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En la historia de Nicaragua y de Hispanoamérica, el siglo XVI está vinculado a la coyuntura mundial de la expansión de Europa hacia todos los pueblos de la tierra. En este contexto se ubica el acontecimiento —inevitable e irreversible— del 12 de octubre de 1492, encabezado por España. Esta potencia, en el mismo año de su unidad política y religiosa, emprendió la incorporación del Nuevo Mundo a la historia de Occidente; incorporación que marcó la modernidad y el inicio de una integración a nivel planetario. Todo ello al margen de sus resultados desastrosos para el continente americano, “descubierto” en general por Europa: sociedad pletóricamente vital que tenía, entre sus factores formativos, el clasicismo griego, la herencia jurídica de Roma y el cristianismo universalista —de acuerdo con Christhofer Dawson.

Por otro lado, nadie puede ocultar los dos elementos de la realidad histórica: la continuidad y la solidaridad. La primera se desarrolla sin que los hombres puedan evitarla, de generación en generación, enlazando nuestro tiempo con las épocas más remotas. Y la segunda opera en la comunidad de naciones sin que la protagonista se de siquiera cuenta, evolucionando en función de todos los pueblos del universo. Pues bien, ambos elementos se vieron en el acontecimiento mundial de 1492 que sólo podía ser emprendido por la sociedad occidental. O sea, que el acceso de los europeos a América (y no el de los indígenas de nuestro continente a Europa), se debió a la continuidad y solidaridad que acumularon posibilidad, medios técnicos y tradición en los conocimientos geográficos.

Sin duda, ninguno de estos elementos poseían las culturas precolombinas que, si bien tenían historia (contra la opinión de Hegel), carecían de conciencia integral de su existencia común, manteniéndose como un conjunto de sociedad y grupos étnicos en muy diversos estados de evolución, sin trascender los círculos de vida cultural comunitaria ni alcanzar más allá de un adelantado nivel neolítico. En resumen, no se dieron en ellas posibilidad, medios y tradición como en la sociedad occidental. Ésta “estuvo capacitada para conocer, es decir, para descubrir, mediante la solidaridad y la continuidad en el esfuerzo que abre una posibilidad, forma una tradición y produce unos medios técnicos”. Evidentemente, el admirante dispuso de esa triple concurrencia.

El fasto no sólo repercutió en América, sino que tuvo trascendencia universal. Ya en el siglo XVII, Voltaire —representante del utilitarismo racionalista— advertía esa trascendencia al reconocer la superioridad empresarial de los europeos y admitir que la historia universal, a partir de 1492, comenzó a tornarse interesante. Los beneficios para Europa, a raíz de la subyugación del Mundo Nuevo, hicieron cambiar de “arriba abajo” al Viejo, cuyos súbditos más insignificantes disfrutaron de nuevas comodidades y placeres. Además, entre otros hechos expansivos, se dio la vuelta al África y se comerció con China más fácilmente que entre Madrid y París.

Voltaire agrega: “Si el descubrimiento de América hizo al principio mucho bien a los españoles, también ocasionó grandes males. Uno fue el de despoblar España para poblar sus colonias, el otro infectar el universo de una enfermedad que sólo se conocía en ciertos lugares de ese otro mundo, y sobre todo en la isla Española [la sífilis]…” He ahí la otra cara de la moneda del Imperio Español que, si bien extendió juridicidad y paternalismo a sus colonias, logró su propia destrucción y decadencia interna en la medida que se implantaba su proceso colonialista.

Pero ese proceso siempre fue acompañado de una autocrítica moral surgida en el seno de la Iglesia que pronto distinguió entre conquista y evangelización a partir de la “Bula Universales Eclesia” en 1508. Por eso ejercía una función propia, inherente a su naturaleza espiritual o evangélica. Más aún: pronto, a principios del siglo XVI —adelantándose a la revolución francesa y a los derechos humanos proclamados por la ONU en 1948— reconoció los derechos de los indios en la Bula “Sublimus Deus” del 9 de junio de 1537, firmada por Pablo III (1534-49): “está prohibido —sostuvo ese admirable pontífice, cuya biografía intentó escribir nuestro gran Salomón de la Selva— privar de la libertad y del disfrute de sus bienes a los dichos Indios y a todos los demás pueblos que lleguen en el futuro a conocimiento de los cristianos, aunque se hallen fuera de la fe”.

Simultáneamente a esta pionera proclamación, surgió el Derecho de gentes o Internacional y la primera teoría sistemática de los derechos humanos del teólogo Francisco de Vitoria (1492-1546). Para éste —resumo su pensamiento— los hombres nacen igualmente libres y la esclavitud legal —introducida por el Derecho de Gente— debe ser derogada por la voluntad de las naciones en bien de la paz y el progreso humano. Ninguna nación o pueblo había concebido y ejecutado ese aporte de la monarquía española del siglo XVI. Ni ofrecería el severo cuestionamiento de la conquista realizado por fray Bartolomé de Las Casas (1474-1566), un auténtico español en cuya vida y obra tal cuestionamiento se tornó, hiperbólicamente, en denuncia e impugnación profética.

