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Recordar es recordarse
Jorge Luis Borges

I
Mi vida como profesor universitario comenzó en junio de 1973. Manolo Morales Peralta se encargó de presentar mis credenciales ante el rector de la UCA. El encuentro en las oficinas del Padre Arturo Dibar duró menos de lo esperado. ¿Te gustaría dar clases? Claro que sí, respondí. Abrió mi expediente de estudiante, hizo que lo leía y me dijo, comienzas este semestre. Manolo rió satisfecho. La docencia me atraía. Desde segundo año de secundaria durante las vacaciones estudiaba junto con mis compañeros. Si compartíamos vagancias disponía tiempo para repasar en el garaje de mi casa en Palo Solo, las materias en las que habían salido reprobados. Antes de irnos a zambullir en el Mayales, a las ocho de la mañana, aclarábamos dudas. Menor que ellos, admiraba la velocidad de Denis, ganador en las competencias intercolegiales de los cien metros planos. Byron tenía un humor a flor de piel y Guillermo aderezaba sus respuestas con un sentido común aplastante.

El año anterior mi padre había comprado un pizarrón verde, para que Gregorio Aguilar Barea y José Antonio Pastrán nos impartieran gramática y álgebra. En 1964 recibimos una de esas lecciones que no se olvidan nunca. El Presidente de la República, René Schick Gutiérrez, nombró con goce de salario, como subdirector del Instituto Nacional de Chontales, Josefa Toledo de Aguerri, al Dr. Ramón Mayorga. El cargo lo ejercía Goyo sin cobrar un peso. Mi padre se opuso a la designación del Tocho. En el colegio hubo una huelga que alcanzó las primeras páginas de La Prensa y Novedades.

El Ministro de Educación, Gonzalo Meneses Ocón, acusó a mi padre de azuzador, pero no se atrevió a despedirlo de su cargo de Director General de Extensión Cultural en el Ministerio de Educación, porque sabía que contaba con el apoyo del Secretario de la Presidencia, Pedro J. Quintanilla. Ante el nombramiento de Mayorga mi padre nos sacó del colegio. Schick para enmendar la plana ofreció pagar nuestros estudios. Vos escogés, ¿el Centroamérica o el Pedagógico? En ninguno, usted manda en su gobierno y yo en la educación de mis hijos, respondió mi padre.

Una vez le oí reprochar a Miguel Ángel Asturias. En los agitados años de los setenta, antes de dictar una conferencia en el Auditorio 12 del Recinto Universitario Rubén Darío, de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, se quejó de Asturias. ¿Cerrar su vida como embajador de Méndez Montenegro en París? Uno puede equivocarse joven, pero está en el deber de rectificar los extravíos. Asturias hizo todo al revés. Me complace que tu viejo no haya caído seducido por los gobiernos de doña Violeta y Alemán. Ambos le ofrecieron cargos y no aceptó. Pero adujo razones diferentes. Consideró una impertinencia proponerle la Dirección de la Biblioteca Nacional, cuando ni siquiera había muerto Fidel Coloma, su hermano entrañable. ¡Hay que dejarlo morir en paz! respondió al poeta Pablo Antonio Cuadra. Alemán le propuso las embajadas de Francia y Cuba, antes le había pedido ocupara el cargo de viceministro de Educación. No hubo manera de que aceptara.

El año que Dibar me nombró profesor vivía en Masaya junto con mi hermano Jorge Eliécer, cursaba quinto de derecho en la UCA. Tenía que levantarme a las cuatro de la mañana para estar a tiempo en clase. En verdad me levantaba a las tres. Entre las medidas disparatadas que adoptó el dictador fue modificar el horario. No sólo eso, pretendía que sobre los trabajadores recayera el peso de la reconstrucción de Managua. Amplió la jornada laboral. Las huelgas obreras estallaron. Siempre en las desgracias los ricos quieren sacar ventajas. Por las tardes algunas veces me venía de regreso a Masaya en el escarabajo de Eliseo Núñez Hernández. ¿En serio, vos y Eliseo fueron compañeros de estudios universitarios? Sí hombre, también Noel Ramírez, José Antonio Alvarado, Uriel Cerna, Benedicto Meneses, Silvia Matus, Milú Vargas, José Joaquín Quadra, Guillermo Ramírez, Carlos Reyes Sarmiento, Pedro Barquero Quezada, Jorge Cano, fueron mis compañeros.

¿De todos estos a quiénes respetabas? A Noel y Silvia. ¿Buenos? ¡Buenos! Aventajados. Noel se fue a Yale a sacar un doctorado en economía. Alemán lo nombró Presidente del Banco Central de Nicaragua. Silvia trabajó también para el Banco Central. Uriel es el jefe del Departamento Legal de la Superintendencia de Bancos. José Antonio fue candidato a vicemandatario. No es remoto que llegue a ser candidato a la presidencia en las próximas elecciones. Te remendarías si gana. ¡Qué he hecho! No quiero cerrar mi expediente como lo hizo Asturias.


