Luis Rocha
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Ambos se fueron este año. José Canela Frayde murió el domingo 30 de agosto por la mañana. El 24 había cumplido 84 años. El jueves 27 de agosto, Mercedes y yo lo habíamos ido a visitar. .Murmuraba palabras en el catalán de sus orígenes y en el español de sus finales. Desde ese momento estuve seguro de que ya no nos volveríamos a ver, por lo menos en su Barcelona natal, como una tarde de música y poesía, a cuyo final junto con Norma Helena Gadea nos “pachamos” de “pacharán”. Probablemente Pepe llegó a Nicaragua hace unos 54 años, teniendo como referencia el que aquí nació su único hijo, hoy de 50 años, procreado con Lina su mujer ya fallecida y originaria de Burgos, España. Fue reclutado para trabajar en Nicaragua por su querido amigo don Pablo Dambach, ciudadano suizo muy recordado todavía, entre otras cosas por una “colonia” que en Managua conserva su apellido y porque fuera gerente general de la poderosa Cementera de Nicaragua, de la que Pepe fue su vicegerente hasta agosto de 1979. A lo largo de su fructífera vida en Nicaragua perteneció a cuantas instituciones españolas existieron y fue directivo de la mayoría de ellas, siendo de destacar su prolongada permanencia como Presidente de la Cámara Española de Comercio.

A finales de la guerra de liberación en 1979, su casa fue escala y fuente de información, con afecto, comida y tragos incluidos, de los mejores periodistas y corresponsales de guerra españoles que llegaron a Nicaragua. Estaba de embajador de España el inolvidable “Perico”, don Pedro Manuel Arístegui y Petit. Las “garrafas” de tiros, según las llamaba Julito, cuidador de la embajada, no dejaban de oírse en el día y más se oían por las noches. Fueron días de evacuación de ciudadanos españoles y de muchos que no lo eran. Entre los que ayudaban estábamos Pepe y yo, con una improvisada identificación firmada y sellada por “Perico”, por la que se nos otorgaba una especie de status diplomático como funcionarios adscritos a la Embajada de España. Tenía el propósito de, en lo posible, proteger nuestras vidas. A Pepe jamás se le olvidaron aquellos días de pólvora y noches a oscuras, por lo que siempre que nos presentábamos nuevos amigos o amigas el uno al otro, con su peculiar humor catalán se apresuraba a decir: “Hicimos la guerra juntos.” Él ya la ganó.

Nació el 1º de marzo de 1924 y el sábado 12 de septiembre a la una y media de la tarde, con 85 años cumplidos, falleció el Dr. Edgard Nicolás Buitrago Buitrago, Edgardo para todos, oriundo de León, dariano de vocación y nacimiento, catedrático de vida, museo de humanidad presente y futura, viudo de la poeta y pintora Mariana Sansón y jamás viudo de arte y poesía.. La última vez que lo vi fue el 5 de octubre de 2007, cuando como sus amigos y discípulos Tito Castillo y yo fuimos a visitarlo a su casa en León. En aquella ocasión Tito grabó una deliciosa, sobre todo por iconoclasta, conversación que todavía está trascribiendo. Un almuerzo en su casa, con buen acompañamiento espiritual y espirituoso, era una fiesta de la inteligencia y la sencillez. Oigo sus risas a través del teléfono y donde quiera que estuviera, como cuando a Rosario Fiallos de Aguilar la UNAN de León le otorgó el Doctorado Honoris Causa, y después del acto nos fuimos Mercedes y yo a la recepción en “El Convento”, donde por fortuna nos tocó compartir la misma mesa con Edgardo, y Carlos y Rosa Carlota, matrimonio de las avenencias y felicidades sin fin, y suerte fue también que Carlos se ausentase un momento, pues eso me permitió decirle a Edgardo: “Ya ves, tan serio el Carlos, pero si se tarda más, todo el mundo se va a dar cuenta que tiene una amante.” Edgardo todito él se volvió carcajada, y acercándoseme dijo: “La otra es leonesa, de la alta sociedad y de origen negro.” Ahora era yo quien no se aguantaba la risa. Risas contra lo solemne y también por lo imposible, sobre todo en este caso, de “la otra”. Sin embargo lo de “la otra” de Carlos lo institucionalizamos para nosotros dos a partir de entonces: “¿Has visto a Carlos? No. Debe de andar con la otra.”,y las risas, desde entonces, explotaban como fuegos artificiales junto a las castas murallas de ese seductor breviario de adoración y reafirmación cotidiana de amor conyugal de Carlos: “Para construir el amor”.

Conocí a Borges y sus silencios en la década de los sesenta, en España. La de él era una genialidad en constante proceso de elaboración, retenida en la oscuridad, para en el momento conveniente hacerla aflorar saliendo de un túnel de erudición, comedida y deslumbrante, tal si fuera espontánea. La de Edgardo era tan natural que ni siquiera parecía genialidad; una travesura infantil aderezada de un gozo que se le salía del alma. Edgardo sabía mirar hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro para juzgarse a sí mismo y hacia fuera para no juzgar a los demás. Su religiosidad se sustentó en esa ética. De las cegueras de ambos maestros, me quedo con la de Edgardo. Por no ceguera.

luisrochaurtecho@yahoo.com