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Latinoamérica es una de las regiones del mundo con mayores retos, pero con gran potencial de encaminar a sus países por las vías de desarrollo; Chile, Brasil, Perú, Panamá son, entre otros, ejemplos adecuados para demostrarlo.

Entre los retos más serios que debemos enfrentar los latinoamericanos, está la ola del “neopopulismo” que ha infestado a un número significativo de países, incluyendo a Nicaragua, aunque en nuestro caso en particular parece ser una mutación de un virus que ya ha hecho estragos en el pasado.

El “neopopulismo” latinoamericano, como lo calificó por su máscara de socialismo del siglo XXI, se basa en un discurso demagogo que trata de endulzar el oído de los sectores marginados y pobres, que a la vez resultan ser los más engañados y frustrados con el paso del tiempo.

Hipotecar el futuro del país, aplicando programas clientelistas, es una característica de este fenómeno moderno, mientras los dirigentes “proletarios” se enriquecen mediante la corrupción institucionalizada a la sombra del secretismo gubernamental. Una administración pública mayoritariamente ineficiente y mediocre, típica de estos gobiernos populistas empobrece cada vez más a los que dice beneficiar.

Este neopopulismo adquiere rostro local en el danielismo, que se acopla cómodamente al formato internacional dibujado por el chavismo. Este proyecto político logra su mayor expresión con la figura de la reelección que atenta con la esencia democrática de la alternancia en el poder, como alternativa al crecimiento del poder absoluto y centralista del Presidente de la República, amenaza que tanto daño le ha hecho a nuestro país. El neopopulismo desenmascarado incluye el aferramiento al poder mediante aspiraciones reeleccionistas que pretenden proyectar dioses reencarnados en sus líderes, haciéndolos ver indispensables para garantizar la existencia y futuro del país.

La carrera desesperada del FSLN y del mismo presidente Ortega por reformar nuestra Constitución Política, para permitir, entre otras cosas, su reelección indefinida, comprueba esta teoría: simplemente es una obsesión enfermiza por el poder. Es claro que los más de doce años en el poder de Daniel Ortega y sus nulos resultados por el progreso de país, demuestran su incapacidad de gobernar y su miopía ante las exigencias y retos del mundo moderno. Sencillamente, su liderazgo ha envejecido junto con él.

El interés por la reelección no sólo es por una obsesión personal, sino también un interés colectivo de la cúpula del FSLN por mantener las nuevas y turbias adquisiciones económicas logradas durante lo que va del gobierno de Ortega, al amparo de los recursos del pueblo y mediante una política oscura y de confusión Estado-partido-familia, es decir, parece que el dicho aquel de que “pudo más el interés que el amor” aquí también se aplica.

La reelección, a pesar de tratar de legitimarla mediante un proceso eleccionario, atenta contra la democracia misma, al fortalecer un poder personalista que se acostumbra a mandar, mientras el pueblo se acostumbra a obedecer; nada resulta más peligroso que dejar un mismo individuo demasiado tiempo en el poder.

En contraposición, la alternancia en el poder como mecanismo democrático de voluntad popular, debería ser una condición básica de toda democracia moderna. Ejemplos clásicos como los “Treinta años Conservadores”, donde no hubo reelección ni reformas amañadas a la Constitución, inspiran los valores y principios modernos de las nuevas generaciones de líderes, pues ahora nos corresponde a nosotros defender ese legado histórico ante las amenazas neopopulistas de destruir nuestra República, nuestra democracia y nuestras libertades.

Esta propuesta neopopulista no podría ser más peligrosa para las aspiraciones legítimas y progresistas de la juventud latinoamericana y, por supuesto, la nicaragüense. Resulta extremadamente contradictorio ver organizaciones juveniles autollamadas revolucionarias manifestarse a favor de la reelección de un viejo ortodoxo y alucinante como Daniel Ortega. Sin lugar a dudas, atenta contra ellos mismos y contra las aspiraciones de renovación generacional que la juventud nicaragüense representa.

Llegó la hora de nuevas ideas, mejores propuestas y de nuevos líderes que releven a los actores políticos y sociales actuales, que prácticamente son los mismos de los últimos 30 años. Se aproxima la hora de su jubilación y para ello hay que defender con patriotismo nuestra Constitución.

*Dirigente Nacional Juventud Conservadora.