•  |
  •  |
  • END

Al maestro Edgardo Buitrago, león alado de la hacienda pública.

Ocurrió en el encuentro sobre políticas públicas, fiscalidad y crisis global, organizado días atrás en Santiago de Chile por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Minutos antes del acto inaugural escuchábamos arrobados aquel legendario himno latinoamericano por la justicia social, El cóndor pasa, y hubo consenso en que no existía mejor trasfondo para despedir a la venerada Mercedes Sosa, Negra dulce y rebelde hasta los tuétanos, que en esas fechas insinuaba al mundo su inminente viaje, “porque Dios no me dejó ser indiferente y desde hace rato puedo rendir cuentas claras con mis cumplidas, gracias a la vida”.

Fue entonces que espontáneamente tomamos prestada esa reflexión que imprime sentido a sueños y luchas por el bien común, para colocarla en el centro del análisis académico de las reformas y pactos fiscales acaecidos en el continente, durante las últimas dos décadas. Me refiero, por ejemplo, a la Concertación en el Chile de los noventa, o al Brasil de Lula y el Uruguay de Tabaré en el mismísimo siglo XXI.

Y con el debido respeto de las condiciones particulares en cada país, nuestro ejercicio técnico evidenció la coincidencia plena de hilos conductores en estos procesos, cuyos saldos tangibles ratifican avances en la ruta del desarrollo y la cohesión social. Estas novedosas experiencias en el vecindario latinoamericano –ninguna estuvo exenta, claro está, de fallas e imponderables entre tanta complejidad– que nos fueron explicadas con lujo de detalles por sus líderes y artífices, confirmaban una vez más que en Nicaragua es factible transformar razonablemente el sistema de impuestos con un mínimo básico de inteligencia, voluntad política y sensibilidad.

Cuatro premisas elementales fueron validadas por unanimidad concernientes a las imprescindibles garantías de éxito en un proceso de reforma fiscal, previa identificación de los “inventos” que jamás deben intentarse a riesgo de incurrir en pecado mortal. Primero, lanzar una apuesta oficial sin respaldarla en diagnósticos públicos sobre la salud fiscal del país, sencillamente es irresponsable y temerario. Segundo, decidir medidas de impacto socioeconómico para enfrentar situaciones de emergencia financiera sin un sólido marco técnico y jurídico, y sin disponer de aliados en la sociedad que manejen y defiendan la información esencial, es una perfecta ingenuidad inherente a las veleidades del poder.

Tercero, por respeto a los contribuyentes y al gobierno mismo, todas las políticas, objetivos, metas y acciones específicas del proyecto deben explicarse en forma sencilla, documentarse por escrito y divulgarse ampliamente a través de los medios de comunicación. Cuarto y último, si la voracidad recaudatoria oficialista golpea al destinatario natural del cambio, el pueblo y nadie más, y en la práctica se preservan vergonzosos privilegios a todopoderosas élites económicas, la nueva ley de Reforma Tributaria habría muerto antes de nacer… o nacería sin alma lo que es igual.

Por ello, los cóndores majestuosos de acompasados vuelos que fueron desplegados en el citado evento, tienen su contrapartida criolla en nuestro guardabarranco, bella y emblemática ave nacional. Sencillo y agudo, ese chiquito y deslumbrante pavo real volador, también anda en busca de la equidad. Me explico: mucho más importante que nuestro disfrute andino en la Cepal, fue el llamado sereno y vigoroso que el 4 de octubre de 2009 dedicó a Nicaragua un auténtico defensor de los humildes, el Arzobispo de Managua, Monseñor Leopoldo Brenes.

Abogó el prelado por una Reforma Tributaria que en verdad proteja las espaldas del pueblo trabajador, mientras exhortaba al poder temporal para que las opiniones de la Iglesia sobre el particular fuesen oportunamente escuchadas con atención. Su esperanzador mensaje profético dirigido a órganos de gobierno, empresarios, sindicatos, estudiantes y en general a toda la sociedad civil, hoy más que nunca debemos convertirlo en acciones constructivas por la recta gobernabilidad.

Si el Ejecutivo cumple su promesa de someter ante la Asamblea Nacional el proyecto de Ley de Reforma Tributaria a más tardar el próximo 15 de octubre, fecha límite para presentar además el proyecto de Ley Anual del Presupuesto 2010, sería la ocasión ideal para que las compuertas de la participación ciudadana y el respeto a las ideas se abran de par en par. El secretismo de la información financiera pública y la antidemocrática sordera institucional deben cederle paso al sentido común, la excelencia técnica y el nervio social. ¿Actuarán los diputados con la debida consecuencia nacional?

No dudo que antes de partir, don Octavio Robleto –manso látigo y enemigo vitalicio de la corrupción– haya aconsejado al Gobierno que estudie de nuevo aquella lección de oro en su memorable epigrama fiscal Lady Godiva y los impuestos: “Ahora que es un asunto tan debatido lo de la tributación… al final es el pueblo sufrido quien en definitiva pagará los elotes a los señores de la milpa…”.