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En la historia humana existió un largo período en el que la democracia como gobierno controlado por la voluntad popular funcionó realmente. Fue una larga fase que varió según los espacios históricos, y coincidió con la existencia de las sociedades preclasistas, es decir, las sociedades precedentes a la aparición en su seno de la dominación de clase. Lewis H. Morgan analizó este lapso de la historia humana en su obra clásica “Ancien Society”, que sirvió de base para la redacción por Federico Engels de su estupendo libro “El origen de la familia, la propiedad privada y El Estado”, escrito incorporando en el análisis las notas que Marx había redactado sobre la obra de Morgan.

Más adelante de esta etapa histórica, la democracia (en su sentido etimológico profundo: gobierno del, por y para el pueblo) no ha pasado de ser elaboración teórica y utopía por construir. Salvo algunas experiencias coyunturales de breve duración: ciertas comunidades urbanas que lograron liberarse del dominio señorial en el Medioevo europeo y en los inicios del Islam; los breves años de la naciente revolución francesa; los meses que duró la comuna de París; el funcionamiento de los soviets en los primeros años de la revolución rusa; o algunas experiencias locales como las que ponen en práctica los zapatistas en Chiapas.

Por lo demás, la democracia griega no es otra cosa que un mito eurocéntrico: un brutal sistema de dominación de una minoría esclavista sobre una mayoría de esclavos. La democracia capitalista (el modelo de democracia liberal burguesa) siempre lo fue, pero hoy se desenmascara cada vez más como un sistema de dominación de un ínfimo número de dueños del capital sobre el conjunto de cada sociedad y sobre el conjunto de la especie. Por último, las democracias populares de los desaparecidos modelos de socialismo real terminaron en aparatos represivos de un estrato de burócratas con especiales privilegios de consumo sobre el resto de la sociedad.

Escribo estos antecedentes para formular una interrogante: ¿de dónde sale el fundamento teórico de esta asociación que hoy levantan los poderes mediáticos latinoamericanos entre democracia o procesos democratizadores y no reelección en un cargo de función pública?

Como lo señala Morgan en su estudio sobre la Liga de los Iroqueses, en las democracias comunales preclasistas, la comunidad elegía a sus consejos de dirección política y a su jefe militar sin establecerles límites de permanencia en sus funciones; los criterios de permanencia estaban determinados por la eficacia y coherencia con que los dirigentes defendían los intereses de la comunidad; en cualquier momento en que la comunidad observaba la ausencia de estos atributos de eficacia y coherencia, podía sustituir a sus dirigentes y nombrar otros, también sin límite temporal de funciones.

En el funcionamiento de la democracia esclavista griega y de la democracia capitalista, la no reelección o no repetición de los dirigentes después de determinado período de ejercicio tampoco ha sido un atributo definitorio. Recordemos en la Grecia antigua el largo período de la gestión de Pericles. Y veamos cómo ha funcionado la democracia capitalista en la Europa contemporánea. Aquí con frecuencia se usa el término de “eras”: la era de Felipe González en España (14 años de gobierno); la era de François Mitterand en Francia (14 años de gobierno); la era de Margaret Thatcher y Tony Blair (la “Thatcher con pantalones”, al decir de Eric Hobsbawn), 11 y 10 años respectivamente. Ahí está también Silvio Berlusconi en Italia, quien a pesar de haber atravesado más de 60 procesos (desde asociación mafiosa hasta comercio sexual), impune como los dioses, se reelige cuando quiere. O el caso de la flamante Unión Europea, donde la escasa participación de los ciudadanos en las elecciones contrasta con la repetición, casi vitalicia, de algunos dirigentes en los cargos de la Comisión Europea.

En USA, como sabemos, los presidentes pueden reelegirse sólo una vez, pero los senadores y diputados pueden ser electos hasta que se mueren. El límite establecido para la reelección presidencial no cambia mucho el funcionamiento del sistema como lo podemos observar con la última elección. Con la llegada de Obama cambió el color de la piel y hasta el discurso del presidente, pero las políticas se reeligieron: se incrementa el presupuesto militar y el número de soldados para las guerras de Afganistán e Irak; se continúa protegiendo el exterminio del pueblo palestino por parte de Israel; continúa el bloqueo contra Cuba; continúan las violaciones de los derechos humanos en Guantánamo; se instauran siete bases militares en Colombia; se promueve el golpe militar en Honduras; se le regalan decenas de millones de millones de dólares a los banqueros y las corporaciones.

América Latina

En el actual contexto latinoamericano, de ascenso de una onda nacional – popular y antineoliberal, las estridencias que vinculan no reelección con democracia o procesos democratizadores, no tiene ningún fundamento teórico ni de principios, y responden a lo que Marx llamaría como un vulgar alineamiento de clase. Si el dirigente es aceptado y responde a los intereses del establishment imperialista, si respeta el pacto estructural imperialismo – oligarquías, si se opone al movimiento de unidad de los pueblos latinoamericanos y de los pueblos del Sur, las fuerzas que sustentan el binomio imperialismo – oligarquías declaran que puede reelegirse y lo ponderan como demócrata. En contraste, si el dirigente que se reelige o busca reelegirse demanda independencia política y defiende la soberanía de su pueblo, si amenaza la consistencia del pacto estructural imperialismo – oligarquías, si promueve la integración y solidaridad entre los pueblos latinoamericanos, si se acerca al ALBA, si busca cooperación y solidaridad entre los pueblos del Sur, estas mismas fuerzas gritan que llegó la dictadura y se derrumba la democracia.

Álvaro Uribe (aliado de los paramilitares, su círculo de gobierno hasta el cuello con el narcotráfico, responsable del asesinato de centenares de dirigentes sindicales, sociales e indígenas, responsable del asesinato de centenares de pobres por ser pobres, depredador ecológico, responsable del desplazamiento forzado de dos millones de colombianos, acusado por la ONU como el mayor violador de los derechos humanos en Colombia) va por su tercer período de reelección. ¿Quién de nuestros democratólogos mercenarios abre la boca para cuestionar su reelección? El proyanki y cursilón Oscar Arias se reeligió usando un procedimiento semejante al que abre la posibilidad de reelección de Daniel Ortega; no tenía suficientes votos en la Asamblea y decidió recurrir a la Corte Constitucional (Sala IV, en Costa Rica) que le abrió el camino para reelegirse. Danilo Aguirre, autor de editoriales apocalípticos, ¿cuándo escribió algo cuestionando esta reelección? En la línea informativa del diario que dirige presenta a Arias como un respetable y paradigmático paladín de la democracia.

Por el contrario, si se reelige Evo, Corea o Chávez, o Daniel Ortega abre un espacio jurídico para una eventual reelección, la vieja y la nueva derecha, los poderes mediáticos, los democratólogos mercenarios, los obispos (¿qué saben de democracia estos miembros del Estado – doctrina más antidemocrática del planeta?), todos en coro chillan la consigna: “se está violentando la democracia e instaurando una dictadura”. Y el coro se reproduce por los mismos actores a lo largo y ancho de Nuestra América.

Estamos delante una alharaca de clase que resuena, en coro, por todo el subcontinente. Y que tiene a sus directores de coro en Washington y Bruselas.