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Ya saben cómo es eso. Lo de consolar a un amigo que está de cabanga porque le dejó su compañera. A veces le toca a uno consolar y otras, ser consolado. Toca escuchar las preguntas que él mismo se hace, y toca callarse las posibles respuestas. Porque lo importante es sacarse la pena, el hueco ahí en el estómago. No he visto cosa más parecida a los síntomas de una infección estomacal que cuando te deja un amor. Pero bueno. A mí me tocó no hace mucho. Quiero decir lo de consolar al amigo, y “toca madera”. Él no hacía más que preguntarse “¿Pero cuándo se jodió todo, cuándo?”

Poco después recordé el magnífico comienzo de esa novela, Conversación en La Catedral, en la que dos personajes estupendos dialogan sobre sus vidas y sobre su país, el Perú. El comienzo era así:

“Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillo, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la plaza San Martín. Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál?”

Y cómo no, y perdonen lo facilón del recuerdo, cómo no pensar en Nicaragua. Por ejemplo, que un buen día, un periodista, digamos, a la salida de EL NUEVO DIARIO o de cualquier otro lugar, mire la Carretera Norte sin amor, y se haga la misma pregunta sin tiempo. La misma pregunta que nos seguimos haciendo para todo lo que ha pasado en muchos países de América Latina. Cómo no preguntarse por el momento de Nicaragua.

Ahora mismo, si usted va a un juzgado, le toca reír o llorar. Pero un hombre o una mujer que paga injustamente la destrucción de la confianza en el sistema judicial del país le toca decidir bajo sospecha. Quién confiará ahorita en un juez. Una destrucción que empezó quizá mucho antes, con un gran número de pequeñas y grandes actuaciones. Con el caso Alemán se destapó una verdad que no se creía. Con el show de Byron Jerez, con toda la negociación política y pactista, se lanzó claro y alto el mensaje: “Está en venta la independencia de los jueces; hagan juego señores. Quién da más”.

Y comenzó. ¿Ya había comenzado antes cuando volvieron los grandes terratenientes a reclamar sus tierras expropiadas? Y continuó la compra-venta de voluntades para pequeños o grandes favores. Paso a paso, cruzando por los escándalos político-criminales, como el caso Guadamuz y otros. Un tipo puede matar a un hombre incómodo, y al cabo de muy poco tiempo, si tiene algunas amistades en el poder, se hacen un par de llamadas, tal vez una docena, y sale en libertad, todo atado y legal, por supuesto. Paso a paso, se avanza por las sospechosas y más que extrañas decisiones judiciales relacionadas con los narcos, se va dinamitando todo el entramado legal de un Estado de Derecho. Y por último, el bocado a la Constitución. Señores magistrados partidarios. Fin del juego. La mesa gana.

Pero no ocurre sólo en los lugares donde se interpretan las leyes, muchas veces en contra de quienes no pueden pagar la voluntad de un juez o de un magistrado. No es sólo donde se gesta la senda al olvido de miles de jóvenes que son arrojados a un sistema carcelario anticuado e inhumano que es un fracaso para toda esta generación. Está en todos nosotros, en todos los estamentos, se ha metido en los tuétanos de la moral, de los principios y los finales. Por ejemplo, me suele causar cierto estupor que digan que la Policía de Nicaragua, es decir, todo el cuerpo como tal, está limpia, no es nada corrupta, porque todavía se resiste a las influencias políticas. Yo sólo puedo hablar de la pequeña corrupción: usted dé una vuelta abierta con un vehículo en alguna esquina de Managua. Cuántas veces no ha negociado cincuenta, cien pesos, o incluso menos porque no le pongan una multa. Cuántas. Y esa pequeña corrupción a la que se ve obligado casi todo mundo que vive en “Estado de Necesidad” no es nada grave, ni me parece tan mala. Lo que sí me parece grave es la inocencia de pensar y de hacer creer que en las altas esferas; en “las grandes ligas”, no ocurre con cifras más gruesas. Las suculentas prebendas de los narcos, o de otros intereses detrás de las grandes haciendas de Nicaragua podrían comprar a la policía. Puede, y me consta, que algunos miembros no hayan sido corrompidos aún por la ambición de poder recibir dinero, pero de lo que no cabe duda es de que en el momento en que se admiten favores a cambio de saltarse las leyes, las leyes murieron. Entonces, de qué sirve enseñar leyes en la Facultad de Derecho. Si el fin justifica todos los medios, entonces ya no tienes que preocuparte por el fin, sino sólo por los medios.

La palabra dada; la palabra comprometida es materia de intercambio. Todo se puede comprar. Basta una llamada, una visita, y el favor se puede materializar.

Ahora, a esa gran mayoría que no se deja comprar, es cuando les toca decir No. No seré de los más limpios, pero al menos, lo único que puedo ofrecer es no vender lo poco que tengo: mi palabra. Pobre, inútil tal vez, una manera de abrazar a veces. Pero no la vendo. Porque no es la palabra, sino todo lo que ella representa. Lo que precisamente no se puede explicar. No señores, no hagan juego.

¿En qué momento se jodió? Seguía preguntándose mi amigo sin amor. Y cómo no pensar en Nicaragua, y en todo aquello a lo que le tengo amor.


franciscosancho@hotmail.com