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Vestido de silencio, inteligencia y espiritualidad, conocí a Cintio Vitier (Cayo Hueso, Florida, EU, 1921 –La Habana, 2009) en su primer viaje a Nicaragua. La imagen física que me había formado de él correspondió, exactamente, a la que proyectaba en su obra. Pero conversamos muy poco. Sus principales interlocutores fueron otros, encabezados por los maestros de todos sus anfitriones. Una frase le oí, tras su deslumbrante recorrido por nuestro Río San Juan: “Regresé al tercer día de la Creación”.

Cintio era un ser dotado por el asombro y el conocimiento, nutrido de un catolicismo a lo Maritain; lector de ese manual imperecedero de García Morente: Lecciones preliminares de filosofía; signado por los Cuadernos de Malte Laurid Bridge, de Reinar María Rilke y por la Segunda antología (sic) poética de Juan Ramón; impactado por la lección de César Vallejo: la poesía como forma superior de la verdad; y discípulo de María Zambrano (1904-1991), autora de una conferencia magistral: “Nacimiento y desarrollo de la idea de la libertad. De Descartes a Hegel” (La Habana, ¿1994?).

Los signos de interrogación figuran en la nota que Cintio colocó al final de su novela De Peña Pobre, único ejemplar suyo existente en mi biblioteca, y que me dejó, autografiado, en aquella primera visita. Porque el poeta del grupo Orígenes, dirigido por don José Lezama Lima (1910-1976), retornó a Nicaragua como jurado del Premio Latinoamericano “Rubén Darío”, en febrero de 1983 y debí haberlo visto de nuevo; pero mi memoria se ha desintegrado en relación con su persona. Lo cual lamento, ya que Vitier –como singular ejemplo de los poete-litterari- poseía una memoria integradora.

Este don, por cierto, le facilitó conciliar la serenidad esencial de sus versos y el profundo estudio de lo cubano en la poesía, en sus temas martianos, en sus antologías sustanciales. Con esta gracia verbal refutó a Simón Pelloutier (1694-1757), mejor dicho: la formulación extremista del prerromanticismo de mediados del siglo XVIII, cuando llegó a pensarse –según Ernest Robert Curtius- que “la auténtica poesía es incompatible con la cultura literaria, y que no florece verdaderamente si no entre los bárbaros y salvajes”.

Saturado impunemente de las ideas de José Martí, el Homagno generoso, confirmaría —desde su cotidiano trabajo vitalicio en la Biblioteca Nacional de Cuba— que el apóstol fue también —como oportunamente lo advirtió Rubén Darío— Arcángel de coraza de Acero, Cabeza, Portavoz, Lengua, Clarín, Seda y Miel hasta con sus enemigos, Caballero del Pensamiento, Verdadero Superhombre, Grande y Viril. Pero, realmente, Vitier no pudo penetrar en el misterio de las eternas rosas primaverales de Rubén, en su poderosa dimensión humana.

Cintio fue una de las voces mayores de su generación (otra fue su carnal Eliseo Diego); un protagonista de la aventura imaginaria de sus coetáneos y contemporáneos, llegando a revivir, enaltecer, ficcionalizar la Revolución en su única novela. Así, el recuento del año 1959 fue para todo un pueblo, y particularmente para Violeta Palma –su personaje femenino- el descubrimiento de un nuevo planeta y sus hechos “fábulas que eran imágenes reales: Fidel con la paloma en el hombro y Camilo al lado, rodeado por el ejército nocturno de los campesinos; Fidel hablando infinitamente en la televisión que acababa confundiéndose con el abismo estrellado y los gallos del alba; Fidel firmando en La Plata, la Ley de Reforma Agraria; Fidel celebrando el 26 de julio como un capitán en el navío de piedra de la Plaza; con la proa pensativa de Martí al fondo y el mar del pueblo delante” (p. 174).

Lenta, modesta, escrita en una prosa de “pura delicia” (la calificación es del mexicano Ricardo Repilado), De Peña Pobre es tanto la saga familiar de su autor como la evocación de toda la historia política de la Isla desde los albores de 1895 hasta los años 70 del siglo XX (“¡Esto es Cuba, caballeros!”). En ella, además, rememora la gestación del grupo al que perteneció. Señorial en sus vivencias y concepciones, De Peña Pobre contiene la reflexión de un pequeño burgués irremediable, como lo proclama el personaje masculino que le sirve de disfraz; me refiero a la confesión inherente a su fe en Dios, no en el hombre sin más.

Cintio quedó retratado, por tanto, en su párrafo relativo a la supuesta realidad superior de la clase obrera: —No la conozco. No conozco a ninguna clase en cuanto tal. Conozco a personas únicas, irrepetibles: prójimos que no siempre puedo justificar, que no siempre puedo amar, y ése es mi problema: problema que la revolución está agudizando, porque, junto a tantas cosas admirables, ha provocado un oportunismo que detesto, que a veces me envenena la vida…Por lo demás sigo fiel a la vieja idea de la división del trabajo: unos servimos para una cosa, otros para otra. Todos somos igualmente necesarios, aunque en un momento dado no lo parezcan. No nos podemos pasar sin fundidores ni poetas, espléndidos los dos, pariguales y hermanos. La idea de clases no me gusta, no me parece bueno subrayarlas. Existen por desgracia o por necesidad; pero vale más olvidarlo, vivir como si no existieran, reducirlas al mínimo inevitable, buscando más bien la comunidad, el comunismo si se quiere, no la lucha de clases.

He ahí por entero al recién finado amigo de Nicaragua y de los literatos nicaragüenses (¡excelso literato él mismo¡). He aquí lo que pienso de este fundidor de poesía y filosofía (herencia de María Zambrano), de este transfigurador del paisaje de su país, cargado de significación cuasi bíblica, que entregó tres poemarios antes de 1959. De ese hombre que me regaló su novela con esta dedicatoria: “Para el poeta Jorge/Eduardo Arellano,/con gratitud por sus/atenciones y el recuerdo/fraterno de/Cintio Vitier”.