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Frente a los desafueros de la política criolla, desde hace muchos años se viene hablando en nuestro país de una panacea que vendría a resolver aquellos males de naturaleza mezquina y particular, tal es el anhelado Proyecto de Nación.

Dos siglos antes de iniciarse el desarrollo de los estados modernos a partir de la revolución Francesa, en 1,513, Nicolás Maquiavelo, en su obra El Príncipe, establece una clara separación entre la política y la ética, quedando en los siglos posteriores esta última relegada a meras elucubraciones teóricas, donde se habla que “el deber sigue al ser”, de “subjetivismos lógicos”, además de “objetivismos del Bien y del Mal”; en tanto aquélla evolucionaba exultante hacia su autonomía como disciplina específica del poder, hasta convertirse en nuestros días en instrumento del Estado-Nación.

Pero hasta ahora nada hubiese sido dramático, si no dialéctico, de proseguir la política un desarrollo consecuente con su propia etimología griega, de la sana conducción o administración de la cosa pública, concebida en una analogía donde inexorablemente converge en su fin último: La Felicidad, alcanzada a través de una realidad natural (medio) y otra (el fin) sobrenatural, muy diferentes a la propuesta de Maquiavelo a su mentor del Príncipe de Médicis, en la que justificaba cualquier medio para procurarse o alcanzar el poder. En nuestro caso, esta concepción (la del fin justificando a los medios), al contrario de generar justicia social, la corrompe; en vez de formular un modelo económico, cultural y ético, fomenta el desequilibrio de los estamentos sociales que soportan la base fundamental de la sociedad, tal es la familia; inversamente de alinear un mercado hacia el interés del hombre (individuo-sociedad), está forjando un mercado total que subordina cualquier prelación humana a sus propios intereses globales, el que, cual agujero negro estelar, se traga toda concepción de valores morales que le retribuyan al hombre sus cimientos naturales y trascendentes.

Desde el asiento de nuestra partida de nacimiento como Estado, en 1,825, De la Cerda y Argüello inauguraron la fatídica pauta de la política nicaragüense, imprimiéndole el sello nefasto de llegar al poder a costa de cualquier medio, incluso quedarse en él, sin importar las vidas humanas o las violaciones a la Constitución política que ello requiera. Después de aquella época, todos hemos estudiado nuestra historia patria, aunque pocos la hemos aprendido.

Nicaragua necesita perentoriamente un verdadero proyecto de nación, a partir de que los políticos gobernantes y gobernados, instituciones civiles y de seguridad, y ciudadanos en general, tomemos conciencia de nuestra realidad histórica, sin olvidar ese pasado nefasto que propició dictaduras de toda naturaleza ideológica, concertando (TODOS) un proyecto incluyente (no sólo de quienes detentan el poder) haciendo prevalecer el pluralismo, la tolerancia, el respeto a la dignidad humana y a la naturaleza, apropiados desde un sentido de perennidad generacional que pasa del ser trascendente que habita hoy mismo esta patria y que lo es también trascendente en la esperanza cristiana.

Es verdad, no resulta fácil cambiar la mentalidad corrupta de una clase política que se entroniza en el poder con base en “la ley del menor esfuerzo”, cuya sin razón anti ética es incuestionable en sus propios nichos de poder. Recordemos el pleito de dos conocidos políticos filmados in fraganti por cámaras, achacándose mutuas acusaciones de corrupción. El cándido razonamiento de uno de ellos fue: “…ideay vos sos más corrupto, no te acordás que…”, aflorando la más penosa desvergüenza. “Corruptio optimi, péssima”, decían los latinos para lamentarse de aquellos que tienen el deber de ser los mejores y dar el ejemplo en la sociedad.

El bien común, la paz social y la eticidad de los actos de los políticos, siempre deben estar ordenados a un bien auténtico absoluto que es Dios, cuyo medio es Cristo que conduce al mismo fin: el bien supremo en el cual el hombre y la mujer (léase los y las nicaragüenses) podríamos encontrar ese ansiado progreso que los políticos nos han negado.


*Licenciado en Derecho y alumno de Teología de Ucatse.