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Las buenas conciencias políticas de toda laya y latitudes, se han horrorizado al ver cómo los líderes populistas de Latinoamérica, después de haber llegado al poder a través de métodos más o menos democráticos, actualmente abjuran tranquilamente de la democracia y atentan contra ésta de la manera más chabacana, terrorista y dinamitera, con el perverso objetivo de poder reemplazarla por modelos políticos autocráticos, dictatoriales y totalitarios.

Esta praxis política está muy bien descrita por el politólogo francés Jean François Revel, quien afirma: “En sus manifiestos y libros los terroristas describen sus ataques contra las democracias como la ‘estrategia de la tensión’. La idea es que es más fácil pasar del fascismo al comunismo que de la democracia al comunismo. Por lo tanto, los ‘revolucionarios’ deben primero inducir a los gobiernos democráticos hacia un comportamiento fascista a fin de edificar, en la segunda fase, un socialismo a partir de las cenizas del fascismo”.

No es sorpresa para nadie –salvo para estas buenas conciencias farisaicas- que estos líderes políticos populistas jamás hayan creído en la democracia. Sea porque sus sectas de orígenes (el marxismo leninismo o el militarismo o el catolicismo); sus necesidades políticas actuales (la de perpetuarse en la silla presidencial); o sus veloces extracciones económicas para el enriquecimiento ilícito (la gran corrupción que vivimos) o sus grupos de poder inmediatos (familia, partido, pactistas y aliados) sencillamente no les permiten cometer el craso error de creer y apostarle a la democracia. Hay una imposibilidad metafísica para que los caudillos crean, jueguen y apuesten por la democracia. Gallo que come pico ni aunque le quemen los huevos.

Es cierto todo lo que el tovarich Amaru Barahona anotó sobre la democracia en su artículo, summun de la obsecuencia servil con el poder, “Democracia y no reelección” (END, 02-11-2009). Pero también es una verdad monumental como las catedrales de León, Reims o Colonia, o las pirámides de Keops o Teotihuacán, aquello que dijo the great britton, ese dechado de conservadurismo, colonialismo e imperialismo, Winston Churchil: “La democracia es el peor de los sistemas políticos exceptuando a todos los demás”.

Y eso la historia lo ha demostrado, porque ni el socialismo realmente existente (stalinismo), ni el nazifascismo, ni la teocracia militarista e imperial (Japón) o las teocracias o reinos religiosos cristianos o islámicos, ni el absolutismo, ni el populismo, ni las dictaduras tropicales son mejores que la democracia que inventó la única clase revolucionaria de la historia humana que posee en su haber revoluciones irreversibles): la burguesía. Y esto no lo digo por tener alguna simpatía por la bourgoisie, sino al constatar como dato duro, objetivo, histórico e histérico que todas las revoluciones del siglo XX y XXI agrarias, socialistas y populistas han demostrado ser más reversibles que mis pobres calcetines que mi misma pobreza convierte en reversibles (incluyendo el hedor). Todas, incluyendo China, quien inventó la transfusión capitalista en el tumefacto cuerpo del maoísmo-stalinista para convertirse en ejemplo vivo de la reversibilidad del socialismo realmente existente.

Por lo anterior y mucho más no debe de extrañarnos el odio cerval que los dirigentes populistas latinoamericanos sienten por la democracia. No debe asustarnos cómo están empeñados a hacer fracasar los propios programas de desarrollo de sus gobiernos, cómo no les importa gestionar con ineficiencia, ineficacia y estipendiosamente la res pública (todos los días los populistas ejecutan la res pública), cómo destruyen sistemáticamente la institucionalidad democrático-burguesa, cómo erosionan de manera irreversible la gobernabilidad, cómo destruyen (ni siquiera deconstruyen) lo que se había avanzado en la construcción de una cultura de paz para estados nacionales y regiones cansadas, hartas y empachadas de violencia y guerra como son Nicaragua y Centro América.

La labor de destrucción del sistema democrático o social democrático participativo (como constitucionalmente es la República de Nicaragua) de ninguna manera es inocente, pero tampoco es revolucionaria. Lo que se palpa objetivamente es la fascistización de nuestra sociedad, que vía utilización primero selectiva y después masiva de la violencia política y delincuencial, devendrá proclive a la instauración de un orden nuevo autocrático, dictatorial y corrupto.

Es cierto, como dice Mijaíl Gorbachov, que la democracia y el capitalismo han llegado a límites que precisan de un remozamiento perestroiko. Cito sus palabras: “El verdadero logro que podemos celebrar es el hecho de que el siglo XX marcó el fin de las ideologías totalitarias, en particular las inspiradas en creencias utópicas. Pero pronto resultó evidente que también el capitalismo occidental, privado de su viejo adversario histórico e imaginándose a sí mismo como el indiscutible ganador histórico y la encarnación del progreso global, puede conducir a la sociedad occidental y al resto del mundo a un nuevo y ominoso callejón sin salida. (El fascismo, la aclaración entre paréntesis es de Artemio Cruz).

En este marco, la irrupción de la actual crisis económica ha revelado los defectos orgánicos del presente modelo occidental de desarrollo impuesto al resto del mundo como el único posible. Asimismo, demuestra que no solamente el socialismo burocrático, sino también el capitalismo ultraliberal, tiene la necesidad de una profunda reforma democrática y de la adquisición de un rostro humano, una suerte de perestroika propia”. (El País, 05-11-2009)
En este juego político de democracia y dictadura en que estamos inmersos, los dados siempre están cargados, pero como pobre poeta que era yo, puedo decir con Mallarmé pleno de esperanza: “Un golpe de dados jamás abolirá el azar”.