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En la cultura heredada de nuestros antepasados, se consideraba necesaria la utilización de la fuerza física, la ofensa o el castigo humillante para criar y educar. Esta creencia y actitud todavía persiste y es muy difícil de erradicar, al reproducirse de generación en generación durante muchos siglos.

El reto ahora es cambiar la cultura acerca de tales métodos tanto en padres y madres como en maestras y maestros, quienes, en un buen porcentaje, lo consideran una forma natural de proceder en la crianza y la educación.  Los que ya piensan y actúan de manera diferente recurren todavía, en determinadas ocasiones, a métodos agresivos sin aprovechar otras estrategias más efectivas y propias del ser humano.

Esta forma de pensar con presencia de la agresividad en los métodos de crianza y educación, afecta un derecho humano de la niña y el niño, que no abona a la construcción de su dignidad, es decir, a su valor como persona, su estima, su aprecio.  La acción de maltratar física, moral o psicológicamente a una niña o a un niño, conllevará en el futuro, cuando sean personas adultas, a que valoren poco su existencia, no saber cómo darle mejor calidad e  importancia y, por ende, el contenido cualitativo a su propia vida, desarrollando sus aptitudes, potencialidades, creatividad, es decir, el sentido de su vida.

Históricamente hemos venido tratando a las niñas, niños, adolescentes y jóvenes en razón de la edad que representa alguien que todavía no es persona plena, porque es un ser humano en construcción. Sobre la base de este hecho, los adultos nos consideramos como los poseedores de todas sus capacidades, especialmente cognitivas, y creamos una especie de dependencia que afecta al proceso de autonomía personal del estudiante, alentando a construir seres humanos con poca iniciativa, acomodados, desinteresados y apenas productivos para la sociedad.

Vale la pena hacer una reflexión: ¿hasta dónde hemos contribuido a forjar la fisonomía de una personalidad tendiente a ser una persona positiva, proactiva y propositiva? ¿Cómo nuestra forma de pensar y comportarnos en relación al buen trato o mal trato incide, de una u otra manera, en la formación o deformación de ese ser humano con quien a diario nos encontramos en la casa o en el aula de clase?

Las maestras y los maestros tienen el privilegio de hacer del aula de clase el espacio alternativo en la vida de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes al permitirles conocer formas diferentes de relacionarse y de interactuar entre sí; de hacer de la escuela el lugar donde aprenden valores como el respeto a los demás, la solidaridad, la honestidad y la convivencia activa.

Si por falta de apoyo educativo, la familia no brinda el mejor ejemplo a seguir sobre relaciones saludables entre sus integrantes y si tampoco la sociedad lo hace, obviamente  la población estudiantil no tendrá otra opción ni podrá escoger otros diferentes modelos de los que la vida le presenta. Es la escuela, entonces, la encargada de brindarle una opción educativa diferente que incida en su desarrollo integral como persona y ciudadano con responsabilidad social y convivencia ciudadana.

El Ministerio de Educación cuenta con dos acuerdos ministeriales: 217-2006 y 134-2009, los que establecen normas, procedimientos ante cualquier acción que dañe la integridad física, psicológica o emocional del estudiantado, así como la prohibición del uso de relaciones que obstaculicen el pleno ejercicio de sus derechos y deberes.  Si bien estos acuerdos hacen énfasis en los derechos de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes dentro de la escuela y, por lo tanto, constituyen la base que permite proteger a la persona con menor edad, o sea con menos autoridad, menos desarrollo cognitivo y emocional frente a las personas que en la escuela tienen mayor poder e influencia en razón de su desarrollo humano, profesional, pedagógico y de valores, es importante reconocer que los derechos humanos de una persona que está en construcción de su personalidad, en desarrollo de sus capacidades cognitivas y emocionales, pueden ser violentados con facilidad por una persona adulta, sea padre, madre, tutora(or), maestra o maestro.

Cuando el personal docente respeta al estudiantado, la respuesta es respeto; pero si hace lo contrario, recibe lo que ha dado: es la “ley de la siembra y la cosecha”. Las maestras y maestros logramos obtener de las y los estudiantes  lo que les planteamos verbal y con el ejemplo sobre las altas expectativas que esperamos de ellas y ellos. Pero si no confiamos ni creemos en sus capacidades, si las expectativas de aprendizajes son bajas, entonces la disciplina y los resultados académicos serán de esa forma, deficientes y no contribuirán a mejorar la calidad de sus vidas y de la educación.

Si enseñamos al estudiantado el respeto a los derechos humanos con el ejemplo y la palabra, ellos seguirán ese modelo. La opción la decide cada persona adulta por la manera cómo se relaciona con los demás.  Veámoslo así: en la comunicación humana siempre hay opciones, podemos elegir un trato digno o vivir una vida de maltrato.  A la postre, el poder de decidir está en cada persona adulta, y de su decisión se derivarán efectos y consecuencias positivas o negativas.