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Patrocinan buena parte de la formación y la investigación médica, impulsan y organizan reuniones en las que se modelan y redefinen las enfermedades, sacan a la venta revolucionarios fármacos con nuevas y mejores propiedades. Son sólo algunas de las actividades que lleva a cabo de forma constante la industria farmacéutica.

A estas alturas nadie le sorprende que muchos laboratorios sean en realidad los que tensan y aflojan la línea que separa la enfermedad de la salud en función de sus propios intereses. Una serie de parámetros establecidos previamente por grupos de expertos médicos deciden si una persona está sana, enferma o, lo que quizás sea todavía más preocupante para la persona diagnosticada, “preenferma”.

“Los gigantes farmacéuticos ya no se conforman con vender medicamentos a los enfermos”, asegura el profesor de la Universidad de Newcastle (Australia) y periodista Ray Moynihan, uno de los principales investigadores de las estrategias de los laboratorios para ampliar el número de enfermos y enfermedades. “En Wall Street hay mucho dinero que ganar con sólo decir a los sanos que están enfermos. Las farmacéuticas no escriben las definiciones de las enfermedades, pero muchos médicos que las escriben lo hacen con bolígrafos que llevan el logotipo de un laboratorio”. Hay demasiadas conexiones ilícitas entre los especialistas de la medicina y las compañías.

Dolencias como la diabetes o la osteoporosis, ambas diagnosticadas de acuerdo con un límite estipulado y medido mediante pruebas médicas, son las que mejor encajan con el concepto de “preenfermedad”. Así, de la noche a la mañana, se crean listas con millones de nuevos pacientes susceptibles de ser tratados por los servicios sanitarios. Un apetitoso círculo de “nuevos clientes” que acarrea un fuerte incremento en los costes de la sanidad pública y privada. Esto, a su vez, repercute sobremanera en las arcas de las principales beneficiarias: las grandes firmas de la farmacia.

Millones de seres humanos en todo el mundo han convertido sus vidas en calcos reales de las angustias y dolores literarios de Argan, el protagonista de la última obra de Molière titulada El enfermo imaginario. La comedia del dramaturgo francés, cuenta cómo este viejo burgués, en su delirio, ordena constantemente que se le practiquen sangrías y purgas y se le administren todo tipo de remedios, dispensados por unos médicos pedantes más preocupados por complacer a su paciente que por su salud y que lo único que persiguen a fin de cuentas es desvalijarle.

Pero la realidad muchas veces supera a la ficción, y en la cuarta representación de la obra, Molière, que interpretaba el papel del enfermo Argan, empezó a sentir que se moría de verdad, mientras se esforzaba por ocultar su sufrimiento ante el público. Horas después, Jean-Baptiste Poquelin, su verdadero nombre, moría en su domicilio. Ironías del destino, las imaginaciones encarnadas por él mismo en el teatro se volvían sensibles para sus propias carnes, como ocurre con las personas afligidas por una hipocondría patológica.

El capitalismo salvaje ha provocado una terrible mercantilización de la salud que se traduce en la vida diaria de la gente como una forma más de consumo en la que se comercia con el miedo a padecer, al dolor, a caer enfermo. Peor aún, miedo a vivir si no es entre algodones. En definitiva, el miedo a dejar de ser. Mala imagen de una realidad que hace que una frase, bastante estridente, de Alberto López, médico de familia español, cobre sentido: “La persona sana es una utopía. Lo único que ocurre es que no se le ha estudiado lo suficiente”. Ellos venden miedo y nosotros compramos la triste paradoja de medicarnos para curarnos en salud. Crean la necesidad de que vivamos atados al bote de pastillas y a la revisión periódica.

A pesar de todo, también es cierto que la medicina puede llegar a ser una cuestión de fe o, al menos, de confianza. Por eso, la OMS ha definido la salud no como ausencia de enfermedad sino como un estado general de bienestar.


*Periodista
ccs@solidarios.org.es