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Usted entra en la tienda, compra una muñeca Barbie para su hijita y no tiene por qué ponerse a pensar que Ruth Handlers, viendo jugar a su hija Bárbara con muñecas recortables de papel, decide fabricar una muñeca de plástico a la que las niñas pudieran vestir, peinar y transformar. Así nace la famosa Barbie en 1959, cuyo nombre se debe al nombre de la hija de la señora Handlers.

Y eso nos puede pasar también cuando abordamos un Ford, invento en la segunda mitad del siglo XIX de un aficionado a la mecánica (Henri Ford), con un motor que puede ser de diesel, gracias a Rudolf Diesel y con unas llantas Firestone, cuyo nombre se debe al señor Harvey Samuel Firestone.

Estamos hablando de marcas que llevan los apellidos de sus inventores o fabricantes. Duncan Black y Alonso G. Decker nos ofrecen un producto cuya marca es garantía de calidad y prestigio: Black and Decker. Y lo mismo podemos decir de las refrigeradoras Westinghouse, del ingeniero y fabricante George Westinghouse; de las máquinas de coser Singer, de Isaac Merrit Singer; de las máquinas de afeitar Gillette, de King C. Guillete; del rifle Mauser, de los hermanos Paul y Wilhelm Mauser; de la pasta dentrífica Colgate, de William Colgate; del papel higiénico Scott, de los hermanos Irving y Clarence Scott; de los cereales Kellogg, de William K. Kellogg; del raudo Boeing, del aficionado a la pesca William Edward Boeing; del papel Kraft, del distribuidor de quesos James L. Kraft; de la leche Nestlé, de Henri Nestlé, comerciante y artesano alemán que se trasladó a Vevey (Suiza) en 1843, en donde desarrolló la idea de encontrar un sustituto para la leche materna.

Los antecedentes de la marca se encuentran en el hallazgo más antiguo del cual se tiene registro: el dibujo de un bisonte en las Cuevas de Lascaux, al sur de Francia, hace cinco mil años antes de Cristo, y que muchos estudiosos coinciden en que este dibujo es un signo de “pertenencia”.

Pero fueron los orfebres egipcios, mil quinientos años después, quienes usaron más claramente las marcas en las joyas con el nombre del rey. Posteriormente, los fabricantes de campanas de la Edad Media en Europa empezaron a usar el sello como marca distintiva.

Curioso el hecho de que un producto etiquetado con alguna marca, como las citadas, entraña la historia personal de alguien que vivió con su apellido que hoy distingue al producto.

Y es que no hay en el mundo de los negocios una empresa de cierto prestigio que no utilice un medio por el cual distingue su producto o servicio. ¿En qué consiste ese distintivo? En el nombre del producto (marca) y la imagen de esa marca (logotipo). Muchas de las marcas más famosas del mundo son nombres de marcas que se muestran en una forma gráfica distintiva, como lo es el caso de Coca Cola y Pepsi Cola. Su capacidad de embotellado y de distribución indudablemente ejerce un papel importante en ello, pero el factor primordial es la fuerza y el atractivo de las dos marcas.

Algo más: las marcas se han convertido en parámetros de calidad, de valor, de fiabilidad y de origen, indicadores que permiten al consumidor identificar productos, servicios y organizaciones. El nombre y el logotipo de Chanel 5, el perfume preferido por Marilyn Monroe, tendrá mayor atractivo para una dama de la clase media alta que otro que se llame La Reina del Ganado, tomado sin duda alguna de la conocida telenovela. ¿Por qué? Porque las marcas y logotipos tienen el poder de expresar la personalidad propia de los productos y de las organizaciones y con ella la calidad y el prestigio.

Un consumidor, según el grado de calidad de un producto, elegirá o rechazará una determinada marca. Es lo que hacían los clientes de los primeros ceramistas de la historia: buscaban en la parte inferior de la vasija la marca, que generalmente consistía en la huella impresa en el barro húmedo del pulgar o cualquier otra identificación que podría distinguir el producto, como una medialuna, una cruz o una estrella. Si una marca identificada con el pulgar, por ejemplo, había logrado imponerse con la calidad de la vasija, los clientes buscaban seguramente el producto distinguido con esa marca. Y a la inversa, una vasija de mala calidad identificada con la marca media luna, por ejemplo, era de suponerse que los clientes trataban de identificar esa marca para no comprar el producto.

En el comercio, como en otras actividades de la vida humana, también se le da al cliente gato por liebre, cuando ofertan un producto apoyado en la calidad reconocida de otro. Es el caso de algunos expendios de derivados de la leche, que etiquetan con el nombre de “queso chontaleño”, aunque sea de cualquier parte de Nicaragua, menos de Chontales.

Pero no siempre la fama del producto se corresponde con la realidad. Las rosquillas somoteñas son buenas, pero muchas rosquillas elaboradas en casa son de mejor calidad. Y el mejor quesillo de Nicaragua no es el de Nagarote sino el de Santo Tomás, en el departamento de Chontales.

A veces, ofrecer al público consumidor un buen producto no siempre es bien acogido por los que no pueden alcanzar la calidad deseada. Es lo que le ocurrió al inventor del saxofón o saxófono (de Sax y phone): Antoine Joseph Sax (Bélgica, 1814- París, 1894), conocido por Adolphe Sax. En 1842, el joven fabricante llega a París con su saxofón y recibió una gran acogida por los compositores de la época, como Héctor Berlioz.

Pero los fabricantes parisinos no podían disimular más la fama de “un intruso extranjero”, como lo llamaban, que les había quitado el mercado en su propio alero. Y a Sax se le vino el mundo encima: le fabricaban instrumentos de baja calidad con su firma falsificada para desprestigiarlo, lo difamaron, le incendiaron sus talleres y, con la intención de quitarle las patentes, le entablaron una demanda que tuvo una duración igual que la Guerra de Troya. Aproximadamente 30 años después de la muerte de Adolphe Sax, el saxofón hizo su contribución cultural más importante en el nuevo estilo de música que introdujeron los músicos afroamericanos: el jazz.

rmatuslazo@cablenet.com.ni