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En las partes del mundo que he conocido, y son algunas, por regla general los barberos y las empresas que dan servicio en contacto directo con el público, como es el caso de Movistar, los empleados almuerzan o reciben sus tiempos de comida en horas distintas a las de los clientes respectivos que aprovechan precisamente ese momento para cortarse el cabello o realizar distintas gestiones, de las cuales la más importante es el pago por los servicios recibidos.

Movistar tiene una sucursal en Plaza España. Como en el mes de septiembre las facturas de pago, por lo menos en mi caso, fueron recibidas después de su vencimiento, muchos nos dirigimos a esta sucursal para saldar nuestras deudas antes de sufrir constantes apremios. La oficina o cubículo que sirve de caja ese sábado tenía una fila que llegaba hasta afuera, hasta la calle. Cuando logré entrar, una de las ventanillas se estaba cerrando. Quedaban dos para atender al público. En una de ellas una joven y bella señorita atendía a un cliente. Una vez concluida su tarea, cerró la ventanilla. Una señora de segundo hervor le reclamó: “Señorita, no ve que somos muchos, no se puede ir así como así”. La joven tornó su bello talle y le espetó: “Señora, yo también tengo derecho a hartarme”.