II
El día que impartí mí primera clase llegué temprano. Nuestro viejo advirtió a cada uno de sus hijos que la autoridad y el respeto de los estudiantes se ganan. Nada llega regalado. La asignatura impartida era Introducción a la Sociología. Mis pupilos eran estudiantes de primer ingreso. Mi clase era grupal. Las aulas de estudios generales quedaban en el Edificio A. Esperé que terminara el receso. Cuando los estudiantes comenzaban a ocupar sus lugares entré risueño, dispuesto a ganarlos.

Muchachos vamos a comenzar la clase. ¡No jodás! me respondieron. Esperá a que venga el profesor. No cabía en su cabeza que un joven de pelo largo, flaco, bigotes y camiseta fuese su maestro. Mi facha no se correspondía con la imagen que tenían del profesor universitario. Después de preguntar sus nombres, comencé a borrar la pizarra. Se cruzaron miradas, hubo risitas, ojos escrutadores. ¿Los temores empezaban a disiparse? No lo sabría hasta que empezara a ganar su atención. Para evitar resbalarme estudié a fondo. Mi primera clase de cuarenticinco minutos me llevó seis horas prepararla. No quería desilusionar a nadie, mucho menos ser víctima de los estudiantes, quienes expectantes buscaban cómo resbalara.

La verdad la sabría cuando me empezasen a cuestionar. Lando Buzanca, un comediante italiano me había servido de modelo. Mientras fui estudiante jamás dejé de irme viernes por la tarde o sábados por la mañana a la provincia ganadera. Siempre ahorraba parte de la mesada para garantizar el viaje. Si me quedaba, los viernes me iba directo de la UCA al Cine Darío. Viajaba en la Ruta 12, me apeaba frente a la cantina del Gato Abraham y caminaba seis cuadras hacia abajo. A las nueve de la noche me venía a pie. Como vivía en el Reparto Largaespada desandaba el camino. Managua era una ciudad apacible. Sin pandillas, los delincuentes se tapaban el rostro para robar y luego salían corriendo. Los secuestro-express no ocurrían, ni asesinaban a sangre fría.

En la primera escena un hombre cansado alcanza la cima de una montaña donde Buzanca impartía clases de historia a unos niños. Con el pañuelo amarrado en la frente, narraba con gesticulaciones ampulosas las guerras púnicas, las hazañas de Julio César, la osadía de Leónidas en las Termípolas. El emisario llegaba a darle la noticia de su vida: era llamado a impartir clases en una Universidad de Roma, para sustituir al profesor de historia recién fallecido. Un tío diputado había gestionado su nombramiento. Empezó su primera clase diciendo: Voy hablarles de las guerras púnicas, el glorioso Julio César y de Leónidas en las Termípolas. Sus alumnos lo quedaron viendo desilusionados. Lo desafiaron a que les hablase de La Gran Marcha del Yenán, la Revolución Cultural China; el problema de los negros en los Estados Unidos y la revolución sexual en marcha.

Desde entonces supe que algo tendría que hacer para no pasar los apuros de Buzanca. Lectores aventajados, mis compañeros metían en aprietos a algunos de nuestros profesores. ¿Por qué yo iba a pensar de una manera distinta de mis alumnos? En cualquier momento vendría la emboscada, el desafío y el cuestionamiento. La pregunta socarrona. ¿Los miraba retador para qué no sintieran que el piso se derretía bajo mis pies? ¿A qué hora dispararían sus municiones? Les pregunté qué les entusiasmaba. Comencé a hablarles de la revolución sin fusiles, como llamó Regis Debray a la experiencia chilena, puesta en jaque por los gringos. En las aulas hablábamos de la heroicidad de Julio Buitrago, “el único que nació en el mundo/ superando a Leónidas/ a Leónidas de las Termípolas”, como cantó Leonel Rugama.

Expliqué el tema y atraje su atención recordándoles que del desenlace de esa revolución sin fusiles, dependían otros ensayos revolucionarios. Al final la despedida cordial. La clase había terminado sin sobresaltos. Me invitaron a jugar béisbol el sábado por la mañana en el estadio de la UCA. La siguiente jornada me esperaba en el aula vecina. Recostado al muro, Francisco Medal preguntó a Juan Mallona, ¿quién es tú profesor de sociología? Sin saber que estaba a sus espaldas, este respondió: ¡Un peludo! ¡Tiene una cara de quemón! Mi bautizo de fuego había llegado. Cuatro sábados después rectificaban su juicio. Jamás me dejé arrastrar a sus mesas de tragos. Menos que fuera a la fiesta babilónica junto a la piscina, sin traje ni nada. Comprendieron que no tenían por qué confundir mi camaradería. Era su maestro, no su compañero de farra.