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“La crisis contemporánea comenzó por los activos tóxicos en los mercados financieros desarrollados”. Ésta es una lectura; pero hay otras.

Para Jean-Paul Fitoussi la crisis nace de la desigualdad y de la falta de respuesta a lo que se conoce como la cuestión social: trastorno producido por el encuentro del progreso material con el decaimiento o relajación de los principios ético-sociales, trastorno que se caracteriza por un vivo malestar de todas las clases de la sociedad.

La respuesta tradicional para salir de las crisis, el estímulo al consumo, para este economista no es viable porque el problema básico hoy son los ingresos o más bien la falta o insuficiencia de los mismos.

En América Latina, entre 1995 y 2007, no obstante el gran aumento del Producto Bruto Interno per cápita, el crecimiento salarial fue únicamente 0.3%. Esto quiere decir que los salarios reales se rezagaron respecto del crecimiento de la productividad. Por ello los salarios mínimos -en la crisis- retoman un lugar preponderante en la agenda pública y no sólo en la región. El mes pasado el Presidente Obama aumentó el salario mínimo en los EU. Para él las personas que trabajan tiempo completo no deben vivir en la pobreza, Por ello es objetivo de su gobierno que el salario mínimo en su país llegue a 9.50 dólares la hora, para 2011.

Según Fitoussi la acelerada integración de los países emergentes en el comercio mundial aumentó la competencia en el plano laboral y ello acrecentó la moderación salarial tanto como la desigualdad en los ingresos: quien recibía poco, recibió menos y quien tenía mucho, recibió más.

Latinoamérica sigue siendo el continente más desigual del mundo; por tanto es más apremiante responder adecuadamente a la crisis ya que la desigualdad no se resuelve fácilmente ni en poco tiempo. Ella alimenta la frustración popular y ésta merma el apoyo a la democracia.

Antes de que explotara la crisis, el endeudamiento privado aumentó mientras que los ingresos, incluso los medios, descendían. Con tasas de interés en bajada, incluso los pobres pidieron préstamos para financiar consumos. Hay, en casi todo el mundo, un problema de ingresos; por ello debajo de la crisis de capitales hemos encontrando la crisis de la gente o a la gente en crisis.

Sociedades individualistas y sin cohesión social han facilitado que se llegue a los niveles de desigualdad contemporáneos. Hoy, entre otras, fallan concurrentemente las instituciones que deben hacer funcionar el vínculo social y la solidaridad (crisis del Estado) tanto como aquellas responsables de la positiva relación entre economía y sociedad (crisis del trabajo).

A nivel nacional, ante tal crisis, parecen necesarios nuevos contratos sociales que refunden la economía sobre el trabajo decente y la inversión productiva antes que sobre la especulación; la política sobre democracias que sirvan a sus ciudadanos antes que sobre populismos o autoritarismos; y la sociedad sobre la inclusión antes que sobre la desigualdad.

Ante tal crisis, la gobernanza mundial parece demandar un New Deal que promueva la justicia social para una globalización equitativa como lo recoge el Pacto Global para el Empleo de la OIT (del pasado junio), acogido (el pasado julio) tanto por los países del G8 como por los del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas: es decir por las economías más grandes, las emergentes, las que están en transición y aquellas en desarrollo.

Una lectura de la crisis desde la gente abre un menú de respuestas para la gente que no se agota en las regulaciones financieras. Se trata de respuestas desde el mercado de trabajo y no sólo desde los mercados de capitales, desde la sociopolítica y no sólo desde la economía; pero deben ser respuestas integrales e integradoras para ser eficaces.


*Director de la OIT para Centroamérica, Haití, Panamá y República Dominicana