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“Un día uno se muere/ y la vida continúa para otros”, había escrito en uno de los poemas de su “Laberinto de huesos”, el poeta Octavio Robleto, fallecido repentinamente el día jueves 8 de octubre. Mi mejor manera de rendir homenaje a este notable poeta y entrañable amigo, es evocando la ars poética a su poesía, tan original y tan personal.

Octavio Robleto es uno de nuestros pocos poetas que logró dar a su poesía una trascendencia universal a partir de una profunda vivencia regionalista y campesina. Nacido en la pequeña ciudad de Comalapa, del Departamento de Chontales, este hecho fue determinante para explicar la raíz rústica (del latin rusticus, de rus, campo) de su poesía. Allí también pasó los primeros años de su adolescencia. Octavio jamás se resignó al agobio de la urbe y supo escaparse, siempre que pudo, al llano, a la montaña, a los cielos abiertos del campo. Sólo allí, en medio del campo, sentía que realmente vivía, porque en verdad, decía en uno de sus primeros poemas: “la vida se pierde en las ciudades”. Octavio Robleto no sólo fue poeta y de los mejores de esta tierra tan pródiga en discípulos de Apolo y de Pan, sino que cultivó con éxito otros géneros literarios: la narrativa, el teatro y el ensayo. La poesía de Robleto figura en todas las antologías de la mejor poesía nicaragüense. A fin de apreciar la evolución de su canto, voy a comentar, de manera muy sucinta, algunos de sus más notables libros de poesía.

“Vacaciones del Estudiante” fue el primer poemario de Octavio y el que le dio a conocer en el mundo literario de nuestro país. Los poemas fueron escritos entre 1956 y 57. Mereció el Premio Nacional Rubén Darío del año 1957. Los poemas tienen la secuencia de un viaje de Managua a la finca Cuisalá en Chontales, a donde el poeta-estudiante, en compañía de una muchacha, se dirige jubiloso a disfrutar de sus vacaciones de septiembre. Así canta su salida:

“Dejadme la carretera
dejádmela para correr
que vengo alegre y nadie
me podría detener”.

El siguiente poemario que Octavio publicó fue “Enigma y Esfinge”, también premiado. Este libro es más ambicioso que el anterior y está salpicado de ironías políticas y sociales. La forma epigramática es la escogida por el poeta para lanzar sus dardos. El nombre del poemario viene de la literatura clásica griega: Enigma es quien interroga y Esfinge la que responde, aunque sus respuestas no sean siempre explícitas y puedan engendrar, a su vez, un nuevo enigma. Dos poemas, claves en la poesía de Octavio Robleto y que también forman parte de esta colección son: UNICA, que el autor estima, y con razón, que expresa su Ars poética. Tras mencionar su amor y olvido por Pandora y Cressida, así como por la que tuvo celos de sus libros y odiaba sus silencios, el poeta reconoce que la poesía es su pasión única y permanente, capaz de imponerse al olvido:

“Sólo tú eres mi búsqueda indomable
donde el olvido tiene linde
donde hay algo más que un simple nombre
donde la vida es perdurable”.

Luego Octavio publicó “Noches de Oluma”, una colección de poemas en prosa. Esta vez Robleto, sin disminuir el nivel poético, escogió la prosa para expresar sus emociones campestres.

“El día y sus laberintos”, fue publicado en 1976 y consta de tres secciones bien definidas: El día y sus laberintos; Laberinto del Amor y Laberinto de huesos, cada una de ellas con dibujos originales de Vanegas, Canales y Sobalvarro, pintores amigos del poeta. La sección “Laberinto del Amor”, o sean los enredos amorosos del poeta soltero, contiene varios de los más celebrados poemas de Octavio: “Muchacha asistiendo a una conferencia”, donde el asedio visual del poeta turba totalmente la atención de la muchacha y le despierta escondidas emociones sexuales; “A media noche cuando el diablo es poderoso”, que gustó mucho a ese crítico implacable y temido que era Beltrán Morales; “Hamaca del amor”, etc... Pero es en “Laberinto de huesos”, que son los poemas de la muerte, inspirados en los poetas precolombinos, donde encontramos los poemas de mayor profundidad filosófica. Basta, para comprobar lo dicho, con reproducir algunos versos del poema “Un día uno se muere”:

“Un día uno se muere,
se acaba todo
ya no veremos el sol ni la luna,
no gozaremos de la lluvia,
no veremos el mar ni los ríos,
ya no se oirán los ruidos de la calle
no saludaremos a los amigos conocidos
no podremos amar a una muchacha.

…………………………………………
Se acaba uno, tristemente.”

La poesía de Octavio Robleto fue lentamente evolucionando de su arraigo a la tierra, el llano, el río y la montaña, a una poesía que, sin desdeñar sus temas anteriores ni abjurar de su pureza sensorial, es más profunda y filosófica, y que traduce su experiencia vital, su condición humana.

Llegamos así al poemario “Laberinto de Vigilias”. El laberinto es una constante en la poesía de Octavio Robleto, y una experiencia vital y angustiante que le acompaña día y noche. Octavio asume, en este poemario, su reto existencial como un laberinto y él, como un moderno Odiseo, vaga en su laberinto observándolo todo y reflexionando sobre los grandes temas de la vida: el amor, las pasiones, la muerte. Obra de madurez vital y poética, en la que el poeta Robleto reconoce la influencia del “Ulises” de James de Joyce.

Sean estos breves comentarios a su importante aporte a la mejor poesía nicaragüense mi sentido homenaje al poeta, al alumno, al amigo de más de medio siglo y al esposo de la Dama del Teatro Nicaragüense, doña Socorro Bonilla Castellón, hoy su viuda.