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El rescate del sistema financiero fue un momento bizarro en la historia económica, ya que favoreció a quienes más se habían beneficiado de la exuberancia irracional de los mercados -los jefes de las firmas financieras-. Antes de que azotara la crisis, sin embargo, la redistribución de la riqueza (y los pagos de impuestos y seguridad social que la hacían posible) era considerada el mayor obstáculo para la eficiencia económica. De hecho, los valores de solidaridad habían cedido paso al “mérito” individual, juzgado por el tamaño del propio salario.

La paradoja es que una parte de esta evolución puede atribuirse a dos factores positivos: el trabajo lento de la democracia, que libera a los individuos pero, al mismo tiempo, los deja más aislados; y el desarrollo de un sistema de bienestar que comparte riesgos y vuelve a los individuos más autónomos. Con este aislamiento y autonomía, la gente cada vez más tiende a creer, para mejor o para peor, que ellos solos son responsables de su propio destino.

Aquí reside el acertijo. Un individuo es libre y autónomo sólo por las decisiones colectivas tomadas tras un debate democrático, particularmente esas decisiones que le garantizan a cada persona el acceso a los bienes públicos como la educación, la atención médica, etc. Aún perdura cierto sentido de la solidaridad social, pero es tan abstracto que aquellos a quienes la rueda de la fortuna favoreció tanto prácticamente no se sienten en deuda. Creen que deben su estatus puramente al mérito, no a los esfuerzos colectivos -escuelas y universidades financiadas por el Estado, etc.- que les permitieron concretar su potencial.

Cuando el mérito se mide por el dinero, no existe ningún límite ético para el tamaño del salario de un individuo. Si gano diez, cien o mil veces más que tú, es porque merezco diez, cien o mil veces más que tú.

El mérito y las habilidades es la manera en que le damos un valor intrínseco al dinero. La naturaleza humana -el ego y/o la arrogancia- se ocupa del resto. No sorprende, entonces, que mucha gente se considere invalorable. El lugar central donde esta sobrevaluación del yo se topa con la menor cantidad de obstáculos es el mercado financiero. El dinero allí es una abstracción -”la abstracción de las abstracciones”, como dijo Hegel- que ayuda a explicar por qué los salarios ya no están anclados en la realidad.

Por supuesto, cuando estalló la crisis, las instituciones financieras fueron las primeras en decir que la autonomía era poco realista y que todos éramos interdependientes. Después de todo, ¿por qué otro motivo los contribuyentes deberían aceptar rescatarlas?
Pero ahora esas mismas instituciones están decidiendo que quieren volver a hacer su propio camino. De manera que el mundo pre-crisis de ayer está resucitando. Desestimando los riesgos en que incurrieron los contribuyentes, las instituciones financieras utilizaron el rescate para restablecer la rentabilidad y ahora están volviendo a sus viejos hábitos, que les habían dado tan buenos resultados a ellos y tan malos a los demás.

Nadie debería sorprenderse por esto. Las apuestas económicas alientan a todos a sacar el mejor provecho de las circunstancias. El rescate de los bancos llevó a una ola de fusiones. Si ya eran demasiado grandes como para quebrar, ¿qué deberíamos decir ahora cuando los bancos son aún más grandes? Su poder de mercado ha aumentado, sin embargo saben que no incurren en ningún riesgo, debido al impacto sistémico agravado de su potencial quiebra.

Es más, enfrentan una economía sedienta de crédito, en la que la crisis puso en peligro a muchas empresas cuya quiebra no tendría ningún efecto sistémico. Trabajar en un mercado tan poco competitivo es un verdadero golpe de suerte. No conozco muchos empresarios que no quieran aprovechar esta situación; para ser honesto, no conozco ninguno.

La doctrina de libre mercado, que se ha convertido prácticamente en una religión, reforzó esta idea: los mercados son eficientes, y si me pagan tanto (una cantidad potencialmente alucinante, como se pudo ver en los casos recientes) es porque mi propia eficiencia lo garantiza. También participo indirectamente y de forma abstracta en forjar el bien común, creando valor a través del trabajo, y por eso me recompensan.

Sin embargo, de pronto el sistema colapsa, la creación de valor se convierte en destrucción y los universos paralelos se chocan. Ningún matemático puede recordar un resultado tan inédito y espectacular: las líneas paralelas se cruzan, y la autonomía se convierte (durante el breve momento del rescate al menos) en interdependencia. Como las conexiones entre la economía y el mundo de las finazas son tan fuertes y la interdependencia entre los llamados universos paralelos tan estrecha, no había ninguna alternativa.

Los ojos están abiertos; la ilusión de arbitraje entre eficiencia y solidaridad se desvanece. La crisis nos recuerda que cada persona están en deuda con los demás, subrayando una verdad ética que rápidamente habíamos olvidado: los ricos se benefician más que los pobres de su cooperación con otros miembros de la sociedad.

De todo esto se pueden extraer dos conclusiones. La primera es que todos le debemos al menos parte de nuestro éxito a los demás, en vista de los bienes públicos que ofrece la sociedad. Esto exige más modestia y restricción a la hora de determinar los salarios más altos, no por razones morales sino por la sustentabilidad del sistema.

La segunda conclusión es que las clases más privilegiadas, las que más se han beneficiado de la solidaridad de los demás, particularmente los pobres, ya no pueden negar las contribuciones de estos últimos. Eso sí, no contengan la respiración esperando que lo admitan.


Jean-Paul Fitoussi es profesor de economía y director del Observatorio Francés de Coyunturas Económicas (OFCE) en París.


Copyright: Project Syndicate, 2009.

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