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Cuando nos conocimos con Edgard, hace treinta y nueve años, creo que jamás sospechamos que nuestra amistad sería para toda la vida. En menos de lo que canta un gallo Tijerino se convirtió en el cronista deportivo más sólido y reputado del país. Mi admiración por la calidad de su trabajo se acrecentó. Nos veíamos a diario. Dos o tres veces a la semana íbamos a almorzar en casa de sus padres, don Gustavo y doña Rosibel. A finales de noviembre de 1972, un poco antes de celebrarse la serie mundial de béisbol, una noche que llegué a traerle al Estadio Anastasio Somoza García, señaló hacia los asientos de abajo y me dijo te voy a presentar a Ida, la hija mayor de Carlos García. Como mis intereses eran otros, respondí, no perdamos el tiempo, vámonos. Dos años, cinco meses y catorce días después, el 12 de abril de 1975, me estaría casando con ella y Edgard sería mi padrino de bodas.

Uno de los primeros acuerdos fielmente respetados era que cuando uno saliera al exterior debía traer como regalo al amigo una camiseta. En esa época ambos hacíamos sorna de todo incluyendo de nosotros mismos. Lector voraz, Edgard decantaba su estilo leyendo primordialmente revistas deportivas. Se contagió con los best sellers y yo le bromeaba diciéndole que perdía el tiempo leyendo a escritores inútiles. En un viraje radical empezó a leer con su obsesividad característica lo mejor de la literatura universal y para darme de nuevo con la piedra en los dientes, empezó a armar su vasta biblioteca de la que me consideró lector penitente. Como ahora Edgard sale todos los meses al exterior me veo retribuido con un libro en cada uno de estos viajes.

El último regalo que me trajo fue la preciosidad Una vida, (Sep. 2009) la biografía monumental de Gabriel García Márquez escrita por el inglés Gerald Martin. Devoto del colombiano comencé a leer los primeros capítulos para viajar directo a la segunda parte En el extranjero: Europa y América Latina (1955-1967). Una razón poderosa me obligó a dar el salto. Vivir para contarla (2002) el mañoso de Gabo jamás la completó, dejándonos plantado en el instante en que viaja a Ginebra enviado por El Espectador de Bogotá, para cubrir la conferencia de los cuatro grandes, Eisenhower, Bulganin, Eden y Faure, con la intención de conmemorar el décimo aniversario de la Segunda Guerra Mundial. Encajado en el avión escribe la carta donde rinde promesa de amor eterno a Mercedes Barcha, el cocodrilo sagrado, una misiva que depositó en el aeropuerto desolado de Montego Bay. Advierte que si no recibe contestación antes de un mes se quedaría para siempre viviendo en Europa.

A pesar de haber sido aceptado como novio se vio envuelto en un amor tórrido y casi desconocido con la española María Concepción Quintana, una teatrista con la que compartió vida y destino. Tachia quedó embarazada en los días tristes en que la pobreza continuaba consumiéndole y para poder sobrevivir tuvo que improvisar como cantante en París, interpretando rancheras mexicanas a dúo con el pintor y escultor venezolano Juan Rafael Soto. Ganaba un dólar la noche. Con un futuro incierto Tachia abortó. Con meticulosidad de buen biógrafo Martin intentó conocer los entretelones preguntándole directamente por esta relación. ¿Podemos hablar del tema? No, le contestó Gabo. “Todo el mundo tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta”, poniendo el último clavo sobre al ataúd. Martin cuenta otro desliz con La Puppa, aunque Gabo diga que la primera vez que llegó a verla la encontró desnuda, pero como tenía el estómago vacío y estragado como el Coronel de su novela, comió hasta enfermarse sin llegar a acostarse con la italiana. Una historia que nadie se la cree.

El desamparo continúa asestándole golpes mortales en París. Sin embargo, su ánimo no decae. Escribe El Coronel no tiene quien le escriba y continúa pergeñando La mala hora. Mal vivió entonces de la caridad de los amigos. Año y medio después viajó hacia Europa del Este (1957) acompañado de Plinio Apuleyo Mendoza y de su hermana Soledad. En Alemania visitaron Weimar y sufrió su primera desilusión política. El socialismo con que se encontró no compaginaba con su visión humanística. Su viaje a la Unión Soviética atemperó sus juicios. Pero se llevó un revés en el tren en que viajaba al comprobar que Radio Moscú era la única emisora que podía escucharse en el tranvía. Su primera impresión de Moscú es que se trataba de “la aldea más grande del mundo”. Había logrado enrolarse en el VI Congreso Mundial de la Juventud como cantante, guitarrista y percusionista.

