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Ph.D.


Decía el gran filósofo alemán Emmanuel Kant que tres cosas le despertaban siempre su profunda admiración: la belleza de una flor, un cielo nocturno techado de estrellas y la conciencia moral de sus deberes. Su capacidad de asombro fue lo que hizo despertar su curiosidad tanto científica como filosófica.

Creo que hoy en día este fenómeno lo estamos observando en el mundo de la ciencia y de la tecnología. Por un lado, los que quieren dar interpretaciones teóricas y especulativas sobre el origen y la naturaleza del Universo, y por el otro, los que viven continuamente creando aparatos sofisticados para facilitar, complicar o mejorar el dominio sobre la naturaleza.

La ciencia contemporánea hasta la fecha no ha conocido los límites en sus avances y descubrimientos. Pareciera como que la “materia” no quisiera develar todos sus secretos y como que el ser humano no ha encontrado todavía la clave o la “piedra filosofal” que le dé una explicación racional más exhaustiva sobre la misma. Lo que va conociendo a través de su búsqueda incansable y de su metódica y sistemática investigación científica lo quiere elevar a una concepción filosófica y hasta metafísica. Y es precisamente aquí en donde estriba su error.

Actualmente la teoría del Big – Bang o “gran explosión” es la más aceptada, tanto por creyentes como por no creyentes científicos.

Según esta teoría, el Universo comenzó a existir en una gran explosión que ocurrió hace 15 mil millones de años. Este universo actual en esas fechas estaba contenido, según los astrofísicos, en un punto del tamaño de “la cabeza de un alfiler”, para usar un ejemplo. Y para ser más exacto, la medición de este punto, según los científicos, era de 10 elevada a menos 33 centímetros. La energía contenida es este “punto” era tan grande e inimaginable que muchos científicos se han tomado el tiempo para dárnosla con lujo de detalle: 10 elevado a 32 grados, es decir, seguido de 32 ceros.

¿Cómo estos científicos han llegado a darnos estas mediciones? ¿Cómo han demostrado que todo el universo estaba al comienzo reunido en este punto tan minúsculo y tan poderoso.

En primer lugar, los científicos han demostrado que el universo continuamente está en expansión. Algo así como cuando tiramos una piedra en el agua. Las ondas primeras son pequeñas pero se van agrandando en la medida en que se van alejando del punto inicial del impacto de la piedra sobre el agua.

En 1965 dos astrofísicos norteamericanos, Robert Wilson y Arno Penzias, descubrieron por casualidad una presencia en el espacio de una “radiación fósil” que poseía una temperatura de tres grados Kelvin sobre el cero absoluto. Este fósil radiactivo está presente en todas las direcciones del universo, lo cual muestra el rastro o la huella de esa explosión original. Por ejemplo, con la explosión de una granada fácilmente se puede seguir el rastro de destrucción que deja en su camino desde el centro inicial hasta donde periféricamente alcanza su poder destructivo.

En segundo lugar está el efecto “Doppler”. Según esta teoría, cuando las estrellas o las galaxias se alejan de nosotros, producen un color que tiende hacia el “rojo”; en cambio cuando se acercan, su tonalidad cambia hacia el “azul”. Esto demuestra, por supuesto, que existe un continuo movimiento que todavía permanece después de la explosión inicial.

Y, en tercer lugar, en 1940 Max Planck elaboró su famosa “teoría cuántica relativista de los cuerpos”, llamada actualmente como física cuántica. Planck descubrió esta teoría de una forma casual. En una noche de invierno en frente de su hoguera, pudo observar un fenómeno muy común pero poco observado: las chispas que soltaba la leña con fuego se tornaban en tres diferentes colores: pasaba del rojo al color gris-blanquecino y después al negro. A este salto del rojo al gris-blanquecino y del gris blanquecino al negro, lo llamó “salto cuántico”. Es decir que no había un continuo entre los cambios producidos por estos tres colores. Algo así como que cada uno era un “paquete” (quantum) independiente del otro, antes de dar el “salto”. Para dar un mejor ejemplo: nosotros estamos acostumbrados a “apretar” el acelerador cuando vamos en nuestro vehículo en una carretera solitaria. La física clásica te dirá que el velocímetro es “continuo” en la medida que aceleras. En la “física cuántica” “las velocidades van por “paquetes”: de 10 a 20Km/hora; de 20 a 30 Km/horas y así por “saltos”.

