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Ponen su barba en remojo quienes por fin no tienen más remedio que aceptar la cordura con que les apremia la historia, o los aleccionadores hechos de su presente, que les dicen que si continúan por el mal camino tendrán un final desastroso. Sea como sea, tarde o temprano, a los corruptos les anochece su alba. Pese a saber esto a los caudillos no les interesa poner su barba en remojo. Creen tener barbas impermeables. Ven en la historia sus antecedentes y se autoconvencen de que son la excepción. Prefieren tener sus propios historiadores para que se la fabriquen a su imagen y semejanza, y si esa historia ha sido épica, colocarse en ella como los únicos protagonistas. Ni en libros ni en murales podrán ya aparecer héroes, vivos o muertos, que les puedan hacer sombra a su volátil vanidad.

Me interesa la historia y por lo mismo me resisto a tener que aprenderme otra, no sólo muy diferente a la aprendida, sino que también a la ya vivida. Recientemente el monarca se dio a hacer un museo, donde no tienen espacio sus ex compañeros, quienes hicieron posible el triunfo de la Revolución en 1979. Él si está omnipresente. Por la soberbia de un socialista don de ubicuidad del siglo XXI, fotográficamente aparece casi al mismo tiempo en todos los frentes de guerra. Un verdadero Kim Il Sung. Porque el monarca, enfermo de culto a su personalidad, con este museo cree asegurar su definitivo paso a la posteridad, o a la inmortalidad, ya que nos ha advertido que es longevo. Dios conserve este museo, junto con el premonitorio mural de la Parroquia en San Rafael del Norte, para que pasada la dictadura del tentador de Cristo, haciendo comparaciones las futuras generaciones recuperen nuestra memoria histórica.

Herta Müller, rumana, siempre tuvo presente esa memoria histórica y este año acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura. “Vivir en Rumanía –dijo- desde la mañana hasta la noche sólo se soportaba con la idea de que no era para siempre, sino algo provisional de lo que alguna vez saldríamos”. Se refería al régimen de los Ceausescu, tan parecido al régimen de los Ortega-Murillo. “En las dictaduras –agregaba- todo está muy desnudo, uno ve todo lo que no debe ver o aquello que en otras sociedades no está a la vista con tanta nitidez.” Regímenes parecidos con grandes escritores con igual sufrimiento. Si Ernesto Cardenal hubiese sido el galardonado, lo mismo podría haber dicho sobre este régimen. El caso es que ahora Nicolae, Helena y Nico, pertenecen a la historia de los fusilados por pueblos hartos de arbitrariedades. En cambio Herta, perseguida y exiliada por ellos, tiene la gloria. Helena Ceausescu, en sus últimos decrépitos años, aparecía en las fotografías oficiales rejuvenecida y maquillada o embalsamada, tal si el tiempo guardara prisión por oligarca. Nico, el hijo, alcohólico y crapuloso, dilapidaba el dinero del pueblo en discotecas y se acostaba hasta con las mujeres de los funcionarios gracias a su poder. Cuando en 1989 Nicolae, el padre, salió a la tribuna enflorada de su balcón presidencial con la seguridad de que podría apaciguar con engaños a medio millón de personas que protestaban por no soportar más la corrupción familiar, decepcionado se dio cuenta de que, si no mataba al pueblo, los días de los Ceausescu estaban contados, y más comprendieron el final que se avecinaba cuando el ejército no acató la orden de disparar contra aquella multitud enardecida.

Se cuenta que el generalísimo de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, Francisco Franco Bahamonde, “Caudillo de España por la gracia de Dios”, incluso a punto de morir se creía el dueño de la vida ibérica, en la misma medida en que fue el responsable de la muerte de miles de españoles de izquierda, antes y durante su régimen. No hace falta que desentierren a Federico García Lorca para que confirme esta verdad. A la mujer del caudillo, Carmen Polo Martínez Valdés, la llamaban “La collares” por su afición exagerada a acicalarse con estas joyas. El Valle de los Caídos, era el valle de sus caídos durante la guerra, y fue construido por prisioneros políticos del bando perdedor, que cuando morían iban a reunirse, según el dictador, al infierno con sus compañeros de la República. Ignoró, como todos los déspotas, que el valle de los caídos es este valle de lágrimas. Sin embargo, la eternidad de Franco y su “nacionalcatolicismo” llegaba a su fin en noviembre de 1975. Pero el humor español ya desde entonces retrataba la forma en que caudillos y dictadores se aferran a la perpetuidad. Dijeron, es un decir, que Franco prácticamente expiraba en su lecho, cuando sus Consejos del Poder Ciudadano convocaron una enorme concentración política frente al balcón de su cuarto. Franco, confundido escuchaba toda clase de alusiones a su persona. Sus ayudantes de cámara trataban de explicarle que aquel bullicio era del pueblo español que había llegado a despedirse de él. Entonces Franco, con gran esfuerzo se incorporó alarmado y con una voz inaudible que pretendía ser enérgica, preguntó: ¿Y para dónde va?

Que no nos pase igual.


luisrochaurtecho@yahoo.com