Cuando uno se entera de los pormenores contados por Martin, comprende la justificación que alcanza a formular a favor de su hermano Luis Enrique en sus memorias, cuando enviado por su padre a cobrar una deuda ocupa el pago para comprarse unos timbales. Entre los asistentes al festival había numerosos latinoamericanos, algunos ya célebres, “como Pablo Neruda, pero otros más jóvenes que más adelante alcanzarían un gran estatus en sus países, tales como Carlos Fonseca, con el tiempo dirigente de los sandinistas de Nicaragua”. Pese analizar y brindarnos el contexto en que García Márquez escribió sus más grandes obras, Martin insiste en resaltar aspectos que vinculan al colombiano con la política. Devela su carácter obsequioso con el poder y los poderosos. Con todas sus letras el inglés afirma que cuando conoció a Kádár en Hungría, luego de la ocupación soviética, lo acompañó en un viaje a ciento treinta kilómetros de Budapest. La estrategia funcionó puesto que cambió su visión catastrófica de ese país. “No sería la última vez que García Márquez se obnubilara al acceder directamente a los poderosos”.

Las relaciones del célebre novelista con los poderosos otorgan un sesgo especial a la biografía de Martin. Un reproche similar había vertido antes la española Rosa Montero en La loca de la casa. En el capítulo cinco dedicado al análisis de las relaciones de los escritores con el poder, Montero clama angustiada, que el escritor debería ser como un niño que grita, “al paso del cortejo real, que el rey está desnudo”. No concibe que los escritores, quienes deben enjuiciar a los distintos poderes, terminen como sus heraldos y voceros. Con toda honestidad expone que “no le parece apropiado que un escritor de la talla de García Márquez se deje regalar una casa por Fidel Castro, una estupenda mansión en Siboney, la zona de los antiguos ricos de La Habana”. Montero desconfía de los escritores y políticos puros. Le aterrorizan puesto que “de esa ficticia pureza nacen los linchadores, los inquisidores, los fanáticos”. Aunque el propio Fidel aclaró que no tenían “suficiente dinero para comprarlo: es demasiado caro”, apostilló.

Una vida corrobora que las revelaciones de García Márquez acerca de su condición de perdulario no son exageradas. La soledad, el tema recurrente en todas sus obras, lo lleva a buscar compañía entre las putas, como él mismo lo reveló a la revista Play Boy. Declaró a sus interlocutores que guardaba “buenos recuerdos de prostitutas y escribo sobre ellas por razones sentimentales. Los burdeles cuestan dinero, por lo que son lugares destinados a los hombres mayores. La iniciación sexual en realidad empieza con las criadas, en casa. Y con las primas. Y con las tías... Podía dormir con ellas porque era horrible dormir solo. Siempre he dicho en broma que me casé para no almorzar solo. Por supuesto, Mercedes dice que soy un hijo de puta”.

El libro de Martin no es un análisis pormenorizado de sus obras. Su intención es contar una vida. La condición de famoso y la fuerte relación con la política del escritor vivo más importante de habla hispana. Si uno desea conocer estudios francamente inigualables de su obra literaria debería empezar leyendo García Márquez: historia de un deicidio (1971), tal vez el mejor texto en aquel momento, escrito por Mario Vargas Llosa. Sobre todo ahora que puede leerse de nuevo debido a que el peruano autorizó a Alfaguara incluirlo en la publicación de sus obras completas, conmemorativas de sus setenta primaveras. Un texto para conocer las claves de su escritura y las razones por las cuales los escritores se rebelan contra el mundo, convirtiéndose en verdaderos suplantadores de dios sobre la tierra. Un libro para aprender a escribir. Porque para adentrarse a fondo y apropiarse del conjunto de la obra narrativa de García Márquez hay que asomarse de manera obligatoria y placentera al texto El arte de leer a García Márquez, una compilación de ensayos preparada por Juan Gustavo Cobo Borda, un rastreador implacable de todo cuanto a escrito y se ha dicho sobre el portento.

La compilación de Cobo Borda tiene el indiscutible mérito de incluir la mirada que pasa sobre Memorias de mis putas tristes, el Premio Nobel de Literatura J. M. Coetzee donde ofrece una aproximación radicalmente diferente a los improperios vertidos contra García Márquez por haber escrito esta floritura. Creo oportuno confesar que el libro de Cobo Borda también me fue regalado por Edgard Tijerino, a quien sigo pidiendo cada vez que sale, me traiga como regalo algún libro para mi deleite y solaz.