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De niños todos tenemos sueños. Deseamos acariciar la luna y abrazar el sol. En Chontales todos los niños soñamos ser dueños de un caballo de carne y hueso, no esos de palo que hacen en Masaya. No importa de qué raza. Un jamelgo basta. Santos Sierra Suárez satisfizo mi deseo. Me regaló una yegua rojiza que bautizó como la Guillermina. Dinero, que caía en mis manos o en las de Jorge Eliécer, era ahorrado. Necesitábamos comprar la jáquima y el freno. En la tienda de don Adán Guerra, el encargado de la venta, Chichina, nos ofrecía rebaja. Camino a casa de mi abuela María del Carmen pasábamos, repasábamos nuestras manos sobre la piel de ternera de las riendas del freno de nuestras ilusiones.

Mi madre asegura que el curtido objeto de disputas, ella lo pagó con su dinero. Las desavenencias surgieron porque pedimos a Plutarco Castro que dibujara sobre el curtido una mujer desnuda. La idea fue concretamente de Jorge Eliécer, que cándido cada vez que cuenta algo en sus crónicas referidas a faldas, pasiones, enamoramientos y mujeres, me convierte en el eje de sus relatos. Jorge Eliécer, con una imaginación enfebrecida parecida a la de Fonchito en Elogio de la madrastra, dibujó en el aire la sirena que después Plutarco imprimió sobre el cuero. El artista captó la altivez de sus pechos, la firme curvatura de las nalgas y la enorme dimensión de su panocha, tal como Jorge Eliécer le indicó. Ni siquiera habíamos tendido el cuero para que nuestra madre lo viera, cuando nos envío de regreso a vestir a la diva.

¿Tendría Vicente Padilla, el lanzador estrella, iguales sueños a los nuestros? Es probable que el chinandegano soñara no solo inscribir su nombre en la alfombra del empobrecido firmamento nacional, tal vez en algún recodo de su niñez haya querido ser dueño de un pegaso para vagar por los confines de la patria. ¿Qué le indujo a comprar un pura sangre en 65 mil dólares al chontaleño Pepe Matus? No creo que haya sido porque le sobra dinero. Es posible que el beisbolista nacido en la finca El Bálsamo, desee codearse con su vecino Piero Cohen, el multimillonario criador de caballos. Uno nunca sabe. En el otro extremo, don José Lorenzo Cubillos, un carretonero que gana la vida en las calles de Managua acarreando bultos, perdió su casa hipotecada a una microfinanciera, a la que había prestado 50 dólares para comprar un caballo, que murió de cansancio y tristeza tres días después de ser adquirido.

Tal vez esos sueños que tuve de niño todavía persistan. Ninguna iniciativa emprendida por la Universidad de Ciencias Comerciales (UCC) me conmueve tanto que el Programa de Atención Gratuita a Caballos Carretoneros. ¿Cómo no iban a llamar mi atención las decenas de rocinantes apostados en el portón de la entrada vehicular de esa universidad? Todavía no me acostumbro a mirar la pobreza como algo natural sabiendo que las desigualdades económicas y sociales tienen su origen en las relaciones sociales de producción. Entonces tomé conciencia que la vida de cientos de carretoneros pende de un caballo. Si nos atenemos a las cifras del Tercer Censo Nacional Agropecuario de 2001, en el país existen 334 mil 610 caballos, 80% de los cuales son de segunda, como afirman implacables algunos entendidos. No por eso menos dignos y valiosos para cada uno de sus dueños. Lo que mal comen sus familias proviene de lo que ganan trasladando basura, materiales de construcción y víveres, en una carrera contra el tiempo.

Mientras cientos de caballistas lucen sus cabalgaduras en los desfiles hípicos, enfundados en trajes costosos, monturas de lujo, encaramados en caballos pura sangre, según certifica su respectivo pedigrí, millares de carretoneros realizan toda clase de malabares para ganarse un tiempo de comida al día, si es que al final de la jornada obtuvieron unos cuantos denarios. Los hípicos concentran a centenares de nicaragüenses que extasiados los ven desplazarse en sus caballos soñados, a los carretoneros pocos se detienen a mirarles excepto cuando sus cholencos doblan las rodillas fatigados, cayendo sobre el pavimento en un espectáculo doloroso. Caballos mal comidos como sus dueños, a quienes las ganancias diarias de 40 córdobas apenas alcanzan para una ración y si sobra lo comparten con sus bestias.

