Jorge Eduardo Arellano
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I
Los discursos del presidente Ortega no cambian de tonalidad ni de contenido. Dejan muy poco lugar para el asombro, y una pésima invitación a seguirle en la rutina de su itinerario hacia el poder permanente y autoritario. En esta su ruta, que apenas comienza, atropella todo y a todos, sin hacer la excepción de sus partidarios, los indiferentes ni los formalmente imparciales.

“Quien no está conmigo está contra mí”, no es divisa original suya, ni siquiera de Bush, pero con ella resume credo, palabras y acciones. Y su aspiración, traducida al nica, sería: “Esta mula es mi macho”. La “mula” es la presidencia y el “macho” el poder. Resultado, sorpresa cero.

Por eso resulta de mayor interés el discurso de sus seguidores, no porque sean muy novedosos tampoco, sino porque, estando ellos desprovistos de poder, carecen de auditorios cautivos, y eso les obliga a matizar un poco. A escribir procurando ser creídos. Y hablo de escritura, por cuanto para ningún intelectual defensor de este gobierno es accesible una tribuna ante un gran público cautivo, menos una tribuna ornada con muchas flores, exclusivas del jefe, sino de esta tribuna de papel, las páginas de este diario, que no por recibirlos con buen abrigo lo denigran menos.

El pretexto del apoyo al gobierno orteguista de parte de algunos intelectuales es su política social concentrada en varios ceros: el hambre, la usura, la educación pagada, la salud inaccesible y la exclusión ciudadana en las políticas de Estado. En conjunto, un buen proyecto social. Pero un buen proyecto social dirigido sin convicciones progresistas, con actitudes ultraconservadoras, ambiciones personales desmedidas, con el ahogamiento a la libertad de expresión y por practicantes de un Estado confesional, no camina. Es como un vehículo de bonita carrocería y con un motor con todos sus mecanismos descompuestos.

II
Hay un amigo a quien respeto, y él me ha demostrado igual respeto, profesor universitario, y es de los que siguen sustentando ideales como si no se hubiera percatado de que ahora, desde la voz de su líder, esos ideales son ecos de palabras que vaciaron de contenido en el trayecto de la primera derrota electoral hasta nuestros días. Mi amigo no logra mantenerse al margen de algunas mentiras oficializadas por su líder, y hasta las toma como verdades con una seriedad que quiero imaginar ingenua, sin la intención de causarle ofensa a su cultura académica. Es él quien lo hace.

Los ejemplos de ello los ofrece generosamente. Voy a señalar sólo algunos de sus últimos artículos –END, 8/1/07—, como reiterar que los diputados opositores pretendían “quitarle facultades al presidente de crear Consejos”, lo cual fue falso desde antes que la CSJ lo desmintiera, muy a su pesar, con su negociado fallo. Un profesor universitario no puede ignorar que lo pretendido por el presidente Ortega era convertir los Consejos en órganos del gobierno, y que no era sólo la derecha la que se oponía a ello ni que todos los opositores --por sólo el hecho de serlo-- tienen necesariamente una actitud “profundamente conservadora, revanchista y antidemocrática”, como dice el profesor; sin embargo, sabiendo que mentía con esta frase, el profesor la esgrimió para agredir a viejos compañeros suyos, auxiliándose del siguiente paréntesis: “(a la que le hace coro el MRS)”. Cuentos como éste hacen la dictadura del discurso orteguista.

III
Un párrafo infaltable en la dictadura de ese cuento, es el que se refiere al “poder mediático que acompaña a la derecha”. Aquí no calzan dos hechos ignorados por el profesor: uno, que la derecha en Nicaragua se ha ampliado con la membresía del orteguismo; y dos, que la neoderecha orteguista también tiene poder mediático y lo utiliza con profusión. Alguna vez, ¡hasta se dio el lujo de matar su propio periódico! Mi amigo profesor tendrá que admitir que por la agresividad de Ortega contra el periodismo y la libre expresión, él también, entre muchos intelectuales, ha tenido que refugiarse en estas páginas de END.

Para un profesor universitario no debe ser difícil encontrar argumentos menos manidos que los de su jefe y, por lo tanto, más convincentes. Pero, en vez de recurrir a sus facultades académicas, se afilia junto a los menos avisados en la sociedad de los lugares comunes, y no es que yo pretenda ser dueño de originalidades, sino que él utiliza hechos reconocidos de nuestra historia y la realidad actual practicados por la oligarquía y sectores conservadores, contrarios a la democracia y los intereses populares, para justificar el autoritarismo y otros métodos antidemocráticos del presidente Ortega. Con los horrores del adversario político no se justifican los horrores del amigo partidario, sino instando por un mejor sistema democrático contra quien sea y todo lo que se le oponga.

No convence ni se hace popular un gobierno, sólo por recordar la historia: que la derecha ha establecido su dictadura desde 1821 hasta 1979, y fue continuada con los gobiernos neoliberales desde 1990 hasta 2006. Convencería y se hiciera popular si, además de tener presente esta historia, atacara los problemas heredados con el mismo afán y constancia con que ataca al periodismo; si no manejara la información y la gestión pública como un asunto propiedad de su familia y de su círculo de poder; si no viera su cargo como la oportunidad de maniobrar con los corruptos en busca del continuismo de su poder personal. En fin, si no pretendiera imponer un sistema político a imagen y semejanza de sus ambiciones por medio de decretos y prácticas al margen de la Constitución Política.

IV
Y ya que de la Constitución hablamos, el amigo profesor parece creer que la invocación constante de nuestra máxima ley --al mejor estilo de un religioso en oración--, es suficiente para legalizar las acciones del presidente. Lo digo, por las cinco veces que en su artículo la señaló como la base sobre la que descansa la gestión del gobierno. Pero no ha invocado ni defendido la Constitución Política durante los años que Daniel Ortega ha violado su artículo 14, al imponerle al Estado la dictadura religiosa católica en todos los actos públicos oficiales, como sucedió incluso el recién pasado 10 de enero. Un profesor universitario --si es revolucionario-- que admite un gobierno confesional, se ubica tan fuera de lógica como un escapulario colgado del pecho de un científico.

¿Puede tener valor argumental invocar la Constitución para justificar actos del gobierno, y guardar silencio ante sus violaciones? No sé si el amigo profesor se ha enterado de que esta violación constitucional, junto a la penalización del aborto terapéutico, son dos de los avales con los cuales el orteguismo ha ingresado al club de la derecha. Bueno sería que no fingiera desconocer esos hechos, pues otra actitud suya contribuiría mejor a la buena formación de la juventud estudiantil, tan necesaria ahora como siempre.