Salvador Montenegro Guillén
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Ha sido un tema recurrente a lo largo de nuestras vidas el grave problema de la degradación ambiental en la cuenca hídrica de los Grandes Lagos y el Río San Juan, también conocida como Cuenca 69.

La deforestación, la erosión, las basuras de todo tipo, las aguas residuales municipales y agroindustriales, los tóxicos agrícolas, especialmente plaguicidas, la ganadería primitiva, la acuacultura de jaulas flotantes, y el desinterés ciudadano han disminuido la calidad natural de los suelos y aguas en el territorio contenido en la Cuenca 69, que se extiende desde Jinotega en el norte del País hasta el Caribe, y en el que habitamos dos de cada tres nicaragüenses. En consecuencia, la diversidad biológica ha sido disminuida, y en general las opciones para el desarrollo social y económico nacional, históricamente pródigas y variadas, cada día son menores y están más comprometidas. Por la pérdida de estas opciones solamente, somos más pobres cada día, a pesar de contar con una riqueza nacional que supera para cada nicaragüense, la disponibilidad nominal de más de quinientos treinta barriles de agua por persona al día, para cada día del año. Su valor económico, al precio de la tarifa popular actual de Enacal, equivale a 742 Córdobas por día para cada nicaragüense, más de un cuarto de millón de Córdobas por persona por año. Esa es nuestra riqueza hídrica personal, a la que evidentemente no accedemos.

Adicionalmente a los efectos de la destrucción nacional de los recursos hídricos y de las cuencas que los producen, Nicaragua padece la agudización de carencias hídricas por eventos extremos y manifestaciones del cambio climático y las fluctuaciones de efectos regionales como El Niño, con muy reducida capacidad nacional de respuesta y protección. Por todo ello, resulta cada vez más urgente asegurar el correcto aprovechamiento del agua contenida en el Gran Lago Cocibolca, enfatizando su protección para garantizar la sostenibilidad.

Resulta bien conocido el interés público en mejorar la administración de suelos y aguas en dicha cuenca, a través de esfuerzos de las asociaciones de municipalidades, el Marena, la UNAN Managua, las organizaciones que participan en GWP Nicaragua, y muchas otras Instituciones; se ha desarrollado leyes que aún no podemos aplicar como la Ley General de Aguas Nacionales, y la Ley 626 y su Reforma reciente, la Ley 699. Todo esto, sigue siendo una asignación pendiente, cada vez más urgente porque de los resultados de esta gestión depende el futuro nacional.

Hoy vemos que una vez más la muerte masiva de peces y otra fauna acuática en la Reserva de Vida Silvestre Los Guatuzos invita a culpar a los vecinos del sur por la reciente descarga de tóxicos que han causado su muerte. Los 12,600 km2 que constituyen el 30% del territorio de nuestra cuenca en suelos del país, vecino sin duda aportan mucho más que agua al Cocibolca y el Río San Juan, estas muertes masivas lo evidencian. El problema de fondo es que nos ocupamos de estos hechos solamente en casos eventuales y olvidamos que inevitablemente el flujo de agua y desechos es constante, a diario y cada día del año. El otro hecho es que se perciben los daños solamente a través de efectos visibles como este envenenamiento y muerte de peces, aves, reptiles y anfibios. Una vez invisibilizado el fenómeno, deja de ser noticia, pero no significa que haya desaparecido. La realidad es que existe un flujo constante hacia las aguas del Cocibolca de la red de arroyos desde el sur cargados con residuos agrícolas tóxicos, con efectos carcinogénicos, mutagénicos y teratogénicos (causantes de cáncer, mutaciones y malformaciones) para los seres vivos, humanos incluidos, desde suelos costarricenses, pero igualmente también desde los diferentes sectores nacionales en la cuenca entera, de forma silenciosa e invisible.

El Gran Lago Cocibolca ha sido designado por la Ley 620 “Reserva Nacional de Agua Potable” por ser “del más elevado interés y prioridad nacional para la seguridad nacional.” No necesita mayor elaboración esta justificación, y esta designación compromete al Estado de Nicaragua a adoptar normas de conducta que garanticen el estricto control y eliminación del uso de cualquier tóxico que arriesgue las estrictas exigencias que demanda el agua para consumo humano. Digo Estado, y no solamente Gobierno, porque esta obligatoriedad trasciende la temporalidad de las Administraciones y de los espacios gobernados, en el más puro interés nacional. Las aguas del Cocibolca, son las aguas de la esperanza para Nicaragua.

El CIRA/UNAN ha encontrado residuos de plaguicidas organoclorados (DDT, Toxafeno, Lindano), plaguicidas organofosforados (Metilparation), y residuos de hidrocarburos aromáticos policíclicos (Naftaleno, Benzo(a)antraceno, Fenantreno), en aguas, seres vivos y sedimentos del Gran Lago Cocibolca, a lo largo de los últimos quince años. Ninguno de estos residuos, todos tóxicos, puede verse a simple vista, ni percibirse de otra forma que no sea a través de costosos y elaborados análisis que usan técnicas e instrumentos especializados. Desafortunadamente, la presencia de estas substancias es dañina, y sus concentraciones cada vez más elevadas ponen en riesgo la riqueza hídrica de mayor valor para Nicaragua, en el lago tropical más grande de las Américas. El origen de estos residuos venenosos reside en las actividades agrícolas y pecuarias que se desarrollan aún sin control en su cuenca de drenaje. Se ha apostado a que el gigantesco volumen del Cocibolca es capaz de diluir suficientemente las descargas que recibe, pero el comportamiento limnológico de este cuerpo de agua lo convierte en un frágil y vulnerable gigante a la presencia de los residuos venenosos, y a la población que urgentemente necesita de sus aguas, más aún. El cada vez más urgente plan de gestión que debe administrar los suelos y aguas en la Cuenca de los Grandes Lagos, tiene la responsabilidad de eliminar la presencia de estos tóxicos de la cuenca.

Esta es otra razón para agilizar el proceso de implementación de la Ley General de Aguas Nacionales, que aún dormita mientras aumentan los venenos en el agua de nuestra esperanza.

salmon@cira-unan.edu.ni