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Hace un mes, aproximadamente, se dio a conocer que en los Kioskos escolares del Ministerio de Educación (Mined), donde se oferta a la población infantil alimentos chatarras, éstos serán retirados para ser sustituidos por alimentos tradicionales, sanos y con alto valor nutritivo (rosquillas, perrerreques, polvorones, etc.). Esta decisión del Mined, ha causado gran satisfacción en muchos grupos comprometidos con la SAN que han batallado con los gobiernos en casi dos décadas, para realizar acciones de este tipo.

Y aunque la Educación Alimentaria y Nutricional (EAN) ha sido vista como la “Cenicienta” entre todos los factores que intervienen en la Seguridad Alimentaria y Nutricional (SAN), de ella dependen los buenos o malos hábitos alimenticios que adquieran y practiquen las personas, grupos o poblaciones.

La comprensión sobre el riesgo crítico del crecimiento con relación a la talla que existe desde el nacimiento hasta los cinco años de edad, que es reconocida como “una ventana crítica de oportunidad”, para lograr la salud y el desarrollo mental óptimo en un ser humano, ha empujado u obligado a varios países, entre ellos Nicaragua (donde existe un 17.9% de niños menores de cinco años con retardo en talla) a rescatar la EAN y posicionarla como un eje fundamental para reducir o evitar el incremento de los porcentajes de desnutrición crónica en la población infantil mediante hábitos alimenticios saludables, obviamente, que a la par de otras intervenciones tales como garantizar la disponibilidad y el acceso a los alimentos, entre otros.

La EAN debería iniciar antes del embarazo (lactancia materna exclusiva), continuar con este proceso educativo desde los uno a los tres años y en la escuela, para lograr que la niñez tenga adecuados niveles de salud y nutrición, y buenos hábitos alimenticios.

Los hábitos alimenticios resultan de diversas influencias; personales, culturales, sociales y psicológicas, de los que se apropia la persona en sus primeros años y experimentan algunos cambios en el transcurso de su vida.

El primer escalón de conocimientos en EAN que sube la niñez (1 -3 años) tiene como base elemental: el hogar. Los padres y las madres juegan un rol preponderante en la reproducción y la construcción de los hábitos alimenticios que tendrán sus hijos en el futuro. En el hogar, la familia comparte la mesa y desde ese momento, comienza la trasmisión de mensajes sobre lo que se come, la aceptación frente a un alimento de bajo valor nutricional o el rechazo de un alimento con alto valor nutritivo o a la inversa por parte de la familia. También intervienen como formadores de hábitos en este “escalón”, el personal médico que atiende al niño, que en cierta medida se ve envuelto en mitos y tabúes alimentarios que rodean esta etapa de la vida. Por ejemplo, muchos niños cumplen el año y aún no han aprendido a masticar, ni a saborear frijoles o un huevo por que la dieta sugerida a partir del destete es a base de alimentos suaves (atol, puré, galletas), reflejando esto la ausencia de una educación alimentaria y nutricional y en consecuencia, el deterioro del estado de salud y nutrición en la población infantil.

Ahora, lo más normal es que a un niño se le da gaseosa o jugos artificiales en lugar de jugo natural en sus comidas o meriendas, si se le brinda dulces en vez de frutas o bien, la ensalada no exista en su imaginario alimenticio. De hecho, este niño adquirirá esos malos hábitos y si a ello sumamos la neofobia, difícilmente logrará alcanzar un adecuado estado de salud y nutricional y en consecuencia, un deficitario nivel físico y mental.

Y aunque a algunos estudios indican que las preferencias hacia determinados alimentos en los adultos, dependen en gran medida de la socialización o experiencia vivida con los alimentos en su infancia, ese es un tema que aún está por discutirse. En la actualidad, en el primer escalón la función socializadora ya no es dominio del hogar: padre y madre. Ahora se enfrentan a un nuevo poder que arrastra toda la sociedad de forma imperceptible, hasta convertirlos en sus cómplices para traicionar sus hábitos alimenticios originarios.

La comida basura o chatarra, es el nuevo poder de la industria alimenticia, que gentilmente desde la década de los sesenta están incorporando a nuestra dieta, nuevos hábitos alimenticios. Si Usted está en un supermercado, pulpería o algún lugar público, podrá no encontrar lo que busca, pero sí encontrará una variedad infinita de “ristras” o “bolsones” de meneítos, corn chips, pringles, hot-dog, nachos, etc., e igual situación se presenta en lo que a bebidas se refiere. Bien se sabe, que el único propósito de la industria alimenticia es vender, sin importar el detrimento que ocasionan estos productos sobre el estado de salud (cáncer) y nutricional (calorías vacías) en las personas, especialmente en la población infantil.

Nos ofrecen a través de la publicidad con todo el atractivo, efecto y colorido que tiene, fundamentalmente en la televisión, productos apetecibles, agradables, deseables, fáciles de comer y de consumir a cualquier hora del día ¿A quién no le gotea el estómago con los anuncios de Mc Donalds o la Pizza Hut? El impacto de la publicidad en el consumidor es aplastante e incitante.

Con la globalización, el mercado se ha saturado aún más de esta comida basura que son promovidos para su consumo tal como se dijo anteriormente por los medios de comunicación a través de la publicidad, quienes, cínicamente, colocan una frase en la parte inferior del anuncio y por un segundo: recuerda consumir frutas y verduras o aliméntate bien. Tenemos pues, que muchas familias han sido “salvadas” por la publicidad y otras, se encuentran vulnerables ante la seducción continua de la comida basura que cada día, las atrapa más entre sus tentáculos.

El segundo escalón de conocimientos en EAN a subir para la niñez sería la escuela. Hasta este momento tienen conocimiento de los alimentos “ricos”, “malos” y no de los “buenos”. Llegan al “Kiosko” en el tiempo de recreo y: ¡Hurra¡ gritan felices los chavalos y comienzan a pedir les vendan meneítos, zambos, chiclets, etc. Es en este espacio, donde los hábitos alimenticios terminan de reforzarse y generalizarse su consumo hasta convertirse en una cultura alimenticia basura en toda la población.

Sin embargo, se debe estar claro que esta iniciativa debe trascender más allá de lo nutricional, urge revertir ese cambio cultural que están sufriendo las nuevas generaciones, rescatar las tradiciones gastronómicas, la diversidad alimentaria, etc. Y no perder de vista que nuestra niñez y adolescencia la han perdido también debido al cambio de hábitos de sus padres y madres y, es allí por donde se debe empezar: fortalecer el binomio familia-escuela.

En definitiva, todas las personas somos responsables en el seno de nuestro hogar de llevar una dieta variada y equilibrada, que es similar a decir una vida sana. El problema radica esencialmente en el desconocimiento de la población sobre educación alimentaria y nutricional, somos una población analfabeta en esta materia. Solamente impulsando acciones sistemáticas y masivas de información, educación y capacitación en EAN, podremos mejorar el estado de salud, y nutricional de la población, especialmente de la población infantil. Creo que nadie en este país quiere más desnutrición crónica, obesidad o cáncer: tres regalos que la industria alimenticia brinda a sus consumidores.

Les pregunto: ¿Estamos formando realmente a nuestros hijos con buenos hábitos alimenticios? ¿Vamos a seguir siendo cómplices del negocio de la industria alimenticia productora de alimentos basura? ¿Cuál es la comida de niños más rica que recordamos? ¿La de nuestra abuela?
Por mi parte, seguiré siempre saboreando mi refresco de semilla de jícaro o fresco de cacao, acompañado de una tentadora cosa de horno…no, mejor de unos “rosquetes”.