Rafael Lucio Gil *
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La Educación Superior del país ha sufrido cambios importantes en estas últimas décadas, aún cuando declaraciones de algunos organismos internacionales destacaron únicamente la importancia de la Educación Primaria, desprestigiando el rol de la Educación Superior pública. Como fruto de ello, los gobiernos no la han ubicado en el lugar que le corresponde en sus Planes de Desarrollo.

Las más de cuarenta universidades del país representan, en su lado más positivo, nuevas opciones para que más jóvenes logren continuar estudios, atraídos por la falta de exigencias en el nivel de entrada, aunque deban pagar sus estudios. Pero también es cierto que, el Consejo Nacional de Universidades, al aprobar la creación de estas universidades, no ha aplicado con el rigor necesario los criterios requeridos. Basta visitar muchos de estos centros universitarios para constatar que, si bien sus documentos curriculares han pasado la prueba de la aceptación, muchas veces replicando carreras y matrices curriculares de otras universidades, tanto la infraestructura como el equipamiento indispensable, laboratorios y bibliotecas no existen o son de muy baja calidad. Esto evidencia, no sólo la falta de criterios objetivos pertinentes para la aprobación de nuevos centros de Educación Superior, sino también que el país no cuenta con una planificación de la Educación Superior bajo el referente de su Plan de Desarrollo, por lo que los nuevos currículos y carreras obedecen más a la lógica del mercado que al desarrollo del país.

Todos los países de la región han avanzado, de manera significativa, en procesos de acreditación. Nuestro país desarrolló un buen esfuerzo hace cuatro años, con los procesos de Autoevaluación financiados por el Banco Interamericano de Desarrollo, BID, en que un grupo de universidades, voluntariamente, se aprestaron a realizar procesos de autoevaluación, como un primer entrenamiento para llevar a cabo la Evaluación de Pares y, posteriormente, realizar la Acreditación. Algunas universidades privadas que se inscribieron en este proceso, al correr del tiempo y visualizar los alcances de los compromisos que se desprendían del mismo, decidieron no continuar. La Acreditación aún es una asignatura pendiente.

Siendo la tríada Docencia-Investigación-Extensión Social el pilar y la Misión que hacen posible la Educación Superior, llama la atención que la gran mayoría de estos nuevos centros privados únicamente realizan Docencia, por lo que no llenan el cometido que debe rigor a la Educación Superior. La diferencia sustantiva entre la Educación Superior y la Educación Básica y Media es, precisamente, que mientras en esta última únicamente se reproduce conocimiento, en la primera se genera nuevo conocimiento por medio de la Investigación alimentando la Docencia, y que es compartido con la sociedad a través de la Extensión. Llama más la atención que aún el país no exija calidad en sus resultados a estas universidades, ni existan leyes precisas al respecto. El Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación, conformado por mandato de la Ley General de Educación, con la función de dirigir estos procesos de acreditación de las universidades, después de casi tres años de existencia, no ha dado la cara al país, invirtiendo fondos del Presupuesto Nacional sin resultados concretos.

Se avecinan nuevos tiempos para la Educación Superior. Algunas universidades de más experiencia han avanzado, con ritmos diversos, en la tarea investigativa y de extensión, pero aún sus resultados tienen muy poco impacto en el país. Las universidades públicas ingresan a procesos de elección de autoridades académicas, tal como norma la Ley de Autonomía de los Centros de Educación Superior. La experiencia de casi veinte años de elecciones ha mostrado que el interés académico ha sido suplantado, por lo general, por intereses partidarios, logrando afianzar en los cargos de Facultades y Rectorías a cuadros con perfiles más de confianza política que de prestigio académico.

Todo indica que, en esta nueva coyuntura eleccionaria, los intereses políticos cebarán aún más sus pasiones para lograr que sean elegidos académicos en los máximos cargos más obedientes a los dictados del partido que a los de la academia. Sin embargo, es de esperar que la fuerza de la razón se sobreponga a la razón de la fuerza, y que los académicos más lúcidos y prestigiados lleguen a ser electos. Si el clima psicosocial que se genere en este proceso tuviera un tinte puramente académico y no partidario, seguramente que sus resultados relevarán los mayores niveles de calidad académica, de lo contrario, la universidad será la gran perdedora y el país con ella. El aletargamiento de la Educación Superior se afianzará, afectando severamente al desarrollo del país.

La Cumbre Mundial de la Educación Superior de 1999 fue mucho más enfática que la reciente Conferencia (2009) “Las Nuevas Dinámicas de la Educación Superior y la Investigación para el cambio social y el desarrollo”. No obstante, sus coincidencias son grandes. Cuatro fuertes pilares basan su visión de futuro de la Educación Superior: el Acceso-Equidad y Calidad, la Internacionalización-Regionalización-Globalización, el Aprendizaje-Investigación- Innovación. Ojalá que nuestra Educación Superior sepa leer el futuro y prepararse para abonar el terreno el desarrollo del país. Para lograrlo es preciso relanzar la prioridad de la academia con clara visión social, dejando de lado las ataduras que le impiden avanzar. Ello requiere de mucha valentía, honestidad y responsabilidad de la sociedad exigiendo nuevos cambios, y de los universitarios asumiéndolos.

Ph. D. / Ideuca