentro del redondel a las yeguas, cuyas patas comienzan a moler la paja y terminan desgranando las espigas de las pesadas gavillas de trigo. O su final repartición a cada espectador de un ramo de doce espigas —una correspondiente a cada mes del año— para asegurar la buena fortuna.

Por mi parte, la experiencia huasa de que fui testigo me recordó aquella apología del folklore signo de su matriz creadora, que hacía Gabriela, respondiendo a su identidad latinoamericana. Y ella no podía estar ausente en la décima que don Froylán improvisó como bienvenida a nuestra presencia ese festivo domingo inolvidable: “De los países hermanos / a Nicaragua no olvido, / junto a Gabriela admiramos, / cuyos versos recitamos / en nuestra escuela rural; / vaya este verso especial / para Jorge Eduardo y Karla / que vienen a Calle Larga / para ver lo que es trillar.”