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Diferentes sectores de la sociedad nicaragüense han expresado públicamente su enérgico rechazo a las manifestaciones de violencia que se han presentado en las últimas semanas: la agresión contra los miembros de la Coordinadora Civil en los predios de la Catedral de Managua; luego contra el periodista Mario Sánchez y la activista Leonor Martínez, ambos de la misma Coordinadora Civil; la agresión contra los jóvenes del MRS y del Movimiento por Nicaragua, Pompilio Miranda y Eduardo Santos; y la más reciente contra Patricia Orozco, Lorna Norori y Ana Eveling Orozco, del Movimiento Autónomo de Mujeres por parte de la misma Policía; y la denuncia del llamado “Plan terror”. Pareciera que alguien quisiera empujar el país a una espiral de violencia. A falta de argumentos, se recurre a la fuerza, al garrote y la pedrada.

Forma parte de este escenario de violencia el vandalismo ejercido en contra del edificio del Consulado y la Embajada de los Estados Unidos, supuestamente protegida por la Convención de Viena, de la cual Nicaragua es parte.

El pueblo nicaragüense está harto de violencia. Quienes la insinúan en sus intervenciones públicas suenan tan desfasados que más parecen personajes anacrónicos, salidos de un pasado cuyo regreso nadie quiere, que políticos modernos y maduros, capaces de actuar como estadistas del Siglo XXI. Nicaragua no merece más violencia. Cualquier intento de entronizarla como práctica política cuenta con el más completo repudio de la comunidad nacional e internacional y, posiblemente, se traduciría en el total aislamiento económico, financiero y diplomático del país. Ojalá esto lo tengan bien presentes las mentes calenturientas que andan por ahí.

El hecho de que nuestra historia esté signada por una sucesión de guerras fraticidas y dictaduras, con algunos remansos de paz y convivencia democrática, no significa, en modo alguno, que nuestro pueblo no aprecie los valores de la justicia y el bien común, en los cuales se fundamenta la paz, ni que el sentimiento del respeto a los derechos humanos sea ajeno a nuestro sentir nacional. El pueblo nicaragüense, en cada etapa histórica, ha sabido extraer de lo más profundo de su ser, el anhelo de paz, de justicia social y libertad que le ha permitido superar los períodos en que ha imperado la violencia.

Sustituir la cultura de la violencia por la cultura de la paz sólo será posible mediante la educación de nuestro pueblo, de suerte que el más profundo respeto por los derechos humanos arraigue en la conciencia colectiva de los nicaragüenses. Se trata, entonces, de dar a nuestra educación una definitiva orientación hacia la paz, de educar para la paz, a fin de poner las bases de una “cultura de la paz”, afincada en el pleno respeto a los derechos humanos.

¿Es posible educar para la tolerancia? Los educadores responden afirmativamente. Existe toda una pedagogía inspirada en la tolerancia, susceptible de contribuir a enraizar los valores del respeto a las opiniones distintas de la nuestra y el respeto al diferente, y al adversario. “La democracia, se afirma, es el triunfo de las mayorías, pero la piedra de toque de una verdadera y auténtica democracia es el respeto a las minorías, sean éstas políticas, ideológicas, lingüísticas o étnicas”.

Nuestra historia está impregnada de intolerancia. Hemos creído que la democracia da derecho a la exclusión, cuando no a la destrucción del adversario. Lo cierto es que la auténtica democracia está basada en la diversidad, pues democracia de manera alguna significa uniformidad. Nada sería más empobrecedor y antidemocrático que la pretensión de imponer un pensamiento uniforme. En cambio, la diversidad es fuente de riqueza cultural y humana.

La familia y la escuela deben ser los ámbitos donde se inicie el aprendizaje de la tolerancia. La tolerancia empieza en la familia, como célula fundamental de la sociedad, y continúa en la escuela, bajo la tutela de los maestros. Ojalá nuestra sociedad, y la humanidad en general, superen la intolerancia que aún se advierte y que dan razón a Gunther Grass cuando afirma: “El muro de Berlín cayó, pero sigue habiendo un muro interior en el corazón de cada ser humano”. El reto es, pues, construir una cultura de tolerancia y de paz en la mente y el corazón de todos los hombres.

Recientemente, el Arzobispo de Managua, Monseñor Leopoldo Brenes, y su Obispo Auxiliar, Monseñor Silvio Báez, condenaron los hechos de violencia e hicieron un oportuno llamamiento a la tolerancia, a deponer las actitudes que generan violencia y buscar la armonía y la paz social por la vía del diálogo. Ambos insistieron en demandar el respeto a la libertad de expresión y al derecho de protestar, derechos consignados en nuestra Constitución Política a todos los nicaragüenses. “Aquí todo el mundo tiene derecho de expresar su opinión y de protestar cuando no está de acuerdo con algo, pero hay formas pacíficas de expresar la opinión y de protestar, no hay necesidad de romper edificios ni de quemar llantas”, afirmó Monseñor Báez. Ojalá que la voz de los más altos pastores espirituales de la Iglesia Católica sea escuchada por quienes nos gobiernan y se dicen católicos.