Jorge Eduardo Arellano
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En la efeméride del trigésimo aniversario del Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, importa destacar una faceta poco estudiada de su legado. Se trata de la férrea y celosa vocación de este hombre ilustre por la defensa de los recursos públicos. Con el mismo ardor que apostó a la libertad de expresión, estrella polar de su trayectoria, este ciudadano decente y honrado edificó una enseña que subyace a toda su praxis política, como es la visión estratégica por la consolidación de las finanzas públicas. Veamos algunas pinceladas de su incesante búsqueda del buen gobierno fiscal.

La razón de ser de los impuestos. El bien común, destino sagrado de los tributos, constituyó un hilo conductor claro y recurrente en el pensamiento económico del Dr. Chamorro. Escuchémosle, por ejemplo, en su editorial del 14 de junio de 1973 fustigando al somocismo y sus burdos negocios con las viviendas populares, corrupción desatada en forma escandalosa a raíz del terremoto de 1972: “A ellos, a los burócratas, tal vez no les interesará, pero estamos seguros que al pueblo sufrido que paga viviendas malas a precios altos, sí le interesará, y también nos interesa a quienes contribuimos pagando impuestos al Estado para que toda la población del país tenga techo sano y seguro. Sí, nos interesa que ese dinero se administre bien, y que no vaya a parar a la bolsa de una sola persona por culpa de quienes puestos en un cargo público para solucionar la escasez de viviendas declaran campantemente que no les importa la especulación con las tierras”.

Y en otra reflexión, advierte que la crítica o denuncia del caso concreto siempre debe concebirse desde la visión integral de los servicios sociales demandados por el pueblo nicaragüense: “Los personeros de este gobierno son muy buenos para hacer negocios en el campo particular, cemento, adoquines, urbanizaciones, centros comerciales, etc., pero no sirven para desarrollar la gestión pública, hospitales, teléfonos, transporte, comunicaciones, etc.”.

Costos nacionales. El Dr. Chamorro manejaba con precisión y sencillez la categoría técnica del gasto tributario, o pérdida de dinero público causada por el otorgamiento de exoneraciones y demás tratamientos especiales, fondos que a la postre el Estado se priva de ingresar al tesoro. Para quienes 30 años después aún se rasgan las vestiduras con el desteñido cuentecito de que si el Estado no los subsidia con ventajas impositivas jamás podrán ser competitivos, aquí les va una severa reprimenda del mártir, a propósito del emplazamiento que en su editorial del 5 de febrero de 1974 hace al tristemente célebre Director General de Aduanas Felipe Rodríguez Serrano, quien había condenado la forma en que lo descubrieron delinquiendo, olvidándose por completo del delito en sí mismo. Nótese además cómo premonitoriamente pareciera sacudirse a los diputados del 2008, ante el vergonzoso festín de sus “libres” vehiculares:
“Y es sabido también que el letrado en cuestión y además consejero de moral pública se lamentó en la explicación dada al público con motivo de la ‘danza de la corrupción’, no de que haya corrupción en el país, ni de las irregularidades aparecidas en los documentos citados por La Prensa, ni de las pérdidas fiscales por privilegios, ni de la competencia desleal al comercio, ni de la falta de moralidad envuelta en todo esto, ni del aprovechamiento ilícito del poder para el tráfico de libres”.

Transparencia fiscal. Una fina puntada de su Diario político, 14 de enero de 1977, merece destacarse por tocar el centro de la transparencia fiscal y de la acuciosidad en el estudio del Presupuesto de la República, que ya quisiéramos ver en nuestros diputados: “El general Gonzalo Evertz, Jefe del Tránsito, anunció que va a ‘investigar’ por qué en su oficina no dan constancia de las multas por medio de las boletas de entero. Resulta que en un año, por ese concepto, el Fisco ha recibido según el Presupuesto 300 mil córdobas nada más, y se estima que diariamente la oficina del General colecta no menos de tres mil, o sea, flojamente un millón al año, y esto –insisto– hablando en forma muy conservadora y sin meter los ‘clavos’ grandes”.

Mientras tanto, para dar muestras de que la combatividad tributaria inicia por casa, registra con cierto aire de desenfado en su Diario político el 29 de marzo de 1976: “También el sábado vino la notificación del reparo del Impuesto sobre la Renta. Suma 300 mil córdobas a pagar, y hoy estudiaremos la respuesta con Chico Laínez”.

Ética y hacienda pública. Es en el Diario de un preso (1961) donde el Dr. Chamorro consagra el rasgo esencial de su legado ético-fiscal como testimonio de la terca y apasionada defensa del erario que luego volcaría en aquel hermoso y memorable testamento notarial donde heredó principios en vez de propiedades. Llama poderosamente la atención esta crítica a ciertas elites de toda época: “Mis rebeliones comenzaron cuando vi que el Estado era un botín para los gobernantes, mientras el pueblo padecía flaco y enfermo, sucio y analfabeta, obligado al aplauso de quien le causaba el daño. Escribí contra los magnates de nuestras minas de oro que dejaban grandes huecos en la tierra, y cavernas en los pulmones de los mineros. Escribí contra los monopolios, contra los fraudes que perpetuaban en el poder a los millonarios explotadores, y contra su egoísmo. No hice diferencias entre quienes por alguna razón estaban conectados a mi persona o familia, y quienes no lo estaban”.

Me atrevo a afirmar que el ángulo fiscal en el ideario del Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, aún no ha sido objeto de la debida y justa sistematización en tanto parte medular de su pensamiento y de su lucha. El ciudadano-notable, hijo de las feraces trincheras del periodista, del abogado, del político, debe además ser evocado –y sobre todo emulado– como el excepcional y consecuente defensor de la hacienda pública.