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Para mil millones de personas en el mundo, el esfuerzo diario de cultivar, comprar o vender alimentos es el esfuerzo que define su vida. Eso es importante para ellos, y para todos nosotros.

Consideren la vida diaria de una de las pequeñas agricultoras del mundo.

Vive en una aldea en el África subsahariana, en Asia, o en América latina, y cultiva un pedazo de tierra del que no es propietaria. Se levanta antes del alba y camina varios kilómetros para recoger agua. Trabaja todo el día en un campo, a veces cargando un bebé en la espalda.

Si tiene suerte, la sequía, las enfermedades o las pestes no destruirán sus cosechas, y cosechará lo suficiente para alimentar a su familia. Quizá le quede algo para vender. Pero no hay carretera que llegue al mercado más cercano y no hay nadie en la aldea que pueda darse el lujo de comprarle sus productos.

Consideremos ahora la vida de un joven en una ciudad a más de 100 kilómetros de distancia de esa agricultora. No tiene trabajo o su trabajo paga unos centavos. Va al mercado, pero los alimentos se están pudriendo o los precios están fuera de su alcance. Tiene hambre y a menudo está enfadado.

La agricultora tiene alimentos extra para vender, y él quiere comprarlos. Pero esa transacción sencilla no puede ocurrir debido a fuerzas complejas más allá de su control.

Hacer frente al desafío del hambre mundial está en el centro de lo que llamamos “seguridad alimentaria” , es decir, facultar a los agricultores del mundo para que siembren y cosechen cultivos abundantes, y pesquen o cuiden efectivamente del ganado, y asegurar entonces que el alimento que ellos producen llegue a las personas más necesitadas.

La seguridad alimentaria no consiste sólo en alimentos. Representa la convergencia de cuestiones complejas: sequías e inundaciones causadas por el cambio climático, altibajos en la economía mundial que afectan los precios de los alimentos y amenazan el destino de proyectos de infraestructura esenciales, y alzas en el precio del petróleo que aumentan los costos de transporte.

Pero la seguridad alimentaria consiste también en seguridad nacional. El hambre crónica representa una amenaza a la estabilidad de los gobiernos, las sociedades y las fronteras. Las personas que no tienen nada para comer o están desnutridas, no tienen ingresos y no pueden cuidar de sus familias, quedan con sentimientos de desesperanza y desesperación. Esa desesperación puede llevar a la tensión, el conflicto, e incluso a la violencia. Desde 2007, se han producido disturbios a causa de la carencia de alimentos en más de 60 países.

Los fracasos de la agricultura en muchas regiones del mundo, precisamente los obstáculos que separan a esa pequeña agricultora y ese joven hambriento, tienen un impacto poderoso en la economía mundial. La agricultura es la única o la principal fuente de ingresos para más de tres cuartas partes de los pobres del mundo. Cuando tan gran parte de la humanidad trabaja arduamente cada día, pero aun así no puede mantener a sus familias, es el mundo entero el que no progresa.

La administración de Obama considera el hambre crónica como una prioridad clave de nuestra política exterior. Otros países se nos unen en este esfuerzo. Las principales naciones industrializadas han comprometido más de 22,000 millones de dólares en más de tres años para impulsar el crecimiento económico promovido por la agricultura, y el Secretario General de la ONU Ban Ki-moon y yo organizamos una reunión de líderes de más de 130 países celebrada el 26 de septiembre para lograr apoyo internacional.

El enfoque de Estados Unidos con respecto de la seguridad alimentaria se basará en nuestra experiencia en el desarrollo. La verdad es que hemos empleado demasiados años y demasiado dinero en proyectos de desarrollo que no han rendido resultados duraderos, si bien hemos aprendido de estos esfuerzos. Sabemos que las estrategias más efectivas surgen de quienes se encuentran más cerca de los problemas, no de las instituciones o gobiernos extranjeros a miles de kilómetros de distancia; y sabemos que el desarrollo funciona mejor cuando no se percibe como una ayuda sino como una inversión.

Teniendo en cuenta esas lecciones, nuestra iniciativa de seguridad alimentaria se guiará por cinco principios que nos ayudarán a llegar hasta las raíces del problema y a lograr un cambio duradero.

Primero, comprendemos que en la agricultura no hay un modelo que sirva para todos. Así que trabajaremos con países socios para crear y aplicar sus planes.

Segundo, atenderemos las causas fundamentales del hambre e invertiremos en programas que abarcan desde mejores semillas hasta los que buscan compartir los riesgos y proteger a los pequeños agricultores. Y puesto que la mayoría de los agricultores del mundo son mujeres, es fundamental que nuestras inversiones en la agricultura apoyen su ambición y perseverancia.

Tercero, ninguna entidad puede erradicar el hambre por sí sola. Pero si los interesados trabajamos juntos, coordinando a nivel nacional, regional y mundial, nuestro impacto puede multiplicarse.

Cuarto, las instituciones multilaterales tienen el alcance y recursos más extensos que cualquier país. Al apoyar sus esfuerzos, nos beneficiaremos de sus capacidades.

Por último, prometemos compromiso y responsabilidad a largo plazo. Para demostrarlo, invertiremos en instrumentos de vigilancia y evaluación que permitan que el público tenga constancia de lo que hemos hecho.

Este esfuerzo puede tomar años, aun décadas, antes de que lleguemos a la meta, pero ofrecemos todos nuestros recursos y energía.

Mientras realizamos este esfuerzo, mantendremos nuestro compromiso profundo a la ayuda alimentaria de emergencia, para responder al urgente llamado de socorro cuando ocurran tragedias y desastres, como sucede ahora en el Cuerno de África, donde la sequía, fracasos en las cosechas, y la guerra civil han causado la peor crisis humana en 18 años.

Revitalizar la agricultura mundial no será fácil. En realidad, es uno de los esfuerzos de diplomacia y desarrollo más ambiciosos y completos que nuestro país haya emprendido jamás, pero puede hacerse y vale la pena hacerse. Y si tenemos éxito, nuestro futuro será más próspero y más pacífico que nuestro pasado.


*La autora es Secretario de Estado de los Estados Unidos de América.