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Cualquier partido que se precie de ser organizado, dispone de organismos de control de la ética de sus militantes. En el FSLN en los buenos tiempos existía una Comisión de Ética nombrada por el Congreso. Recuerdo que de esa comisión fuimos miembros, entre otros, la doctora Núñez, el doctor González y quien esto escribe. Pero nos dejaron sin funciones. Éramos fantasmas, porque no nos pasaban los casos ni las denuncias. Jamás supimos de irregularidades, porque había gente interesada en vivir chapoteando en el cieno.

En la lucha contra el sistema somocista los militantes sandinistas se quedaban sin comer para no tocar los fondos reunidos para la lucha. Todos conocen las anécdotas de Jorge Navarro, pero era una práctica generalizada. Se aportaban recursos y no se reclamaban beneficios. Antes y después que se creara formalmente el Frente. La doctora Conchita Palacios pagaba pasajes y daba alojamiento, alimentación y medicinas. Nunca pidió nada a cambio. Los ejemplos son innumerables.

Traigo a colación lo anterior por los sucesos de Ciudad Sandino. A luz pública ha salido una serie de fechorías que le aclaran a la población la catadura de los “sandinistas” del presente. Sólo saben acatar órdenes del Supremo y salir a garrotear manifestantes pacíficos que osen proponer o recomendar medidas para sacar al país de las graves crisis en que lo han sumido. Su práctica es saquear el erario público. Simulan pagar los impuestos, porque se los reembolsan con fondos de la alcaldía. La comida se las paga la alcaldía, sesionen o no. Pueden así ahorrar para construirse mansiones de lujo y vivir como magnates petroleros.

Es seguro que en muchas alcaldías estén ocurriendo casos parecidos o más graves. Pero rige la omertà, la ley del silencio. Por favor, no hagan olas. Impera el secretismo. Y las estructuras partidarias no funcionan. Hace rato sacaron del olvido a la Asamblea Sandinista. Quién sabe qué alacrán los picó. Aprobaron lo que les dijeron, convocaron el Congreso de la Reelección y volvieron al silencio. Hablar, entonces, de una comisión de ética que conozca y sancione las tropelías que se dan como hongos de primavera, es sólo ilusión pura.

Ahora, ¿qué podrán reclamarle al otro gran Alí Babá pactista y su legión de pillos? Nada. Son cortados con la misma tijera y se cubren con la misma cobija. Mientras tanto, en Nicaragua imperan la miseria, la desnutrición, el hambre y todo el cortejo terrible del sufrimiento humano. Algún día el mundo civilizado deberá acuñar o tipificar como violación de los derechos humanos también la expoliación de la riqueza de un pueblo o del Estado por el magno delito en sí y por el entorpecimiento que entraña para la propia democracia. Para colmo de males, la sequía golpea nuestros campos y el hambre muestra su rostro aterrador. Dios nos agarre confesados. Seguirá la impunidad campeando y pulularán los maestros del oportunismo, los repartidores de drogas. Poco a poco los conoceremos. Mientras tanto, la Policía continuará cada día más partidizada como simple espectadora de las fechorías. Delincuentes somos los que nos atrevemos a denunciar.