¿Cómo no iba a concitar mi interés un programa que brinda atención médica gratuita a millares de caballos, sabiendo que constituyen el único sostén de sus familias? Cómo no sentir admiración por los jóvenes veterinarios María Elena Solórzano, Pedro Caballero y Maryuri Mayorga, si todas las semanas se desplazan a los barrios periféricos de Acahualinca, Reparto Schick, Naciones Unidas y el Plantel de la Alcaldía en el Distrito IV; hasta Cuajachillo y Jocote Dulce, donde llegan a auxiliar a los pobres brindándoles asistencia técnica, seminarios de capacitación y las mil maneras de sortear el infortunio, con la intención de evitar que sus caballos enfermen. Con el esmero que los grandes criadores de caballos de raza cuidan a sus animales lo hacen los pobres. El diputado Francisco Aguirre Sacasa canceló hace poco una entrevista al periodista Camilo de Castro, aduciendo que tenía que atender en El Cortijo a un pura sangre aquejado de cólico mortal.

El programa de la UCC es auspiciado por la Sociedad Mundial Protectora de Animales (Wspa) y la Sociedad para la Protección de Animales (Spana), ambas instituciones de origen inglés. Un programa asentado en el sector del pacifico de Nicaragua, que ayuda por igual a centenares de carretoneros de Chinandega, León, Pochomil, Diriamba, San Marcos, Niquinohomo, Nandaime y Rivas, sin cuyo apoyo los estragos económicos entre las familias pobres serían muchísimo mayores. Amparados por la solidaridad del granadino Manuel Dumas, un virtuoso que calza y repara los malos aplomos de sus bestias; y por el afán que pone en enseñar a los pobres a limpiar, recortar y calzar sus propios caballos. Nunca será lo mismo calzarlos con herraduras colombianas o brasileñas de alta calidad, que con varillas de hierro como lo hacen muchos, debido a que las primeras cuestan 120 córdobas frente a los 12 que valen las segundas.

Mientras la Asociación Nicaragüense de Criadores de Caballos de Pura Raza Española (Ancpre) dispone de sus propios veterinarios, igual que Piero Cohen en Chinandega o los Kontorovsky en Estelí, los carretoneros sólo cuentan con el entusiasmo de jóvenes empeñados en socorrer a quienes más lo necesitan en épocas de caballos flacos. Familias enteras con apenas segundo o cuarto grado de escolaridad, quienes ante la gravedad de su situación económica, desoyen los consejos de reposar sus animales enfermos. ¡Ellos o nosotros!, claman desesperados. Pocas veces tienen alternativa. Viven coyol quebrado coyol comido. Ni siquiera ellos mismos pueden darse el lujo de enfermar. Con una lógica demoledora argumentan, si nosotros tenemos que trabajar enfermos, por qué no van a hacerlo las bestias. Ante esta disyuntiva, ¿qué hacer?
Si ahora los médicos veterinarios de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la UCC han dado la alerta al país para salvar los criaderos de iguana atacados por malaria, y evitar que no ocurra lo que está pasando en Ecuador donde mueren por millares, el viernes 13 de febrero de 2009 notificaron al Magfor los resultados de exámenes realizados en laboratorios de los Estados Unidos, que evidenciaron un brote de fiebre equina. Con cierto grado de certeza se dijo que la infección tuvo su origen en el Centro Genético. Hay quienes se quejan con justa razón que muchos caballos de raza comprados en el exterior no pasan cuarentena y esa debió haber sido la causa que motivó el brote de influenza equina. Las autoridades sanitarias con buen juicio autorizaron la importación de vacunas para evitar su propagación. Estos hechos demuestran la importancia del trabajo realizado por jóvenes veterinarios bajo el liderazgo de Enrique Rimbaud.

La iniciativa surgida en 2003 como aporte de la recién fundada Facultad de Ciencias Agropecuarias, se ha convertido en el programa insignia de la UCC. Una muestra fehaciente de los esfuerzos que los centros de estudios superiores están llamados a realizar como parte de sus compromisos con la sociedad nicaragüense, específicamente con los sectores más empobrecidos, urgidos de asistencia técnica, capacitación y campañas preventivas, para poner a resguardo su salud y la de los animales que procuran su subsistencia. Las universidades tienen que reorientar sus prioridades. No solo comprometer esfuerzos con las grandes empresas, sobre todo encaminarlas para beneficiar a los pobres y menesterosos, en un país donde la Encuesta de Medición del Nivel de Vida de 2005, establece que el 39.5% sobrevive con menos de US$1 al día y el 75.8% con menos de US$ 2 diarios.

Estoy seguro de que los niños de los carretoneros sueñan con tener algún día caballos enrazados, no sólo para acarrear desperdicios, frutas, verduras, cemento, arena y cal; sino también para hacerlos desfilar frente a sus novias y en mejor de los casos llevarlas a la polca para entrar con ellas al templo para casarse de velo y corona, como ven hacerlo a los galanes en las telenovelas que disfrutan todas las noches recluidos en sus asentamientos. Caballos briosos, de largas crines y andar fachento, hendiendo sus cascos sonoros, como soñaba en mi niñez. ¿Serán sueños recurrentes? ¡Mi reino por un caballo! ¡Caballito chontaleño! ¡Caballo pasitrotero!