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Cada día aumenta el número de mujeres asesinadas por sus parejas o alguien cercano en la familia, de jóvenes muertos en enfrentamientos de pandillas, de personas que perecen en asaltos que se cometen cotidianamente, o son alcanzadas por una bala perdida, y todos comparten el haber sido víctimas del uso de armas de fuego manejadas en su inmensa mayoría por hombres.

Todas estas formas de violencia tienen relación en primer lugar con los intereses de la inmensa industria armamentista que inunda nuestras pobres naciones con toda clase de equipos bélicos, con los traficantes locales que se enriquecen a costa de las vidas humanas, con la industria trasnacional del crimen cada vez más poderosa e influyente, con quienes compran armas bajo la creencia de que así mejorará su seguridad personal, familiar o laboral, y finalmente con quienes las usan para cometer delitos o agresiones en las calles o en los hogares.

Pero hay un factor común en todos los intereses y motivaciones: el poder armado se considera una manifestación culminante del poder de género en un contexto de crisis económica y social en el que muchos hombres recurren al uso de armas para afirmar una identidad masculina que sienten amenazada por la desempleo y la pérdida de poder económico.

Lo cierto es que son hombres quienes principalmente fabrican, comercian y utilizan las armas de fuego, aunque sean a la vez las principales víctimas de la violencia armada. Por cada siete hombres que muere por este tipo de violencia en las calles muere una mujer. Se estima que hay 875 millones de armas de fuego en el mundo, un 25 por ciento de las cuales está en poder de la policía, el ejército y otras entidades del gobierno. El 75 por ciento restante está en manos de civiles, compañías de seguridad privada, fuerzas paramilitares y otros grupos armados. En otras palabras, la cantidad de armas de fuego en manos de civiles es tres veces mayor que todo el arsenal en manos de todos los gobiernos del mundo, según una investigación de la Universidad de Oxford sobre armas pequeñas.

A los hombres se les entrena desde la infancia para el uso de armas con juguetes, videojuegos, películas y programas de televisión que van afirmando en ellos la creencia preponderante de que “ser hombres” significa vencer en una eterna lucha de poder de unos sobre otros, hombres sobre mujeres, adultos sobre adolescentes y niños, blancos y occidentales sobre otras razas, ricos sobre pobres, etc.

Se trata de una masculinidad asociada estrechamente a la concepción de “para que yo gane alguien debe perder”, y por tanto vinculada con comportamientos de género como mandar, excluir, imponer, correr riesgos, actuar agresivamente, despreciar lo emocional frente a lo racional, medir fuerza con otros hombres y abusar del poder.

Los fabricantes de armas explotan el aspecto de asociar la masculinidad con la violencia, tal como los fabricantes de carros explotan el vínculo de masculinidad con la rapidez en el volante, (véase la película “Rápido y furioso”), aspectos ambos que evidencian la “trampa del machismo” en la que tan fácilmente caen con el costo elevadísimo de sus vidas y de las vidas ajenas.

Esto no significa que las mujeres no tengamos responsabilidad en el problema de la violencia armada, puesto que desempeñamos un papel crucial en la reproducción de las mentalidades de género, justamente por el papel protagónico que tenemos en los procesos de crianza. Por ello mismo es fundamental que exista conciencia sobre el precio que pagarán nuestros hijos en su seguridad, salud, libertad y finalmente su vida, si los entrenamos a través de los juegos y la formación de roles para recurrir a la violencia como un acto de afirmación de su masculinidad.

En el desafío de prevenir la violencia armada hay aspectos sociales y económicos ineludibles: numerosas investigaciones reflejan que los hombres que recurren a la violencia generalmente se sienten marginados por factores sociales y económicos, según lo establece un estudio de Iansa, organización que trabaja por el control de armas pequeñas y ligeras en el mundo.

El estudio señala que “cuando la violencia, especialmente la armada, se convierte en una herramienta legítima para ganar poder en una comunidad, el arma pareciera tomar un significado simbólico que va más allá de un simple instrumento para la violencia. Se ha sugerido que una de las cualidades de un hombre “aceptable” es la de ser capaz de intimidar a otros, por lo que poseer un arma resulta particularmente atractivo para cumplir con tal propósito. Como tal esto puede ser una estrategia para obtener la riqueza, el respeto y la seguridad que no podrían conseguir de otra manera”. Claramente esto se relaciona con el problema de las pandillas en Nicaragua y en toda la región.

Estos estudios confirman nuestra tesis largamente sostenida de que la confluencia de la crisis económica y social con la crisis en la masculinidad machista, atizada por los avances de la mujer en el ámbito público, está repercutiendo en el incremento de todas las formas de violencia y en particular de la violencia armada.

Por lo tanto no existe tarea más urgente que la de promover ampliamente, por todos los medios y recursos a nuestro alcance, cambios en la educación y en las creencias de género tradicionales que asocian la masculinidad a la violencia, devolviendo a los hombres el derecho que les ha sido expropiado por la cultura patriarcal a ser pacíficos, sin que por ello se ponga en duda el sentido de su masculinidad.