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Es muy común escuchar de dirigentes y técnicos del Ministerio de Educación que los maestros y las maestras resisten ante los cambios. Pero ¿será cierto que no quieren cambiar?, ¿cuáles son las causas de tal situación? Estas preguntas no suelen formularse ni, por consiguiente, han tenido respuesta.

Las reformas educativas del país han padecido, generalmente, este síndrome, por lo que se culpabiliza al profesorado haciendo creer a la sociedad que, por su causa, no tienen el éxito esperado tales cambios. Lo cierto es que, más allá de estas percepciones, es una temática que nunca suele tratarse con sinceridad, transparencia ni sentido de justicia y equidad.

El maestro y la maestra representan el alma, nervio y vida de la educación del país. Ellos hacen posible el proceso de enseñar y aprender. Su vocación representa, para el país, el principal dinamizador de su desarrollo. Ellos y ellas hacen posible que el derecho a la educación se haga realidad. Desde el centro educativo, no sólo vehiculan este derecho, sino que también educan para que niños y adolescentes desarrollen su identidad y conozcan sus derechos, ejemplificándolos con su puesta en práctica en el mejor laboratorio del que dispone el sistema escolar. Son quienes mejor comprenden la dinámica familiar y comunitaria, intersectando su quehacer con este entorno, incorporando en el aula el saber y la problemática comunitaria, y revirtiéndole a su entorno con aprendizajes útiles que fortalezcan la participación ciudadana. El país podría prescindir de todas las estructuras de poder y gestión del Mined, pero el magisterio y la educación seguirían su rumbo. Constituyen, en esencia, la principal reserva moral de la sociedad.

Las políticas educativas de todas las épocas han fijado gran parte de su interés en que el magisterio cumpla, con toda la fidelidad posible, con obligaciones al aplicar las decisiones curriculares y pedagógicas que la tecnocracia decide. Paradójicamente, tales decisiones han evadido e invisibilizado las lecciones aprendidas por los maestros en su experiencia pedagógica, convirtiéndolos en meros utilitis y peones en la aplicación de modelos copiados al carbón de otros contextos.

Lo curioso y paradójico del caso es que, en vez de identificar las causas en las que reside esta actuación de resistencia, simplemente se alude a que son tradicionalistas y cómodos. Pero, ¿cuáles son las verdaderas preguntas que nunca se formulan ni se responden? Se formulan políticas de atención y promoción de la profesión docente, pero no se llegan a cumplir. Resalta a la vista la falta histórica de transparencia de los distintos regímenes políticos al respecto. Todos exigen al magisterio las mayores cuotas de sacrificio, pero sin brindarle reconocimiento alguno. Se ha mentido sistemáticamente al magisterio. Este ha perdido su confianza en que las instituciones reivindiquen con sinceridad su papel. Se siente utilizado, manipulado, pero no en beneficio de la educación. Se les orienta aplicar múltiples, diversos, complejos y frecuentes cambios, sin lugar a sopesarlos ni sedimentarlos. Reciben orientaciones, instrucciones, pero no cuentan con espacios para debatir sus inquietudes, dudas y experiencias. Y cuando critican se les reprende y señala como incómodos. En suma, su inteligencia vive sometida sin posibilidades para disentir, discutir, proponer. Su papel se reduce a obedecer. Frente a este panorama, lo lógica es que se resistan a los cambios, más aún cuando no se sienten protagonistas de ellos. No hay que olvidar que todo cambio que no es fruto del debate sino de la imposición no tiene vida útil, no es sostenible.

Se concertan acuerdos en el Plan Nacional de Educación con metas concretas para ubicar su salario a la par de la canasta básica y del salario promedio centroamericano, pero en vano han sido tantas promesas. Ninguna se ha cumplido. La Ley General de Educación establece la obligación de incrementar anualmente el presupuesto de educación y su salario; no obstante, al comparar tales mejoras en términos relativos, son insignificantes y no tienen ningún impacto en mejorar la educación y su calidad de vida.

¿Por qué se miente tan fácil y sistemáticamente a los maestros? ¿Cómo exigirles que su trabajo sea de calidad si su nivel de vida naufraga por debajo de la línea de pobreza? ¿Qué impide hacer frente a este nudo crítico de la profesión docente? ¿Seguirá la Nación engañándose a sí misma desviando la problemática hacia otros aspectos que no son las causas verdaderas?

Es hora de que la Nación entera, que quisiera una educación diferente y de calidad, fuente de desarrollo humano auténtico, enfrente esta problemática en el Plan Decenal con la valentía requerida. La profesión docente es la columbra vertebradora que hará posible lograr todas las demandas que surjan en este Plan, que será muchas, por supuesto. Es importante que en dicho Plan la participación docente se dé sin reservas ni limitaciones; son los que más tienen que decir y aún no lo han dicho. Su participación ha de tener el sello auténtico de la sinceridad, sin tapujos, caretas ni temor alguno. Salvar la profesión docente, es salvar la educación, hacer que el Plan Decenal supere la inmediatez de réditos políticos. Es preciso formular una lógica y ruta de fortalecimiento de la profesión docente, entendida en todos los componentes que la integran. Pretender fortalecer su preparación sin mejorar su calidad de vida, con un salario digno, el reconocimiento social adecuado, y las prestaciones sociales consonantes con su profesión, sería seguir mintiéndole al país y a la educación. Despejar este nudo crítico significará el principio del despegue, del lanzamiento de nuestra educación al espacio infinito que pretende la transformación educativa, y al desarrollo económico y humano de la Nación. Lo demás sería continuar mintiendo, sólo que con mejores lemas y discursos.

IDEUCA