•  |
  •  |
  • END

Nunca antes los hallazgos del filósofo francés Michel Foucault (1926 – 1984) se han hecho tan evidentes en Nicaragua. Recientemente la Corte Suprema de Justicia le otorgó al presidente Daniel Ortega y a todos los alcades sandinistas la posibilidad de reelegirse en la contienda electoral de 2011. En un insólito fallo apenas decidido en un tiempo récord de veinticuatro horas, el Poder Judicial –a todas luces controlado por el mandatario– invalidó las leyes constitucionales que claramente prohíben la reelección consecutiva en Nicaragua.

Cuando aún no ha sido aclarada la transparencia de las elecciones municipales de 2008, el país vuelve a recibir otra estocada de las muchas que el presidente le ha asestado a las ya quebrantadas leyes nicaragüenses.

Michel Foucault, cuyas obras e investigaciones históricas aparecidas en la segunda mitad del siglo XX brindaron tanta luz sobre los sistemas de gobierno (Historia de la locura, Vigilar y castigar, entre otras), sostenía que existe una clara relación entre conocimiento y poder. El primero, de acuerdo con Foucault, determina al segundo. Según él, lo que las autoridades llaman «conocimiento científico» –el que se conceptualiza como tal a raíz de la Revolución Francesa– no es nada más que un mecanismo de represión social.

En su libro Historia de la locura (1961), Foucault hace un magistral recuento de cómo fue vista la locura a través de la historia. También asegura que esta enfermedad era utilizada para calificar, marcar y dominar a toda persona no afín a un determinado ente de poder. La locura, entonces, pasó a ser la antítesis de la razón, pero no desde el punto de vista de las creencias y supersticiones medievales, sino porque en un momento dado de la historia las sociedades aislaron a los enfermos mentales. Los sistemas de poder absolutistas, cuando no podían destruir físicamente a los individuos, los destruían calificándolos de locos, es decir, sujetos alienados o irracionales.

En otro de sus estudios, Vigilar y castigar (1975), Foucault deja claro que existe una usurpación del conocimiento por parte de quien está al servicio de la autoridad. De acuerdo con el filósofo, para los que ostentan el poder o intentan alcanzarlo, controlar la mente de los individuos es más eficaz que cualquier forma de castigo, incluso la muerte. A su vez, los instrumentos que el ser humano utiliza para conocerse a sí mismo, como la razón o el mismo lenguaje, no han sido históricamente utilizados para el progreso del hombre. Por el contrario, han respondido a necesidades específicas de los sistemas de gobierno para controlar y regular el comportamiento del individuo.

Para Foucault, el hambre de poder y la autoridad se justifican en base al dominio del conocimiento, mediante el que se aspira a controlar la mente de los individuos, y a la determinación de qué es lo racional en el juego político.

No es de extrañar entonces que al presidente Daniel Ortega le sea más útil adoctrinar a las clases menos afortunadas, que en gran medida conforman la mayoría de nuestra sociedad, o utilizar la ignorancia del pueblo y la violencia que generan las bandas de criminales para acallar cualquier signo de disidencia. El rencor y el resentimiento que ha inculcado hacia los que no aceptan su hambre desmedida de poder, lo han llevado a manipular las leyes nicaragüenses a su antojo.

El deseo de poder, decía otro gran filósofo, Friedrich Nietzsche (1844 - 1900), está altamente determinado por el resentimiento social, cosa que el presidente Daniel Ortega conoce muy bien, pues lo ha padecido desde que era un niño de humildes orígenes en las calles de Chontales.

Si tomamos por ciertos los planteamientos de Foucault, la reelección de Daniel Ortega puede considerarse desde ahora un hecho, pues nadie mejor que él sabe que para perpetuarse en el poder, es necesario controlar la mente de quienes sufren de la peor enfermedad que ha padecido Nicaragua: amnesia histórica, que es quizás una variante más de la locura. Más aún: entiende muy bien que comprar el pensamiento de los demás poderes, en este caso el judicial, no es tan difícil cuando se tiene como recurso el soborno y la repartición de bienes. La pregunta es ¿quién controla la mente de nuestro perverso presidente: Fidel Castro, Hugo Chávez o su propio resentimiento?