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Hasta hace poco, el autor Tito Monterroso ostentaba el reconocimiento de haber escrito el cuento más corto del mundo. Éste: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Yo agregaría, que además de ser el más corto, es el más viejo. En Honduras, se cuenta otra vez. Desgraciadamente, los dinosaurios seguían allí.

Si para apoyar tus ideas necesitas los fusiles de un ejército, es mejor que no pienses, y te vayas por donde habías venido. Esto que debería ser un proverbio chino, causa a las horas en las que escribo una verdadera catástrofe en Honduras. Unos tipos, empresarios la mayoría, que derrocaron el gobierno de Zelaya, mandaron al ejército a disparar contra los mismos hondureños. No eran todos los hondureños los que defendían a Zelaya, pero algunos de los que estaban en contra se acogieron a los fusiles para apoyar sus ideas y otros prefirieron esperar a las urnas. La balanza no deja lugar a dudas.

Estemos más o menos de acuerdo con Zelaya, la diferencia entre unos y otros es clara. Él fue sacado a la fuerza de su país, y ahora ha vuelto escondido pero pacíficamente. Sin embargo, la hostilidad del gobierno de Micheletti evidencia claramente la naturaleza siniestra de estos otros empresarios que tomaron el poder con los fusiles. Triste Honduras, donde hay quienes aún piensan que es necesario un ejército para defender una posición política. Cobardes que no se atrevieron a esperar que hubiese elecciones. Hipócritas que imponen toques de queda en las ciudades y pueblos donde dicen que la gente les apoya. Para qué entonces los toques de queda.

Sin conocer la persona de Micheletti, sólo hace falta oírle hablar para darse cuenta de que es un hombre que no sabe enlazar una frase entera sin equivocarse. Eso no es necesariamente negativo. A todos nos pasa. Unos lo disimulan más o menos, pero en él, es un signo claro de cortedad. Mírenlo a los ojos. Está asustado. Tiene miedo, y eso lo hace aún más peligroso. Pero de donde salió semejante tipo.

Poco sabemos de los que andan detrás de él. De los militares y sus negocios en riesgo. Poco sabemos de la tibieza de la embajada americana, y de los movimientos previos a un golpe tan rápido. Pero sí sabemos que el hermano pueblo de Honduras no quería la sangre. Confió en el buen juicio, en la fuerza del diálogo, aunque el diálogo fuese bajo la coordinación del desgastado presidente de Costa Rica. Creo que a ellos, como a nosotros, nos agarró el pasado por sorpresa. Y cuando despertamos, otra vez, “el dinosaurio estaba allí”.

El pueblo hondureño tuvo suficiente paciencia. Dejó que pasaran los días. Las movilizaciones fueron tímidas. Pero ya llegaron los muertos. Aquí está la sangre. Esto es lo que han provocado las intransigencias, y el uso de la fuerza. No hay duda aquí de quiénes son los mayores culpables. Y están solos. Y tienen miedo. Y son peligrosos. Pero ante la violencia, por si se habían olvidado, el pueblo en las calles se vuelve más osado, más valiente, y tiene más rabia.

Miro la policía y el ejército de Honduras, y me dan ganas de tirarles piedras, qué quieren que les diga. Eso es lo que provocan. Me miro igual hace unos años, en medio de una marcha del 6%, escoltando a unas mujeres que salían del tumulto, cumpliendo las órdenes de un policía. Ese policía, al que yo obedecí, me vino a dar un tremendo golpe en la espalda, simplemente porque estaba armado, porque tenía orden de hacer daño a alguien, y yo era el que tenía más cerca. Entonces me volví hacia él. Era un antimotín. Y empecé, irracional como todo lo absurdo, como la rabia y el miedo, a darle puñetazos contra el plástico duro que le cubría el rostro. Mis puños no le hicieron nada. Si él hubiese querido me habría disparado. Alguien vino a apartarme de allí, pero tanto el policía como yo nos quedamos mirándonos, con miedo el uno al otro, estúpidamente. Nos habríamos hecho mucho daño si nos hubieran dado tiempo, y no hubiéramos sabido quién de los dos tuvo la culpa, ni si valía la pena destrozarnos. En aquellas marchas que no reclamaban cosas de vida o muerte, también hubo víctimas. Me acuerdo de un estudiante al que le llamaban “el Chino”, la primera víctima por un mísero 6%. Pero las causas ya no se razonan cuando hombre se enfrenta a otro con el dolor de por medio.

Ya no hay duda en Honduras. Lejos de cualquier debate sobre las razones y las causas justificadas o no del derrocamiento de Zelaya, Micheletti es culpable de todo lo que pase. Él es el que tiene las armas y las apunta y las dispara. Está loco, él y todos los que le rodean. Dice que Honduras es soberana y no permite injerencias extranjeras. No habla en nombre de un país, sino de sus fincas.

Sí, amigos, hermanos, ya están aquí, los muertos, nuestros muertos de la violencia y la injusticia de siempre. Y qué rabia. Otra vez despertamos, y el dinosaurio estaba allí.

Ahora, el cuento más corto, dicen que ya no es ése, sino otro, titulado El Emigrante, de un autor mexicano, Luis Felipe G. Lomelí, y dice así:

“-¿Olvida usted algo?
– Ojalá”

Ojalá los dinosaurios de Honduras, se olviden pronto con el próximo sueño, tanto que cuando despertemos ya no estén allí.

franciscosancho@hotmail.com