La física cuántica aplicada a la teoría del Big-Bang creado por George Gamow en 1948, nos explica que la creación del universo fue por “paquetes”.

La primera explosión fue tan rápida que es prácticamente imposible de imaginar. Los científicos nos dan esta cifra: 10 elevado a menos de 43 segundos después de la explosión original. Posteriormente pasó a una era “inflacionaria”, que duró muy breve tiempo, algo así como 10 elevado a menos 35 segundos, donde el universo se “infló” en un factor de 10 elevado a 50 de su tamaño.

Algo así como pasar del tamaño del núcleo de un átomo al tamaño de una naranja. Y finalmente, hasta nuestros días el universo ha crecido apenas mil millones de veces, o sea 10 elevado a 9, aunque con menos velocidad.

Ahora bien, ¿cómo podemos comparar estas explicaciones de los científicos modernos con el hermoso relato de la “creación del universo” por parte de Dios en el primer capítulo del Génesis de la Biblia?
Antes que nada, vamos a acudir a San Agustín. Según este Santo Padre de la Iglesia no solo “Dios creo el universo de la nada, sino también que lo creo en el tiempo”. Porque algún ingenuo nos podría cuestionar: Si Dios es el principio Creador del Cosmos y del tiempo, de seguro que hubo un “antes”, es decir un “tiempo” antes del acto “creador”.

Según los teóricos del Big Bang, en el Universo concentrado en ese “punto infinitamente pequeño” estaban también contenidos el “espacio” y el “tiempo”. Y hacemos énfasis en esta conjunción, a saber, “espacio y tiempo”, puesto que ambos no se pueden comprender separadamente. Con una intuición genial, Aristóteles había definido el tiempo como la “medida del movimiento”. Y fácil es comprobar que todo el movimiento se tiene que dar en el “espacio”. En otras palabras son “correlativos”.

El libro del Génesis (1,1) comienza así: “En el principio creo Dios los cielos y la tierra”. En el lenguaje de la Física Cuántica, si algunos teólogos me lo permiten, podríamos decir: “En el principio creó Dios el tiempo y el espacio”. Abusando de la metáfora, los cielos significan los tiempos (o el tiempo) y la tierra, el espacio (!).

Pero el relato no termina aquí. A continuación le siguen seis días de creación continua, comienza de lo más simple hasta lo más complejo. Desde la creación de la luz hasta la creación del ser humano como “imagen y semejanza” de DIOS. Desde mi punto de vista personal veo en estos seis días una analogía de lo que pudo ocurrir a nivel “macro” en el universo después del Big Bang. La teoría cuántica es aplicable aquí a las fluctuaciones que tuvo el universo en sus distintas etapas de expansión. El escritor bíblico del libro del Génesis nos da la impresión de que, después de Dios, es el hombre el ser más importante de toda la creación. Es más, su inspiración es absolutamente “geocéntrica”. Esto, por supuesto, fue lo que más dolores de cabeza le dio a Galileo en la época de la Inquisición. Sin embargo, hoy sabemos por la ciencia hermenéutica que el escritor sagrado utilizó un lenguaje “sencillo”. Algo así como cuando las madres quieren enseñar grandes verdades contando cuentos hermosos a sus hijos.

Esto, por supuesto, no quiere decir que es simplemente un cuento creado por la imaginación fantástica del escritor bíblico. Es un “relato” no un “mito” que tiene la intención de revelarnos que el universo tuvo un comienzo y que cada cosa que vemos con nuestros ojos, así como las estrellas, los árboles, las flores, los océanos, los animales, etc., fueron creados por un ser Infinitamente Inteligente.

A los agnósticos o ateos les podemos dispensar porque quizás ellos “creen” que esto es un “mito”, pero lo que no podemos perdonarles es su poca o nula sensibilidad estética al no querer reconocer lo bello y hermoso de este relato del libro del Génesis que ha venido cautivando los corazones de los seres humanos por mas de 3 mil años.