En esa misma línea, es necesario referir que los franciscanos y demás misioneros, humanistas por excelencia, rescataron las culturas indígenas, como Bernardino de Sahagún en su monumental “Historia General de las Cosas de Nueva España” en el siglo XVI; o Antonio Margil de Jesús “Nuestro divino impaciente, creador de pueblos en Nicaragua durante el XVII”; o Francisco Jiménez en Guatemala, donde logró descubrir el Popol Vuh, es decir, la tradición cosmogónica de los quichés; y centenares de frailes más que conservaron las lenguas indígenas al elaborar vocabularios, catecismos y gramáticas, y recoger testimonios —al inicio de la conquista— que en nuestro tiempo, ya sistematizado, configuraron la llamada “Visión de los vencidos”, o sea: la implantación del dominio hispánico vista desde la perspectiva indígena.

Y es que los indios se integraron a proyectos alternativos y humanos como los de “Tata” Vasco de Quiroga en torno del lago de Pátzcuaro, Michoacán, México, realizando la Utopía de Santo Tomás Moro; o aprendieron técnicas de construcción y siembras de vid y naranjas, como los de California, a quienes se entregó durante treinta años Juan de Ugarte, jesuita nacido en las minas de Tegucigalpa. O formaron un nuevo modelo de colonización como el de las reducciones jesuíticas del Paraguay: la más cercana aproximación —según José María Peramás— a la República Ideal de Platón.

No todo lo que se derivó de la empresa colombina, pues, es pretérito abolido. En los años coloniales, aunque no se quiera, se encuentra nuestro pasado fundacional. Concretamente en Nicaragua, se dio un mestizaje sustantivo que contribuiría a la forjación de nuestra identidad cultural. El orden colonial, aunque injusto en su estructura, fue un organismo viviente, abierto a todos los pobladores, sobre todo a los indios quienes, conducidos por los misioneros, asimilaron el cristianismo institucionalizado de la Iglesia. No se olvide que ésta defendió sus derechos contra las autoridades rapaces, y logró que vivieran en pueblos y que recibiesen la doctrina cristiana y otras nociones, además —reitero—, de promover su cultura y difundir sus lenguas.

Por eso disentí de la opinión de un parlamentario nicaragüense que en los años 80 propuso el 12 de octubre como “el Día de la Ignominia” y un periodista lo secundó sugiriendo que el 11 de octubre de 1492 habría que conmemorarlo como “El Día del Indio”, por ser esta fecha la última en la que el indígena americano gozó, como buen sauvage, su roussoniana libertad. Décadas atrás, el 12 de octubre era instrumentalizado por una retórica obsoleta de cierta corriente ideológica que concebía la articulación de los pueblos hispanoamericanos en una unidad política superior, estructurada por un común denominador hispánico. Pero ambas posiciones extremas replantean enconadas tendencias de interpretar un pasado formativo.

Si bien ese pasado, que abarca los mecanismos de denominación inherentes a todo proceso conquistador, no debe exaltarse con nostalgia ni condenarse radicalmente desde la perspectiva actual, hay que reconocerlo como definitorio. Así lo entendieron nada menos que nuestras dos mayores glorias: Rubén Darío y Augusto C. Sandino. Si el primero constituyó la voz universal más alta y perdurable de ese mestizaje, el segundo lo formuló en el concepto de indohispanismo, planteándolo como lo que fue: la base étnica y espiritual de Hispanoamérica. Además, como Darío, el guerrillero de las Segovias mantuvo una honda creencia en los valores humanos encarnados por el pueblo español sin despreciar la sangre chorotega que, con la de origen peninsular, corría encendida por sus venas.

En España histórica hay que reconocer su herencia de cultura, comenzando por el idioma español, hablado —de acuerdo con el censo de 1995— por el 97 por ciento de nuestra población. Y ya no se diga por el credo católico, también m ayoritario. La efemérides del 12 de octubre, por lo tanto, debe conducir a una ecuánime valoración histórica, no a un subjetivo y premeditado desahogo indigenista, mucho menos a una manipulación hispanófila de mentalidades deformadas. Porque lo que ella produjo, a largo plazo, fue la insoslayable interpenetración de dos sociedades en pugna y un proceso impulsado que no se agregó sino que unificó para engendrar nuestra existencia mestiza.

Al respecto, para 1820 el 84 por ciento de nuestra población era mulata. Y de acuerdo con el censo utilizado por Domingo Juarroz en 1808, el vecindario de la ciudad de León la componían 5,740 mulatos, 1,061 españoles, 126 mestizos y 124 indios (se excluían los de Sutiava) y, por su parte, los vecinos de Granada sumaban 4,765 mulatos, 1,695 indios, 910 mestizos y apenas 863 españoles. Somos, en resumen, mestizos “por naturaleza y cultura, nietos de Castilla y bisnietos de los nahuas”, como escribió en su momento Guillermo Rothschuh Tablada.