Onofre Guevara López
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Si no se recurriera a los hechos para probarlo, valdría tan poco hablar desde la izquierda crítica sobre la inexistencia en nuestro país de una revolución, como hablar desde la izquierda oficial sobre una revolución en su segunda etapa. Para la primera sería perder el tiempo, y para la segunda, es tan inútil como confundir la realidad con la fantasía.

Los orteguistas, pues, están vendiendo fantasía. Como insignias de su fantástica “revolución” pregonan los proyectos sociales destinados a cambiar el sistema capitalista existente, pero que no son más que programas de asistencia social. Además, con dinero y esfuerzos ajenos.

La insistencia del oficialismo obliga recurrir a los ejemplos, porque, además de no creérselo, se trata de descifrarle el contenido demagógico a su mensaje. Los proyectos sociales sí existen –no importa cuán limitados o amplios sean—, pero son, principalmente, los proyectos de Salud y Educación impulsados por la solidaridad cubana y venezolana.

Después de la ayuda oficial de estos dos países, a las misiones de los médicos y educadores les debemos nuestra gratitud. Su voluntariedad, nobleza y espíritu internacionalista quedaron plasmadas en las palabras sencillas y de profundo valor humano de la doctora Marcia Cobas, Viceministra de Salud de Cuba, a su arribo a Nicaragua con el último contingente médico: “Nosotros no damos lo que nos sobra, nosotros compartimos lo que tenemos”.

Ahí está expuesta en su cabal dimensión humanista la solidaridad de la revolución cubana y de sus profesionales: dar no porque les sobra, sino compartir lo que tienen, porque no hay otra forma de ser solidarios, sin ulteriores pretensiones. Una diferencia inmensamente grande, en todo sentido, con cualquier otro tipo de ayuda internacional.

La última brigada cubana que arribó al país –martes 6 de octubre—, está compuesta por profesionales de la más alta calificación, y harán un trabajo especializado en la discapacidad humana, bastante frecuente entre los nicaragüenses, como escaso ha sido aquí el servicio médico para atender ese tipo de limitaciones humanas. Seguro que con los médicos cubanos tendrá una atención con la misma calidad humana que han tenido la “Operación milagro” y otros programas de salud, conocidos por el pueblo nicaragüense.

No es la calidad de la atención profesional de los cooperantes cubanos lo que está en duda. Lo que motiva dudas es si ellos vienen conscientes de que sus esfuerzos no tienen paridad en las acciones y actitudes de este gobierno, debido al oportunismo con que maneja la administración pública y, por ende, la solidaridad internacional. Aunque saben, lógicamente, que su misión, además de su propia buena voluntad, corresponde a los compromisos de colaboración intergubernamentales dentro de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de América Latina (ALBA).

Pero es probable que no conozcan de forma cabal hasta dónde y cómo este gobierno utiliza esa colaboración, en especial la venezolana, a favor de los intereses políticos y personales de los gobernantes. Y, si tienen conciencia de ello –o sólo sospechas—, nadie espera que los colaboradores cubanos adopten una posición crítica al respecto. No es parte de su misión ni correspondería al espíritu humanista de su trabajo. No lo han hecho en los países adonde han ido, que tienen gobiernos con perfiles político-ideológicos distintos a los de su gobierno, porque primero está su interés en ayudar a los más humildes y marginados.

Sin embargo, la sensibilidad humana y social les permitirá conocer, durante su convivencia con los nicaragüenses –más su capacidad observadora de científicos--, que no todo lo que brilla del gobierno de Nicaragua hacia el exterior, es oro. Nadie tendrá que decírselo. Ellos verán en calles y carreteras, que la propaganda política personalista del presidente Ortega, en nada corresponde a la realidad de la vida económica y social del pueblo nicaragüense. Lo verán y se darán cuenta a qué se debe esta contradicción.

Podrán comparar –por ejemplo-- lo que para ellos significa su bandera nacional y el orgullo patriótico con que su pueblo y su gobierno la enarbolan en todas sus actividades, con la confusión que aquí se hace con la bandera nacional y la desventaja en que la ponen ante la bandera partidaria. En su país, la bandera del Movimiento 26 de Julio, es igualmente respetada, pero nunca suplanta a la bandera nacional. Podrán comparar esa devoción patriótica por su bandera, que practica desde Fidel hasta el último de los cubanos de las sierras, con la marginación que sufre nuestra bandera nacional en las instituciones del gobierno orteguista.

Nos dará pena a los nicaragüenses cuando comparen la respetuosa devoción que por su Héroe Nacional, José Martí, y por sus ideas tiene toda la sociedad cubana, empezando por sus dirigentes, con el manejo pendenciero que aquí hacen los líderes del gobierno con la imagen de Augusto C. Sandino en sus actos políticos. Peor aún, cuando puedan ver que en las tribunas partidarias, la imagen de Sandino les sirve más de adorno que de inspiración.

No creo que los cooperantes cubanos puedan distraer su tiempo en ponerse a analizar la información diaria acerca de los vericuetos, tramados o urdimbres por donde pasan la cooperación económica venezolana. Si pudieran hacerlo, no encontrarían justificación al manejo discrecional que de esa colaboración hace el presidente Ortega y sus más cercanos colaboradores, al extremo de crear una economía paralela a la estatal.

Los millares de colaboradores cubanos repartidos por el mundo son conscientes de las causas que tienen las dificultades económicas que afrontan en su país, y pueden distinguirlas de las causas que provocan las odiosas diferencias que se experimentan en los países como el nuestro. Verán también la diferencia entre cómo se trata de compartir en su país, de la forma socialmente más justas, las dificultades y los beneficios sociales, con las desigualdades y los privilegios que en Nicaragua se determinan, con egoísmo, desde el poder político.

Oirán decir que desigualdades y privilegios son herencia de los gobiernos neoliberales. Y es verdad. Pero podrán percibir en su real magnitud, las desmesuradas buenas condiciones de vida de los líderes del gobierno y compararlas con las deshumanizadas condiciones de vida de la mayoría de los nicaragüenses. Ojalá los cubanos pudieran conocer cuan diferentes eran las condiciones de vida de esos líderes antes de acceder al poder, y sabrán que esta “revolución”, más que a la suya, se parece a la mexicana: con líderes “revolucionarios” millonarios.