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Dice que acaba de llamar a su casa, que le ha tocado echar sus buenas lagrimitas. Es la voz de “mamá” a diez mil kilómetros de ella. Aunque sea para regañarla, la echa en falta. ¿Y Nicaragua? ¿Le hace falta Nicaragua?

Pina está en Barcelona, llegó allá hace unos pocos meses. De inmediato se puso a trabajar de doméstica en varias casas. La plata no da para mucho, y ahora con la crisis...Pero poco a poco va saliendo de deudas. También está la incomodidad de los de la “migra”, como le llama ella y sus compañeras de aventura. Agentes de la policía que aguardan en las salidas del metro y piden papeles. Pina no tiene papeles. Bueno, sólo el que dice que hace ya cuatro meses que debería haber vuelto a su país. Ella y sus compañeras conocen las bocas de Metro, las esquinas, y saben hasta las horas en las que les pueden estar esperando. Por eso, no conocen la ciudad por el nombre de sus calles, sino por el nombre de las estaciones, y por sus entrañas. Siempre hay una salida en otro lado, más segura.

Las casas donde trabaja Pina no son de ricos. Incluso, algunas son más pequeñas que en la que ella vive. Cobra entre 9 y 10 euros la hora. En Barcelona, aunque parezca mucho, no lo es tanto, porque el alquiler de un apartamento pequeño puede costar entre 900 y 1000 euros, y muchos salarios no son más altos que ese precio. Lo que ocurre es que las familias tienen que dejar a sus hijos en la casa con alguien, o simplemente necesitan que les arreglen un poco la casa porque no tienen tiempo, y eso que la mayoría no tenían costumbre de contar con empleadas. Antes solían arreglárselas solos.

Pina es muy joven. Bonita. Uno la pensaría estudiando el final de la Secundaria, pero está aquí para ganarse la vida junto con su hermana, que vino antes que ella. Comparten un piso, como le llaman acá a los apartamentos con cinco nicaragüenses más. Sus horarios pueden variar más o menos, pero se organizan así: Hacen turno de ducha a partir de las seis de la mañana, salen despiertas, atentas, “chiva”, con los de la migra para elegir un lugar u otro donde bajar al Metro. Llegan a una casa, limpian, ordenan; van a otra: ayudan a lavar a algún anciano; van a otra: cuidan de un niño hasta que la mamá o el papá vuelva del trabajo: van a otra, y otra. Algunas con suerte, encuentran un lugar donde están seis u ocho horas de trabajo, sin papeles, sin seguridad social, pero con la confianza suficiente que les da el hecho de que les han visto trabajar. Y son muy buenas. A fin de mes, se dirigen con 200 euros, 300 a lo más, hacia la oficina más próxima de la Western Union o a otras empresas de envío de dinero. Dan el nombre de su familia, y ese dinero con tanto esfuerzo, y miedo y esperanza, se convierte en una de las entradas más importantes de capital en Nicaragua. Y a Pina alguien le pregunta, “¿te hace falta Nicaragua?”

Su hermana mayor, Lucía, es más pequeña de estatura, pero también más resuelta. Tiene más tiempo de estar como inmigrante en Barcelona, también más tiempo de estar sin papeles, “ilegal” como algunos le tachan. Desde el primer momento no ha aceptado cualquier trabajo, sino aquellos donde le traten con respeto. Tiene sangre chontaleña, y una dignidad a prueba de bombas. Le gusta leer novelas. Las pide prestadas en las casas donde trabaja. Es “pilas puestas”, y ha conseguido un trabajo mejor. Algo de ocho horas. No tan complicado. Pero el miedo sigue ahí. Lo que más echa en falta, según me dice, es la comida. Enumera, como si lo estuviera oliendo muy cerquita, el pinol recién hecho, los nacatamales, el vaho, aunque ella pronuncia suavemente “bajo”. Cuida bien de su hermana pequeña que tendrá unos dieciocho años. El resto de muchachas nicaragüenses que viven con ellas comparten estrecheces, miedos y muchas risas. Lucía, la última vez que habló con su mamá, supo que tenía algún problema, y le insinuó la idea de regresar a Nicaragua. Enseguida la mamá se puso seria y le contestó: “Ni se le ocurra, ¿me oye?, ni se lo ocurra. Acá no vuelva mi hija, que la cosa está color de hormiga”. Lo dice gente de un barrio pobre de Managua, que un día hace ya tiempo se vino de Chontales. Pero ¿y la hija más pequeña, la Pina, echa en falta Nicaragua? Alguien le pregunta.

La situación de Pina y Lucía, podría decirse que es mejor que la que se refleja en un informe reciente del servicio jesuita para migrantes de Centroamérica (vaya nombre) en el que se recuerda que el gobierno no cumple con su compromiso de dar información sobre la situación de las personas que salen, vuelven o pasan por Nicaragua. Especialmente preocupante es el trato que reciben los nicaragüenses en México y también en Estados Unidos. Cada viernes, llegan al Guasaule un promedio de 30 deportados. La mayoría coinciden en quejarse de la falta de atención de los cónsules de Nicaragua, de la constante provisionalidad de sus pasaportes, del maltrato, del olvido. La mayoría denuncian la enorme corrupción de las autoridades de ese país, y del platal que van dejando en el camino a base de sobornos solicitados. Expuesto a los secuestros de los temidos ZETAS, las violaciones, los asesinatos. Y con todo, el flujo de migrantes de origen nicaragüense no deja de aumentar. Pina y Lucía no sufren la misma situación. Lo suyo es lejanía, y el miedo de que les pidan los papeles. También está la crisis económica que ha arrojado mucha gente al desempleo en España.

Pero, ¿Pina echa en falta su país? Alguien le pregunta y ella responde categóricamente, para sorpresa de quien le escucha: “Pues viera que no lo extraño nada, pero nada, nada. Sólo mi mamá, claro; pero por lo demás, nada. Recuerdo que desde muy chiquita sabía que quería salir de allá. Sabía que, fuera, podía vivir un poquito mejor.”

En la generación de Pina, muchos jóvenes piensan igual. Pregúntenles. Y ¿duele? Sí, porque entonces hay un fracaso en Nicaragua, que se convierte pues en un Estado casi fallido, como a los intelectuales les gusta decir, un lugar que obliga a exiliarse a su futuro. Pasan gobiernos, pero no pasa nada diferente. No hablo por mí, pero se oye con frecuencia entre la gente más joven que a este país, cada vez más pobre y sólo donde alguna vez habitaron, ya no quieren volver.

franciscosancho@hotmail.com