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Algo tiene la silla presidencial que hace que los pocos afortunados que llegan hasta ahí no quieran más salir de esa posición. Son numerosos los políticos que se han empeñado, a lo largo de nuestra historia latinoamericana, en permanecer indefinidamente en este cargo; algunos, incluso, perseveran en este lastimoso propósito hasta el extremo de sus fuerzas y hasta el borde de su propia vitalidad. Desde las varias generaciones de la familia Somoza que se mantuvieron por décadas en el poder en Nicaragua hasta el caso del ya anciano y decrépito Joaquín Balaguer --que realmente inspiraba lástima-- enfrascado en una absurda campaña presidencial en República Dominicana en el año 2000, contando ya con noventa y cinco años de edad y tras haber sido presidente de la república en siete ocasiones y candidato presidencial en nueve; los políticos latinoamericanos no abdican jamás en su persecución del poder.

De haber ganado la campaña del 2000, el anciano Balaguer esperaba celebrar su cumpleaños número cien en la silla presidencial de esta nación caribeña. Otros que siguen los pasos de Balaguer son, por ejemplo, Hugo Chávez, Rafael Correa, Álvaro Uribe y tantos personajes más de la peculiar política latinoamericana. Ante tanto frenesí por alcanzar la banda presidencial uno siente el impulso, desde la perspectiva de un ciudadano común y corriente, de preguntarse, ¿acaso eso de ser presidente de la república será más maravilloso que el mismísimo paraíso del que nos hablan las religiones?

El poder que se detenta hace que, como seres humanos, algunos presidentes de la república pierdan toda perspectiva de la realidad. Es un mundo alucinante de dinero, poder, protagonismo mediático, intrigas, adulaciones y tantas bajezas más que se practican en el círculo de influencias que se forma naturalmente en torno a la figura presidencial. Los ciudadanos que llegan a obtener ese altísimo cargo se convierten, muchas veces, en víctimas de ese sistema confabulatorio y alucinógeno que los encierra en un mundo de fantasía del cual ya no quieren salir. Es parecido al fenómeno de la drogadicción. Debería existir un centro especializado de rehabilitación y desintoxicación psicológica de presidentes de la república que les administrara, de tiempo en tiempo, un poco de perspectiva de la realidad.

El fenómeno no afecta sólo a los pocos que llegan a la silla presidencial y se enfundan la banda. En Nicaragua, la clase política sufre de una pandemia más grave que la influenza AH1N1, la presidentitis aguda y crónica. Si revisamos la lista de nombres de algunos de los políticos más connotados de Nicaragua encontraremos una gran variedad de personajes, con perfiles diferentes pero que en algún momento han aspirado a la silla presidencial. Desde Eduardo Montealegre, Francisco Mayorga, Antonio Lacayo con el famoso Pronal, Daniel Ortega --un caso que ya se va pareciendo al de Balaguer--, Doña Vilma Núñez, Noel Vidaurre, Bonifacio Miranda, no sé si alguien recuerde a este señor pero fue candidato a la presidencia, Edmundo Jarquín, Edén Pastora y muchos otros más. En Nicaragua, en términos políticos, hay más caciques que indios.

La función social del liderazgo político debería ser la de jugar un papel importante en la historia de la nación, en un momento histórico dado. Aportar lo que desde una perspectiva realista pueda hacer un líder y luego dejar que los engranajes de la historia se encarguen de hacer avanzar a los países. Esa temporalidad del liderazgo y esa contextualización de las figuras prominentes pero pasajeras, es el tormento que fustiga el incontenible deseo de trascender que embarga a todos estos políticos adictos al poder.

En Nicaragua los líderes políticos no conciben un retiro tranquilo. Nunca sienten que han cumplido con su momento y con su misión. Más allá del poder, las prebendas, el dinero, las influencias y ese enrarecido y vertiginoso mundo de fantasía no ven nada.

En otros países los presidentes llegan al poder, algunos se reeligen por un período y luego se marchan a sus casas. Esto se debe en parte, tal vez, a que los partidos políticos están institucionalizados y no giran en torno a una sola persona. Entre más débiles, institucionalmente hablando, sean los partidos políticos de nuestros países más fácil será para los caudillos manipular los sistemas políticos, de manera que sólo la decrepitud, la impotencia total o la muerte los arranque de la silla presidencial.

*El autor es especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera Pública.