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¿Cuál era el rasgo particular de la dictadura somocista entre otros modelos autoritarios? El poder dinástico de la familia Somoza, que usufructuando el aparato del Estado, devino a un poderoso grupo económico con las enormes ventajas que le daba el control omnímodo de las instituciones oficiales. Mediante el uso del Estado y en particular del aparato represivo, la fortuna de la familia creció en cuatro décadas.

Particularmente, en la última década del somocismo (1967/ 1979), y especialmente luego del terremoto de Managua en diciembre de 1972, las contradicciones del grupo en el poder con otros sectores de las clase empresariales se agudizaron. La naturaleza voraz del somocismo frenaba la modernización de Nicaragua en lo político e impedía a otros sectores de la burguesía comparecer en igualdad de condiciones en el mercado.

A la falta de una verdadera libertad de empresa le correspondía en lo político el autoritarismo del régimen. Lo último posibilitaba lo primero. Aunque la naturaleza antidemocrática era inherente al somocismo, sólo cuando fue explícitamente manifiesta y obstáculo a los intereses de los otros sectores del capital, éstos reaccionaron. Mucha sangre se había derramado ya.

Las banderas del cambio, entonces, empezaron a ser enarboladas también por otros sectores sociales y económicos. Los sectores populares desde mucho tiempo atrás reivindicaban, a través de sus organizaciones políticas y gremiales, la democracia y las transformaciones sociales.

Fue así que el arco de alianzas contra el somocismo se reveló diverso desde el punto de vista social y plural en lo político. Y ese amplio movimiento, encabezado por los sectores populares y sectores medios, dio al traste con la dictadura somocista. Ciertamente con un preeminente papel del FSLN de entonces, no más homónimo del actual.

Treinta años después de aquella gesta popular que abrió las posibilidades para la construcción de la democracia y la modernización económica del país, Nicaragua enfrenta el riesgo cierto de que se instale un régimen autoritario con rasgos similares al somocismo. Y más allá de la irritación emocional que causa esta afirmación en las filas oficiales, es inevitable encontrar las similitudes.

El orteguismo logró el control de su partido desde antes de las elecciones presidenciales, control que hoy se ve afianzado como partido de gobierno, sin que eso signifique que escape a luchas intestinas por cuotas de poder. El pacto del año dos mil le permitió el control de las instituciones fundamentales del Estado. En los últimos dos años el círculo de poder político y económico se ha concentrado alrededor de la familia presidencial y de forma acelerada la privatización --inmoral, ilegal y evidente-- de la cooperación venezolana lo está afianzando como un poderoso grupo económico en distintas esferas de la economía: energía, turismo, construcción, comunicaciones. De allí a sacar de juego a los competidores hay un solo paso.

Ciertamente, el grupo en el poder no ejerce un control explícito de la Policía ni del Ejército, pero no es por falta de voluntad sino porque las condiciones políticas y jurídicas, al menos, se lo han impedido. O limitado en el caso de la Policía Nacional, donde ha logrado introducir un mando paralelo.

Pese a ello el orteguismo recurre al expediente de “palo para los enemigos”, a través de la violencia física y la represión a las expresiones opositoras. Los grupos paramilitares han cumplido el papel que en el somocismo ejercieron los aparatos represivos del Estado.

No obstante, pese a la fuerza aparente que muestra Ortega, realmente las perspectivas históricas de su proyecto son precarias. En principio, porque es un gobierno de minorías, un régimen que confunde masas con mayoría política.

Las condiciones internacionales no son favorables al proyecto de Ortega. Más allá de su inserción como socio disminuido de Chávez en sus planes geopolíticos, es seriamente cuestionado por las fuerzas democráticas, incluyendo la izquierda democrática, tanto de aquellas que son gobierno como las que no lo son. En el plano internacional el gobierno de Ortega no es ni respetado ni aplaudido, por el contrario.

El fracaso de la administración de Ortega en lo económico ha frustrado a sectores populares que en noviembre de 2006 le dieron el voto de oportunidad.

En el plano interno, el rechazo a las pretensiones continuistas de Ortega y su modelo autoritario es cada día mayor. Y las banderas de la Democracia contra el autoritarismo, tienen cada día más brazos que las enarbolan.

De otra parte, el partido orteguista empieza a ser carcomido por las pujas internas y las luchas internas por cuotas de poder –igual a mayores privilegios- y por la sucesión de Ortega en la cúpula.

De forma similar a la experiencia victoriosa contra el somocismo, solamente un amplio, diverso y plural movimiento podrá dar al traste con las pretensiones del orteguismo. Ése es el reto.