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La pretensión reeleccionista de Daniel Ortega, está desbocada y arrogante, frente a una oposición dispersa, medrosa y políticamente atrasada. Esto le permite al orteguismo impulsar su carro continuista sobre dos vías: la compra de votos y voluntades “opositoras”, y la evasión del obstáculo constitucional de la no reelección.

En todo caso, lo haría con la complicidad de “liberales” del PLC y de ALN. Entre tanto, el orteguismo tiene embobado a un sector del pueblo, haciendo demagogia con su “revolución”. Y no es que este sector vea mucho de progreso y de justicia social en marcha, sino porque el orteguismo le manipula su aspiración de alcanzar sus reivindicaciones históricas.

La oposición de derechas, por su lado, ni siquiera por demagogia habla de proyectos para alcanzar las aspiraciones populares, no sólo porque nunca les han interesado, sino porque se ha quedado entumida con sus concepciones político-ideológicas. En su discurso político, aún hace gárgaras con el viejo léxico anti comunista y con los valores de la democracia y las libertades, como si con sólo proclamarlos fuera suficiente para adquirir imagen y liderazgo. En la derecha se habla como si pueblo y burguesía tuvieran iguales intereses o compartieran los mismos postulados ideológicos.

No reconocen los fracasos de sus tres gobiernos; han leído mal sus experiencias o ni siquiera les ha interesado analizarlas para darse cuenta de la necesidad de cambiar. Una de las características de la derecha, es que enfrenta al gobierno orteguista como si ella fuera su alternativa natural y sus líderes fueran los únicos representantes del pueblo. En eso, el orteguismo y la oposición derechista se parecen mucho, por cuanto ambos practican una política mimética con los intereses populares.

Lo que une, tangencialmente, a la derecha con los sectores democráticos, populares y la izquierda crítica, es el hecho de ser víctimas por igual de las medidas represivas del gobierno. Para la derecha, eso parece ser menos importante que sus prejuicios anti revolucionarios, y han creado obstáculos a la unidad amplia frente al orteguismo, con lo cual éste sale favorecido, a pesar de que en términos de votos la oposición en general es mayoritaria; eso ha quedado demostrado en todas las elecciones, desde 1990.

Las tendencias liberales se revuelcan en sus vicios, dificultando su unidad. Y en esta situación, la unidad no es la única que sale postergada, sino también un proyecto político alternativo al orteguismo que no se parezca a los que sus gobiernos pusieron en práctica. Gobiernos que no se distinguieron por su independencia de la política exterior estadounidense ni como impulsores del progreso social, sino por rescatar derechos democráticos postergados en el período de la guerra de agresión gringa, y desestimar los derechos sociales. También se dedicaron a complacer las demandas de los confiscados por la revolución.

El gobierno de la UNO, le hizo concesiones al orteguismo, atemorizado por el poder político que ostentaba para gobernar “desde abajo”, y decidió cargar sobre el Estado los costos de los bienes confiscados, de los que se apropió. Los confiscados que no quisieron volver, se hicieron “ciudadanos americanos” (“gringos caitudos”, el feliz bautizo que les hizo Antonio Lacayo), para ganarle al Estado con sólo el uniforme gringo. Fue complaciente con los Estados Unidos, renunciando a la demanda ganada por Nicaragua en La Haya, y fue el primer gobierno de la “restauración”, donde la burguesía desplazada por el somocismo dio satisfacción a sus rezagados apetitos económicos.

Siguió el gobierno de Arnoldo Alemán, el cual continuó dándole satisfacción a los reclamos de los “gringos caitudos”, somocistas y oligarcas opositores del viejo régimen. Al ordeño de las arcas del Estado se sumó una peste de tipos socialmente mediocres, ávidos de riqueza y que nunca pasaron de ser recogemigajas del somocismo, más otros sectores políticos de la derecha tradicional. Elementos del sindicalismo reformista se contaminaron de su corrupción.

El tercer gobierno, el de Enrique Bolaños, fue una continuación combinada de los primeros gobiernos neoliberales. Don Enrique sumó su entreguismo abierto a los intereses de la política exterior de los Estados Unidos, y se integró de forma inmediata a la llamada “coalición” que inició la guerra contra Irak. Se mostró débil en su intento de castigar la corrupción de Alemán, por el silencio cómplice que guardó durante fue su vicepresidente. Fue Daniel Ortega, quien se aprovechó de la condición de reo de Alemán para obtener ventajas políticas, incluso para ganar las elecciones de 2006.

Con esa herencia a sus espaldas, los políticos de la derecha están sumidos en sus propias contradicciones; sus partidos son estanques donde el orteguismo ha pescado votos ocasionalmente, y donde ahora tira sus redes para ver si saca los votos para completar los 56 que le permitiría reformar la Constitución, y buscar la reelección. La unidad opositora será imposible si sectores de la derecha siguieran cediendo al soborno gubernamental.

En medio de todo, el pueblo, desorganizado en su mayoría, se debate entre una pobreza creciente, la amenaza del autoritarismo a perpetuidad y de un gobierno de demagogos y oportunistas que le habla de revolución mientras se enriquece a la sombra del Estado. En el lado de la izquierda crítica, también atomizada por diferencias de matices ideológicos, los partidos que la representan aún no aglutinan a todo el sandinismo no orteguista.

Un sector de la izquierda hizo causa común en la lucha electoral con la oposición de derecha y ésta, por sus prejuicios anti sandinistas, no ha valorado su aporte a la lucha por la democracia, pese a que el partido MRS, ha sufrido la mayor represión del orteguismo, y la posición política de su pequeña representación parlamentaria se define en pro de los derechos democráticos de todos, sin sectarismo, como debe ser el papel de los que se consideran representantes del pueblo.

Hay necesidad de construir una coalición, sin pretensiones de permanencia, sino para no permitir la perpetuación de un régimen represivo y corrupto que, cobijado bajo las banderas de una revolución que no existe, afectaría aún más el ejercicio de las libertades y los derechos democráticos de todos los nicaragüenses. A esta unidad opositora amplia, la derecha antepone su tendencia a negociar con el orteguismo, sus posiciones reaccionarias (sólo ella respalda el golpe militar en Honduras) y la fijación de su mirada hacia Washington.

Pero esa derecha no es toda la oposición ni la única alternativa. Está la juventud sin partido, las organizaciones sociales, los habitantes sin partido de los barrios y la izquierda en general, más la derecha no pactista, con los cuales priorizar la lucha por los derechos democráticos, pues aún no asoman las condiciones para plantearse objetivos más profundos.