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“Pero a menos que abdiquemos nuestra humanidad en su totalidad y sucumbamos ante el miedo y la impotencia en la presencia de las armas que nosotros mismos creamos, es tan imperativo y urgente poner fin a la guerra y la violencia entre naciones como lo es el poner fin a la injusticia racial”. –M.L.K.

La anterior cita es parte de la Lectura titulada “La Búsqueda de la Paz y la Justicia”, la cual fue leída por el Dr. Martin Luther King, Jr. en ocasión de recibir el Premio Nobel de la Paz en 1964. Con tales palabras, el Dr. King pareciera haberse adelantado 45 años a la filosofía que es la piedra angular de la política exterior que ha impulsado un joven y ambicioso presidente estadounidense. La ironía está en que no sólo ha sido ese mismo Presidente quien, gracias a su tenacidad, se ha propuesto poner fin a la guerra y la violencia entre las naciones –razón por la cual se le ha concedido el prestigioso Premio Nobel de la Paz–, sino que de hecho fue quien terminó de abrir la puerta de la última de las instituciones a la que aún no habían accedido las minorías raciales: la Presidencia de los Estados Unidos de América.

Nos referimos a que recientemente fue anunciada en la Ciudad de Oslo, Noruega, la selección del Presidente Barack Obama como ganador del mencionado Premio en lo que hace al año 2009, según el Comité Nobel noruego, por sus “esfuerzos extraordinarios para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos”. También argumentó dicho Comité, respecto del laureado Presidente, que “Su diplomacia está fundada en el concepto de que aquellos que han de dirigir el mundo deben hacerlo sobre la base de valores y actitudes que son compartidas con la mayoría de la población mundial”.

Inmediatamente luego de su designación, el Presidente Obama reconoció en público que cree no merecer el Premio, pero que, sin embargo, lo aceptará no tanto como un reconocimiento de sus logros sino más bien como un llamado a la acción. En el mismo sentido, argumentando que dicho galardón ha servido en el pasado también para impulsar los propósitos altruistas que algunos de los laureados impulsaran en su momento, expresó el cuerpo noruego que: “Durante 108 años, el Comité Nobel noruego ha buscado estimular precisamente esa política internacional y esas actitudes de las cuales Obama es ahora el portavoz líder del mundo”.

Ahora, si bien es cierto que la designación del presidente estadounidense ha tomado por sorpresa a casi todos –pues muchos se han quejado de que el Sr. Obama aún no ha logrado que sus iniciativas produzcan resultados tangibles y concretos–, debemos reconocer que los méritos alegados no son infundados y que, por el contrario, son fruto de una bien definida filosofía que fue primeramente anunciada durante la campaña electoral que finalizó hace un año en los Estados Unidos. En aquella época, en casi todas sus apariciones el entonces senador Obama insistía en que estaba dispuesto a hablar con todos los líderes de los países con los que EU mantenía serias diferencias (llegando a mencionar específicamente los casos de Irán, Corea del Norte y Cuba). Tal oferta la mantuvo Obama aún a pesar de las acusaciones republicanas en el sentido de que su perspectiva respecto de dichos regímenes era ingenua y débil, y que su posición podía considerarse como la de un “pacificador”, tal como lo fuera en su momento el Primer Ministro inglés Neville Chamberlain, quien suscribió el Acuerdo de Munich en 1938 –junto con, entre otros, el mismísimo Adolf Hitler–.

Eso sí, es importante aclarar que la recepción del Premio Nobel de la Paz bien pudiera considerarse un arma de doble filo para el Presidente Obama, pues irónicamente él es también el Comandante en Jefe de una nación que actualmente está combatiendo en dos frentes de guerra, y seguramente no querrá que dentro de su país se cree la impresión de que tal distinción podría influenciarlo para tomar caminos más “pacifistas”. Al recibir tal investidura, irónicamente, el presidente se expone a convertirse en un blanco fácil de las críticas del ala más conservadora del Partido Republicano, la cual podría explotar el hecho de que el pueblo estadounidense a lo largo de su historia ha contado con que su presidente debe tener el coraje y la resolución de desplegar las tropas cuando sea y donde sea, aún de manera unilateral, si las circunstancias así lo exigieran.

Ahora bien, es cierto que la decisión del señor Obama de buscar la solución de los problemas mundiales pueda ser censurado por los ultra-conservadores que alegan, además, que con ello deja de lado la agenda doméstica de su propio país. Empero, debemos considerar que acaso el interés de don Barack se deba a que la magnitud y posibles implicaciones de tales dificultades (como lo son, por ejemplo, la crisis financiera que inició en Wall Street en el 2008, el calentamiento global, la proliferación de las armas nucleares y el conflicto palestino-israelí, entre otros), si se llegaren a materializar, son de tal gravedad que nos corremos todos el riesgo, de no atenderlas oportunamente, de sufrir unas consecuencias verdaderamente apocalípticas.

Finalizamos estas líneas precisamente con otras palabras del Dr. King, quien expresó en la misma Lectura de Oslo de 1964 que: “No vamos a construir un mundo pacífico al seguir un camino negativo. No es suficiente decir ‘No debemos hacer la guerra’. Es necesario amar la paz y sacrificarse por ella. Debemos concentrarnos no sólo en la expulsión negativa de la guerra, sino en la afirmación positiva de la paz”.

Y esto es precisamente lo que, en apariencia, se ha propuesto hacer el Presidente Obama; a quien el Comité Nobel noruego, sin duda alguna, con su selección pareciera desear elevarlo al simbólico cargo de “Presidente del Mundo”, pues ese es el verdadero mensaje que quizás quisiera enviar dicho grupo a todas las naciones, y especialmente al pueblo estadounidense.